En los diferentes momentos de la enseñanza lacaniana hay movimientos cruzados de continuidad y discontinuidad. La mayoría de los capítulos finales de cada uno de los seminarios anuales nos invita a pensar cuestiones que serán ejes centrales del siguiente curso. Igualmente, entre los escritos coetáneos y los seminarios se establece un diálogo, pero implícitamente hay también cortes y suturas, y cuestiones que son mencionadas, a las que después es difícil hacerles un seguimiento concreto.
No se nos escapa que podemos relacionarlo incluso a lo que Miller afirma respecto al sujeto cuestionado: “Lacan recurrirá a la discontinuidad para definir la estructura del sujeto”1. Asimismo, en su enseñanza se evidencia que el psicoanálisis avanza a partir de los impasses, o sea, de la discontinuidad; por lo tanto, éxito y fracaso aparecen anudados. Nos asomamos a una oposición real que dificulta poder seguir exclusivamente desde el enfoque de la continuidad cada aporte. Estamos obligados a familiarizarnos con la discontinuidad y el agujero como tal, porque justamente es en esa discontinuidad donde se aloja el sujeto del inconsciente. Por eso, la cadena significante (son para ello necesarios al menos dos significantes: S1 – S2) no basta para definir al inconsciente en su horizonte más amplio y avanzado. La dimensión singular se abre entre la pareja significante, es un intervalo, agujero que no remite a significante alguno, esto es, un vacío en la representación. Más allá de la dimensión terapéutica, lo que se elabora en la experiencia analítica, circunda, se hace en el nivel de este agujero entre esos dos significantes.
Así, Miller, en Sutilezas Analíticas2 deja claro que la interpretación no será eminentemente simbólica (con ello apunta a la articulación significante), sino discontinua, orientada a la ruptura de la cadena. El camino que esta clínica nos propone es lo singular, cuyo nombre no puede ser otro que el del sinthome. Y es aquí donde se juega la paradoja del hay y el no hay, lo que relanza una nueva concepción también de la continuidad, respecto a esa otra expresión “Todo el mundo es loco”.
Hay lo Uno
Hay lo Uno, hay uno, nos remite a una pregunta implícita en la lectura del Seminario 193: ¿De qué manera la enseñanza de Lacan pasa de la primacía del Otro en el orden de la verdad y el deseo, hacia la primacía del Uno en la dimensión de lo real? Lo Uno, como se ha adelantado en alguna de vuestras sesiones anteriores, ofrece una orientación en la práctica psicoanalítica, pues toma al goce del cuerpo como un eje de existencia. Se trata de la constatación de las repercusiones en el cuerpo de las palabras que han sido dichas desde la más tierna infancia, sino antes. Si bien el universo de significaciones que nos brinda el lenguaje que nos viene del Otro es intrínseco a la experiencia subjetiva, la vía de “lo Uno del goce” nos lleva a un terreno más allá del sentido, hacia lo que no hace relación con el Otro y que ha quedado como agujero trazado en el cuerpo de manera, insisto, singular.
Este es el núcleo del mencionado Seminario 19: “Hay Uno”, que toma el relevo, de esta manera, del «No hay» del seminario anterior. El “Hay Uno”, posibilita posicionarse en una bisagra, en una nueva axiomática: pasar del sujeto al parlêtre y situar lo real en el centro de la teoría. El Uno solo es la marca de un goce del cuerpo anterior a la dialéctica del significante.
Aquí podemos identificar una relación entre ese “no hay” y ese “hay”. Frente a lo traumático del encuentro con el agujero del “no hay”, el parlêtre responde con la soledad de su goce, con el Uno-solo de su delirio particular, aunque se presente esencialmente ocupado en mil historias. Esa soledad no necesariamente excluirá el vínculo, a condición de que el lazo contemple aspectos de lo que llamaremos una solución sinthomática. A ello nos encaminamos.
En las primeras páginas del Seminario 234, Lacan se refiere a la naturaleza humana advirtiendo que no hay relación naturalmente sexual -aunque se mencione naturalmente, con muchas reservas-. Un poco más adelante, refiriéndose a las equivalencias, traídas a colación a partir de los redondeles y los nudos, afirma que: “No es difícil sugerir que cuando hay equivalencia no hay relación”. Esto es, Equivalencia=No relación. Le he dado vueltas a esta fórmula. Esa equivalencia, pienso, apunta a otra fórmula, la fantasmática. El fantasma es esa operación de equivalencia. La inclusión del objeto como obturador de la división. La equivalencia entre sujeto barrado y objeto. La equivalencia es respuesta primaria a la interpretación que el sujeto hace de su sexo, del impacto inicial de los encuentros de goce, como anticipa en el seminario de La lógica del Fantasma. Así Lacan añadirá que, por el contrario, el sinthome se muestra cuando no hay equivalencia entre los sexos, cuando, rescato, se parte de una opacidad subjetiva; lo egóico, lo pongo en serie, no puede ser algo transparente. Retomando, concluye en estas líneas, que allí donde “hay relación” es en la medida en que hay sinthome, es decir, donde el otro sexo es sostenido por el sinthome. Y añade un par de párrafos de gran magnetismo clínico5:
“Me he permitido afirmar que el sinthome es precisamente el sexo al que no pertenezco, es decir, una mujer. Si una mujer es un sinthome para todo hombre, es completamente claro que hay necesidad de encontrar otro nombre para lo que es el hombre para una mujer, puesto que el sinthome se caracteriza justamente por la no equivalencia.
Puede decirse que el hombre es para la mujer todo lo que les guste, a saber, una aflicción peor que un sinthome. Pueden articularlo como les convenga. Incluso es un estrago. Si no hay equivalencia, están forzados a especificar lo que ocurre con el sinthome.” Aquí es relevante conectar estrago y pulsión de muerte.
En definitiva, hay un no hay: Esa relación se une, conviene decirlo, con un lazo estrecho, el sinthome.
Ir del síntoma al sinthome es paralelo al trayecto del concepto de sujeto al del cuerpo hablante. Como dice Jacques-Alain Miller, en su conferencia del Congreso de 2012, El inconsciente y el cuerpo hablante6: “Analizar al parlêtre ya no es lo mismo que analizar el inconsciente en el sentido de Freud (…) Diría, incluso: apostemos porque analizar al parlêtre es lo que ya hacemos, y que tenemos pendiente saber decirlo”. Pero cómo elaborar esto en la clínica contemporánea. De eso se trata.
Una cierta continuidad en la discontinuidad.
La misma práctica acumulada durante las primeras décadas del siglo XX muestra a Freud, fundamentalmente a partir de 1920, que no todos los síntomas son tan sencillos de disolver mediante el poder de la palabra. Al igual que hay sueños resistentes a la interpretación, sueños traumáticos que muestran su opacidad, desarrollos oníricos que tropiezan y quedan orbitando, sin solución de continuidad, en torno al ombligo del sueño, hay síntomas que ilustran la reacción terapéutica negativa. Ante cada posible avance mediante el reconocimiento del sentido comprometido, se produce una profunda insatisfacción, por parte del paciente, y su estado empeora. Obstáculo, inmovilismo, compulsión a la repetición, que manifiesta ya una presencia real, en términos lacanianos, resistente a los intentos de simbolización. Esa resistencia lleva a Freud a considerar la dimensión del más allá del principio del placer, y distinguir placer y goce.
Esto obligará a Freud a transitar otros caminos, que Lacan resumirá afirmando que ninguna práctica terapéutica constituye por sí misma una ciencia. Ni siquiera la medicina, a pesar de sus pretensiones al respecto, es como tal una ciencia, sino más bien un arte. Así nos vamos encaminando al corazón del Seminario 23. El arte del síntoma, se denominaban las Jornadas que no pudieron ser por la pandemia en Málaga. En el argumento nos preguntábamos por esta afirmación de Freud: “(…) me causa singular impresión el comprobar que mis historiales clínicos carecen, por decirlo así, del severo sello científico, y presentan más bien un aspecto literario. Pero me consuelo pensando que este resultado depende por completo de la naturaleza del objeto y no de mis preferencias personales”.
Evidentemente, no podemos dejar pasar este punto sin mencionar la sublimación. Tampoco se repliega Lacan ante el problema que conlleva, un concepto un tanto incómodo para los psicoanalistas, y, por ejemplo, en el Seminario 7, La Ética del Psicoanálisis, sostiene que la sublimación puebla el accidente de lo real, con un cierto número de objetos, objetos imaginarios, que ocupan el lugar del vacío, elevando el objeto a la dignidad de La Cosa. Es más, proseguirá esta elaboración en su última enseñanza, considerando que hablar, el significante mismo, es ya sublimación. Un goce en pleno ejercicio, pues, a falta del goce de la proporción sexual que no existe, tenemos el goce de la comunicación, aunque, como cualquier escabel (sinónimo aquí de alza, de taburete que le permite a uno alcanzar una cierta altura extra), ello implique un goce todavía ligado al sentido. Se trata del cuerpo en tanto goza de la palabra, satisfaciéndose, de manera narcisista, a través de ésta, de modo que “Cuando lo dejan solo, sublima todo el tiempo”. No toda sublimación tiene que ser una expresión artística. Algo de esto está presente en la segunda mitad del seminario de la Lógica del Fantasma, conectándolo con el acto y el corte, y lo relaciona a la falta, una reproducción de la falta. De modo que, la sublimación funciona en la medida en que algún objeto pueda ocupar el lugar que tiene -phi en el acto sexual. (La fuerza sublimatoria, al contrario que el acto sexual, parte de la falta).
Como nos aclara J.-A. Miller, Lacan no se conforma y pretende ir más allá y potencia el aspecto inventivo hasta llegar a decir que el psicoanálisis no se transmite, sino que se reinventa con cada análisis, uno por uno, y en La Tercera7 afirma que el sentido del síntoma es lo real, en la medida en tanto se convierte en impedimento para que las cosas anden. Frente al agujero en lo real, cada cual inventa un truco para intentar salvarlo: Allí donde no hay relación sexual eso produce “troumatisme”. Uno inventa lo que puede.
Sinthome y sublimación
Para esta dimensión del síntoma que explora, Lacan elige la escritura sinthome, y reduce a ella toda la invención en psicoanálisis. La liga a la operación de encarnación emprendida por James Joyce, contrapuesta a la mera significantización, que mantendrá ocupados a los estudiosos durante siglos, discutiendo acerca de lo que quiso decir. Podemos considerar entonces una nueva acepción de invención, la invención de un «significante nuevo”, que supera los efectos del encabalgamiento entre significantes, S1-S2; un significante que, como lo real, no se deja ir simplemente por la pendiente del sentido.
No hay referencias directas relativas a la sublimación en el Seminario 23. Pero en la nota Paso a paso, Miller, en el apartado 5 de la página 203, iguala Escabel=Sublimación.
Retomando la Haeresis (Elección) que menciona Lacan en la página 15, fundiendo herejía y RSI, Miller pone sobre la mesa la distinción entre el sinthome madaquin y el sinthome roule. Son respectivamente el «sinthome» ortodoxo y el «sinthome» herético. Y continúa: El sinthome roule es el síntoma desnudado en su estructura y en su real, mientras el madaquin es el sinthome elevado al semblante, convertido en un maniquí, y envuelto en el velo de las sublimaciones disponibles en la tienda de los accesorios: el ser y su esplendor, lo verdadero, lo bueno, lo bello, etc. A menudo, Lacan nombró el medio elevatorio de la sublimación como operación de ascensión con el término hegeliano de “Aufhebung”. Un paréntesis: Aquí recordemos también que en el seminario 14, la repetición y la satisfacción, “Befriedigung”, son los componentes fundamentales de la sublimación. Entonces su escrito Joyce el Síntoma recoge el nombre más expresivo de «escabel». En la mencionada intervención de “El inconsciente y el cuerpo hablante”, Miller recordaba que el escabel de Lacan es un concepto transversal, agregando que “traduce de un modo figurado la sublimación freudiana, pero en su entrecruzamiento con el narcisismo”. Podemos recordar aquí a Freud en 1926, con El yo y el ello8, que se pregunta si el camino universal hacia la sublimación no se producirá por la mediación del yo, que primero muda la libido de objeto en libido narcisista, para después, acaso, fijarle otra meta. De modo que, el narcisismo sería en ese caso el agente de la sublimación, teniendo en cuenta que el yo, con el objetivo de dominar al ello, renunciaría al goce del objeto, sustituyéndolo, para imponerse como objeto de amor y de admiración.
El escabel está del lado del goce de la palabra que incluye el sentido, y se diferencia así del goce que excluye el sentido, el sinthome. El goce opaco del sinthome surge de la marca que excava la palabra cuando adquiere el giro del decir y produce acontecimiento, resonancia, en el cuerpo. Las huellas de esta diferencia pueden rastrearse en el Seminario 21; es un decir opaco, que no hace cadena: el decir de lalengua. Esa marca que excava es el troumatisme. Algo de esto ya lo presentó tan iniciáticamente con la modalidad propicia a esa época en el Seminario 19. El esquema del diamante de dos pirámides simétricas sitúa un triángulo que divide en dos está pirámide, y representa la superficie de lo real, de lo real en su simplicidad. Ahí las palabras, los símbolos introducen un agujero, un hueco, gracias al cual todo tipo de pasajes es posible entre ambas alturas. Y añade Lacan, ese agujero en lo real se llama, según el modo de abordarlo, el ser o la nada.
Esta referencia tan temprana prepara la concepción de ese goce opaco del sinthome que es un goce autista, que no hace lazo. Para hacer ese lazo, como adelantábamos, es necesario una lectura, digamos constructiva, del escabel: el escabel lleva al sinthome al estatuto del lazo, lo eleva, lo reúne con lo que podríamos llamar una concepción revisada de la sublimación. Por eso, avanza Lacan que Joyce da la fórmula general del escabel, porque logra hacer pasar su goce opaco a la publicación, a la historia universal de la cultura, a la investigación futura, pero sin sacrificar ese sinsentido.
Manuel Montalbán Peregrín
- Miller, Jacques-Alain. Causa y consentimiento. Paidós, Buenos Aires, 2019, p. 162.
- Miller, Jacques-Alain. Sutilezas analíticas. Paidós, Buenos Aires, 2014.
- Lacan, Jacques. El Seminario, Libro 19, …o peor, Buenos Aires, Paidós, 2012.
- Lacan, Jacques. El Seminario, Libro 23, El sinthome. Buenos Aires, Paidós, 2006, pág. 32.
- Ibíd., pág. 99.
- Miller, Jacques-Alain. El inconsciente y el cuerpo hablante, Presentación del tema del X Congreso de la AMP en Río de Janeiro, 2016, disponible en https://uqbarwapol.com/presentacion-del-tema-del-xcongreso-de/
- Lacan, Jacques. “La tercera”, Intervenciones y textos, 2, Buenos Aires, Manantial, 1993.
- Freud, Sigmund. “El yo y el ello”, Obras completas, vol. 19, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1975, pp. 21-59.
- Lacan, Jacques. El Seminario, Libro 1, Los Escritos Técnicos de Freud, Buenos Aires, Paidós, 2004.