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“Los objetos nos vienen, pues, dados mediante la sensibilidad y ella es la única que nos suministra intuiciones. Por medio del entendimiento, los objetos son, en cambio, pensados y de él proceden los conceptos”

                            Immanuel Kant: Crítica de la razón pura

 

            Mi idea al preparar esta comunicación ha sido la de trasladar un resumen de lo que pude escuchar y entender durante las pasadas jornadas PIPOL 7 celebradas en Bruselas los pasados 4 y 5 de julio bajo el epígrafe ¡Víctima! Esto supone una limitación ya que la jornada entera del sábado, como viene siendo habitual,está dedicada a presentaciones simultáneas con posibilidad de acceso sólo a las salas asignadas por la organización. El domingo, en cambio, transcurrió en una sesión plenaria que reunió a todos los participantes en una única sala que completó su aforo (más o menos 1500 asistentes).

             Una vez puestos los límites de mi contribución a la velada de hoy pasaré a justificar el título elegido. Está sacado de la apertura de J.D. Matet, Presidente de la EFP, a la jornada del domingo y con él he creído poder resumir lo que a mi entender dio de sí PIPOL 7.

             En primer lugar os haré reparar en que el título es una negación, lo que hace que siga dejando abierta la pregunta de qué es una víctima, de qué significa ser víctima o,quizá habría que precisar más y preguntarse sobre qué significa sentirse víctima. Tres formas, por tanto, de interrogarnos a propósito de este significante y su relación con…¿con qué? ¿qué determina este significante, a qué le da realidad?

             Sigo, por tanto, con la elucidación de mi título ya que de momento parece que no he logrado aclarar casi nada. Para tratar de arrojar algo más de luz acudiré a Aristóteles y plantearé sucintamente una distinción entre concepto y categoría. De forma breve podemos pensar que el primero es un juicio de existencia, la enunciación de que algo existe, que si puedo nombrar algo y predicar de él sus cualidades, las cuales puedo ordenar en categorías del pensamiento (sustancia, cantidad, relación, tiempo,…) este algo nombrado existe. Así puedo nombrar, por ejemplo,a un caballo y hablar de su color, de su altura, de su porte, de su fuerza,… Pero Kant en su comentario a la demostración ontológica de la existencia de Dios en la Crítica de la razón pura afirma que no basta con nombrar algo y predicar sus cualidades para que lo nombrado exista, de modo que también puedo nombrar a un unicornio, nombrar sus cualidades (algo menor que un caballo, con un sólo cuerno en la frente arrollado en espiral, blanco,…), lo que no hace existir a este animal mitológico sin que por ello “unicornio” deje de ser un concepto.

             Por tanto, afirmar que víctima no es un concepto supone negar la condición “ser víctima” para, en su lugar centrarse en la condición “sentirse víctima”, es decir, dar a dicho significante “víctima” el alcance de un sentimiento, de un estado de ánimo y, por tanto, de una visión de la realidad en la que algo del goce toma forma de significante.

            No obstante, hay que señalar que el discurso social actual ha establecido un par de significantes éstos sí elevados a la dignidad de concepto: verdugo-víctima, siendo el verdugo quien comete un acto punible, criminalizable, y víctima quien lo sufre, quedando como nexo de unión entre ambos e acto punible y su causa, también este elevado a la dignidad de concepto. Así pues, tenemos una trinidad, verdugo-acto-víctima, que como la del dogma católico es una en su substancia y trina en su existencia.

             Pero, como afirmó Sergio Caretto (Piamonte) “no es del consenso del Otro del que el analista debe sacar su brújula y ni en la escucha del delincuente interesan los atenuantes, las justificaciones de su acto que lo harían víctima del mismo, ni en la escucha de la víctima hay que considerarla completamente exenta de responsabilidad al sentirse como tal ya que en ella, en la víctima, se da también la confluencia de la causa (del propio acto o del acto del otro convertido en causa) y del goce”. Esta idea llevó a Sergio Caretto a la conclusión de que sólo a través de la confrontación del síntoma se puede salir de la condición de víctima. Por tanto, ¿sentirse víctima es un síntoma?.

             Para comentar esta afirmación puedo mencionar el caso de Danièle Laufer (Burdeos) que mostró el transitivismo posible entre las posiciones víctima y verdugo: una mujer mata a su novio en una discusión similar a la que tenían su padre terrible, a quien ella nunca pudo abandonar, y su madre. Para justificar su acto mortífero (verdugo) y lo insoportable de la muerte de su novio (víctima) llegará a afirmar que “si le clavé el cuchillo fue para evitarle el dolor de que fuera él quien me lo clavara”.

             También habría que introducir matices en lo que se refiere al acto y así, en el caso presentado por Mariela Vitto (Ámsterdam) una mujer denunciaba sentirse víctima del cálculo de su sufrimiento por parte del Otro expresado a través de un diagnóstico.

             Por tanto, dado que en esta trinidad el foco se ha puesto sobre la víctima que da existencia a los otros dos elementos cabe preguntarse a qué hace alusión este significante “víctima”, hacia qué apunta. Hebe Tizio señalo que, en la relación Parlêtre-Real, “víctima” hace referencia a un goce que se le impone a la víctima como si fuera un goce del Otro, tal como sucede en las pesadillas, límite éstas a la representación fantasmática que hacen sentir algo de lo Real. Es decir, que sentirse víctima puede entenderse como una identificación a un significante ofrecido por lo social para encarnar algo que no puede ser significado de otro modo. Para ilustrar esta afirmación podría hablar de un caso propio, el de na mujer que considera que la causa de su cáncer de mama ha sido el sufrimiento causado por el trato recibido por sus jefes (verdugos) que no la valoraban como la mejor empleada de sus tiendas de ropa, lo que para ella tenía el significado de que querían que se fuera, despedirla (acto) de un empleo en el que ella podía actuar su pasión de vestir a las clientas como si fueran sus muñecas.

             En conclusión, podemos afirmar que sentirse víctima no es más que una identificación a un significante provisto por el discurso social actual. Pero, más allá de esta identificación posible, si antes hablaba que “sentirse víctima” puede ser entendido como un síntoma neurótico, también es cierto que, especialmente en las psicosis, tal como señaló Margarita Álvarez, ser víctima, sentirse víctima también puede proteger de otras identificaciones más mortíferas como en el caso de la paciente que presentó de quien destacó la afirmación que “mejor víctima que loca” (como su madre paranoica o su abuela melancólica). Por ello, Leonardo Gorostiza señaló en el comentario de este caso que el analista tiene que “saber no hacer” con estos casos y limitarse a ser secretario de esta identificación y decir sí a la solución encontrada por el sujeto (Iván Ruiz en el comentario del caso de Emilio Fraire).

             Este breve repaso a la sesión del sábado en la que he tenido que dejar fuera mucho de lo escuchado para poder dar un mínimo de coherencia a mi exposición, me permite llegar al domingo con la pregunta sobre qué realidad define este significante víctima si se eleva a la dignidad de concepto tal como se nos ofrece, por ejemplo, cuando de habla de las víctimas de género. Según esta conceptualización de “ser víctima”, que no “sentirse víctima”, la culpa cae exclusivamente del lado de quien ha originado el daño.

             Además, “víctima” al pasar a ser un concepto, éste se descategoriza, deja de ser un atributo (“sentirse víctima”) para pasar a nombrar al ser (“ser víctima”) con lo que se consolida esta trinidad “verdugo culpable-acto culposo-víctima inocente”, lo que tiene al menos dos consecuencias como señalaba J.-D. Matet:

             1.- que inmediatamente todos somos culpables de los goces individuales (por ejemplo, comer o fumar) en sus consecuencias, con lo que entramos en el terreno de la bio-política (se es culpable de tener un cáncer de pulmón o un infarto por tener el colesterol alto en el nombre del gasto sanitario que estas enfermedades producen);

             2.- que se potencia el derecho de los más débiles para protegerlos de sus potenciales verdugos (discriminación positiva) y entonces se cometen atrocidades como las que sufren muchos hombres en el contexto de esta llamada “violencia de género”, en la que casi por definición la mujer es víctima y el hombre verdugo,por lo que es sistemáticamente sobre ellos sobre quienes recae el peso de la prueba de su inocencia.

             Para entender mejor el alcance de esta descategorización también hay que tener en cuenta que se produce en el contexto de un universo globalizado en el que se da una deslocalización del goce, lo que supone que aquello que me hace único no viene de una decisión insondable del ser sino que me es dado bien por la ciencia, bien por la religión. Esto supone, como indicó Miquel Bassols, que la víctima en estos ámbitos se convierte en “víctima sacrificial”, es decir, que el lugar de la víctima se sitúa en las proximidades de lo sagrado (sacrificial = sacro + facere), en las proximidades del objeto imposible de representar o representable como un vacío para bien hacerlo existir en mí o en el Otro (religión), bien para borrarlo (ciencia).

             Por ello, lo sagrado que la víctima encarna, aunque no tiene sentido en sí mismo, está en el “todo sentido”.

             Esta intervención de Miquel Bassols en la que, como vemos, puso en paralelo el objeto sagrado con el objeto tecnológico, ambos con la pretensión de alcanzar este “todo sentido”el primero al medir el tiempo como aproximación del juicio final y el segundo al convertir al usuario en una especie de prolongación del objeto tecnológico, elevado así a la dignidad de Otro, abrió una jornada centrada casi en su totalidad en el goce religioso que cabe atribuir a aquellos fanáticos islámicos a los que se les ofrece la posibilidad de matar sin sentirse asesinos sino héroes o mártires en su pasaje al acto (Fethi Benslama). Evidentemente el atentado contra la revista Charlie Hebdo seguía muy presente. De hecho, a la intervención de Miquel Bassols le siguió una entrevista filmada de una trabajadora de la revista presente en la redacción durante el atentado.

             A esta entrevista le siguió la intervención de dos autores que se han ocupado de intentar arrojar algo de luz a este problema. Fethi Benslama, a quien acabo de citar, autor de libros como El psicoanálisis a la prueba del islam situó el califato ISIS  como un intento de reestructuración del universo musulmán cuyo simbolismo se había perdido con la caída del último Imperio musulmán, Turquía, en 1924, y a los jóvenes yihadistas frecuentemente como jóvenes que sienten su vida como vacía, sin valor, citando a uno de ellos que declaró que acudía a luchar al lado de dicho califato “para vengar mi existencia”.

             Rachid Benzine, autor por ejemplo de El Coran explicado a los jóvenes situó el fenómeno de la existencia de este Califato alrededor de una lectura mítica del islam no muy distinto, diría yo, del sionismo que considera a Israel como el pueblo elegido por Dios haciendo una lectura del Antiguo testamento muy similar a la que hacen estos fanáticos religiosos de los textos proféticos del islam (siglos IX-XI) posteriores al Corán (siglo VII).. Ello permitió a M.-H. Brousse afirmar que la guerra es un fenómeno de discurso y a G. Wacjman afirmar que la decisión del mártir depende de la promesa de un goce paradisíaco en un paraíso lleno de Huries.

             Reginal Blanchet, por su parte, situó a estos denominados mártires como sometidos la voz de un Dios (Al.lahu-àkbar, Alá es el más grande) que ordena el sacrificio total, el del mártir y el del objeto inmundo, impío. Así mismo describió el acto yihadista no como un acto sino como una sumisión total a la voluntad divina, es decir, fuera de sentido al quedar sometido a una voz que ordena y a la que podría concedérsele el estatuto de objeto de goce.

             En este sentido Antoni Vicens habló del fanatismo de las teorías negacionistas, incluidas aquellas voces que pretenden que la historia reciente de España no se revise, aspiran a hacer imposible el discurso para someter a todos a esta voluntad divina.

             Finalmente contamos con el testimonio de Didier François, periodista de Europa 1 secuestrado durante más de un año en Siria junto con otros periodistas, algunos de ellos asesinados por milicianos de ISIS.

             La velada acabó con una alusión a otro fanatismo con igual efecto mortífero, esta vez del lado católico, con la representación de El rehén de Paul Claudel, primera parte de su trilogía de los Coûfontaine.