El tabú de la virginidad y el horror a lo femenino

El tabú de la virginidad (1918 [1917]) se inscribe en la serie de desarrollos inaugurados por Freud en Tótem y tabú (1912), donde el tabú es concebido como un dispositivo defensivo: aquello que protege al ser hablante de un peligro psíquico, ligado a experiencias que, de no mediar dicha defensa, resultarían desbordantes, insoportables. El tabú nacería de la ambivalencia afectiva —amor y hostilidad— que ciertas cuestiones humanas despiertan de manera estructural.

En esta ocasión, Freud se ocupa específicamente del tabú de la virginidad, o más precisamente, del tabú de la desfloración de la mujer virgen. Se trata de un fenómeno documentado en rituales de pueblos originarios, estudiados por la antropología, pero que Freud reconoce también bajo formas atenuadas en la sociedad victoriana de su tiempo. El ritual consiste en delegar la desfloración a un agente tercero, generalmente vinculado a lo sagrado, eximiendo así al futuro marido de un peligro enigmático.

Para esclarecer por qué la virginidad femenina constituye un tabú y cuál es el peligro que se intenta conjurar, Freud recorre distintos niveles explicativos. Parte de los aportes antropológicos, y avanza progresivamente hacia una hipótesis propiamente psicoanalítica, articulando estos desarrollos con viñetas clínicas y referencias literarias.

En un primer momento, vincula el tabú de la virginidad con el tabú de la sangre. La sangre y su derramamiento constituyen en sí mismos un tabú, en tanto evocan tanto el deseo inconsciente de matar como el horror que este suscita. En el campo de lo femenino, el desfloramiento y la menstruación quedan así lógicamente incluidos dentro de dicho tabú.

Freud señala además que los rituales cumplen una función más general: proteger frente al peligro inherente a toda primera vez, a lo inesperado, lo no comprendido, lo ominoso. Desde esta perspectiva, el primer coito de la mujer —el que inaugura, abre, perfora— se inscribe como una experiencia radical de lo desconocido, que exige rituales de iniciación para ser tramitada.

A partir de allí, Freud extiende la hipótesis y postula la sexualidad femenina como tabú en sentido amplio. Los tabúes de la virginidad, la menstruación y el primer coito serían subcategorías de un horror más general frente a la sexualidad femenina. «La mujer es en un todo tabú»1, afirma Freud, lo que permitiría comprender, por ejemplo, la necesidad de que los hombres de aquellos pueblos originarios se abstengan del contacto con las mujeres antes de las expediciones, la caza o la guerra, ante el peligro de feminizarse, debilitarse o perder su potencia fálica.

Es en este punto donde Freud introduce su hipótesis psicoanalítica sobre el horror generalizado a la mujer. Por un lado, subraya el valor narcisista de la virginidad femenina en el contexto cultural de su época: su pérdida no implica solo una lesión corporal, un daño a nivel del órgano, sino también una profunda herida narcisista. Por otro lado, la mujer, como ser castrado, ser en menos, encarna para el varón la amenaza de la castración, despertando rechazo y aversión. Sin embargo, Freud advierte que estos argumentos no alcanzan por sí solos para explicar el peligro específico que el tabú intenta evitar.

Freud observa entonces un fenómeno clínicamente decisivo: contrariamente a lo que cabría esperar, la satisfacción sexual de la mujer tras la pérdida de la virginidad no garantiza necesariamente gratitud, abnegación ni fidelidad hacia el marido. En algunos casos, emerge una hostilidad intensa e inexplicable hacia el partenaire. Ilustra este punto con el caso de una paciente que, pese a amar a su marido y experimentar placer sexual con él, sueña que, tras un coito satisfactorio, lo castra, apropiándose simbólicamente de su potencia sexual.

El problema se desplaza así hacia la comprensión de este impulso agresivo. Para Freud, lo que se pone en juego es la envidia de pene como modo de rehusar lo femenino y reivindicar la potencia fálica. La desfloración es vivida como una afrenta narcisista —por la destrucción del órgano— y el apego al primer hombre queda teñido de un deseo de venganza, más que de una moción tierna.

En esta misma línea, Freud recurre a la tragedia Judith de Friedrich Hebbel. Judith, heroína casta pese a estar casada, seduce al general Holofernes para salvar a su pueblo; permite ser desflorada por él y, tras el coito, lo decapita. Esta figura literaria condensa, para Freud, la hostilidad femenina que subyace al tabú de la virginidad.

A esta lógica del complejo de castración, Freud añade el peso de las fijaciones edípicas. El marido nunca es más que un sustituto, un subrogado del padre: «nunca es el genuino»2. La decepción estructural que ello comporta puede alimentar una hostilidad dirigida al partenaire, inevitablemente insuficiente frente al ideal fantasmático del padre.

Desde esta perspectiva, el tabú no recae sobre la virginidad en sí, sino sobre la desfloración. Del lado del varón, su función es protegerlo del peligro de desatar la hostilidad femenina ligada al complejo de castración y al complejo de Edipo.

Freud concluye así declinando una lógica de la hostilidad inconsciente femenina dirigida al partenaire, lógica que continúa siendo clínicamente relevante en las vicisitudes del amor entre seres hablantes. Del lado de la mujer, la castración constatada, la envidia de pene y la imposibilidad de renunciar a los objetos originarios pueden empujar a una tendencia destructiva, castradora, hacia el primer hombre de su vida sexual. Del lado del hombre, la mujer, en tanto incomprensible, misteriosa y ajena, se vuelve amenazante y despierta horror. Pero este horror no concierne solo al partenaire: lo femenino es también fuente de horror para la propia mujer.

Años más tarde, en Análisis terminable e interminable (1937), Freud retomará esta problemática al formular la roca de la castración, núcleo irreductible con el que tropieza todo análisis freudiano. Allí emplea la expresión rechazo —o desautorización— de la femineidad3, señalando una imposibilidad frente a lo femenino común a hombres y mujeres. Se trataría de una defensa fundamental del sujeto contra lo femenino.

La envidia de pene en la mujer y el temor a la castración en el hombre son leídos entonces como versiones de la reivindicación fálica y de la desautorización de lo femenino. En ambos casos, se rechaza ese Otro lado del falo que Freud nombra como continente negro, enigma indescifrado, tierra incógnita sin representación, refractaria a los operadores de la lógica fálica o edípica. Desde esta lógica, lo femenino queda reducido a un S2 en relación al S1 del falo, lo que impide abordar el goce irreductible al significante, «el lado femenino, como el lado del Uno solo, de un Uno que no es fálico, que no es el Uno que remite a otro significante»4.

La enseñanza de Lacan permitirá ir más allá de este impasse. Desde la lógica del no-todo, la diferencia sexual no se sitúa en el plano del significante, sino en el del goce. Lo femenino se define como alteridad radical, como un goce Otro que entraña un real sin ley. Aunque desde la lógica fálica se intente domesticarlo mediante dispositivos simbólico-imaginarios —como los mencionados rituales del tabú—, fracasa inexorablemente, pues el goce femenino persiste como un litoral que no se deja representar por las discontinuidades del lenguaje.

Si lo femenino provoca rechazo y horror, compartidos por hombres y mujeres, cabe entonces interrogar su estatuto lógico. Siguiendo a Miller, pueden distinguirse dos órdenes de rechazo5: uno, a nivel de la Verneinung, como negación significante de la verdad inconsciente; otro, a nivel de la defensa frente a un goce imposible de negativizar. Lacan retoma en su Seminario 8 el término Versagung para designar un rechazo primordial, cercano a la represión originaria, que apunta al núcleo indecible del goce pulsional6.

Lo femenino, como goce pulsional imposible de inscribir en el binarismo significante, divide estructuralmente al sujeto. Frente a lo real de ese goce que no cesa de no inscribirse, el sujeto solo puede responder mediante una defensa fundamental. El horror a lo femenino no se reduce a un rechazo de la falta, sino que concierne a lo insoportable de un goce innombrable, sin representación posible, que habita el cuerpo.

En este sentido, lo femenino, como alteridad radical en el campo del goce, produce la no-relación sexual y deviene lugar de rechazo para ambos sexos: un exilio interior del ser hablante, objeto de una persistente desautorización. El interrogante clínico que se abre, entonces, es cómo —y si— cada sujeto puede autorizarse en la femineidad.

María Sette


  1. Freud, Sigmund., «El tabú de la virginidad (Contribuciones a la psicología del amor, III) (1918 [1917])», Obras Completas, Vol. XI, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1999, pp. 194.
  2. Ibid., p.199.
  3. Die Ablehnung der Weiblichkeit, en alemán.
  4. Bassols, Miquel, «Lo femenino, entre centro y ausencia». XV Jornadas de la ELP «Mujeres», Colegio de Médicos de Madrid, 2016: https://mujeres.jornadaselp.com/textos-de-orientacion/textos-de-orientacion-lo-femenino-entre-centro-y-ausencia/
  5. Miller, Jacques-Alain, Conferencia «Modalidades del rechazo», en Introducción a la clínica lacaniana. Conferencias en España, Madrid, RBA Libros, España, 2006, pp. 269-282.
  6. Lacan, Jacques, El Seminario, libro 8, La Transferencia, 1ª edición, Editorial Paidós, Buenos Aires, 2003. Clases 22 y 23.
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