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EN EL PRINCIPIO FUE… LA CAUSA. EL SUJETO SUPUESTO SABER EN EL DISPOSITIVO ANALÍTICO[1]

 Rosa Durá Celma

 Que no sabemos lo que nos pasa: eso es lo que nos pasa

Ortega y Gasset

 

La causa. Comencemos por ella. Nos dice el Diccionario de la Real Academia que un análisis, además de un tratamiento psicoanalítico, es, en su segunda acepción, el examen que se hace de una obra, de un escrito o de cualquier realidad susceptible de estudio intelectual.

La causa que propicia cualquier análisis o estudio es un agujero en el saber, un saber, en este caso, en torno a un concepto axial en la teoría psicoanalítica como es el del sujeto supuesto saber (SsS). Se trata, por consiguiente, del deseo de un saber que se sabe no-todo S(Ⱥ), pero cuya promesa de consecución opera como señuelo y motor de una pesquisa sobre esta instancia.

Por otro lado, lo que principia todo análisis es una pregunta por la causa. Como bien dice Jacques-Alain Miller, la finalidad clásica del psicoanálisis está concebida para encontrar o descubrir la causa del mal (2007: 91). El sujeto aquejado de unos síntomas de los que dice no saber nada demanda al analista que le informe sobre la causa de su malestar, requiere del saber que le supone al analista una respuesta que ilumine el origen de su angustia con la confianza de que al quedar expuesta, al salir de su refugio, desaparecerá. La entrada en análisis, por tanto, tiene como antesala el encuentro entre un sujeto que parte de una posición de ignorancia ‒el analizante‒ y otro sujeto al que el primero le presupone un saber sobre lo que le ocurre ‒el analista‒. La ignorancia que declara el analizante sumada a la presunción de saber del analista, a decir de Miller,  son condiciones suficientes para que se instale en la sesión analítica el sujeto supuesto saber (2006). No obstante, el sujeto supuesto saber es un concepto complejo. Como si del misterio trinitario se tratase, la estructura de lo que llamamos sesión analítica la constituyen tres sujetos supuestos saber que, a decir verdad, no hacen más que uno: el analizante, el analista y el inconsciente.

 

«No sé qué me pasa». El analizante

 

El primer sujeto supuesto saber es el analizante y en él nos encontramos una suposición de saber enclavada en el orden imaginario pues, como ya se ha dicho, este cree que del saber del analista obtendrá una respuesta. El analizante está formulado como el sujeto del no saber, recortado como un vacío de saber. Miller (2007: 94) profundiza en el hecho de que la causa que el analizante dirige al analista es parte de su propio síntoma y constituye además una provocación destinada a él, ya que si su presumible ignorancia cristaliza en su discurso con fórmulas del tipo «no sé», «no sé qué pasa conmigo» o «no sé qué hago», estos sintagmas llevan implícito el desafío lanzado al analista a que descubra, como poseedor del saber, el origen de su mal. Sabemos que a pesar de que el analizante afirma no saber, en realidad, no es así, o en otras palabras «sabe sin saber que sabe» (Miller 2007: 94).

 La implicación de esta relación en un primer momento es que el analizante, al situar el saber del lado del analista, le hace signo, a través del amor que le tiene, de su saber propio, que a menudo le horroriza. «Prestando al Otro su saber, el analizante se esfuerza por desconocer la causa de su división» (Clastres 1987: 64). El amor de transferencia posibilita un traslado del no saber del analizante, en este caso representado por $ (sujeto del no saber), a la instancia del sujeto supuesto saber, lo que significa que el Otro entra en juego en razón a que, como destaca Miller, no es lo mismo decirse no sé a uno mismo que ir a decírselo a alguien (2007: 95). Si el gesto del analizante constituye una demanda de saber, la respuesta del analista es una invitación, invitación a decir todo lo que se le ocurra, esto es, la regla principal del psicoanálisis: la asociación libre, que permite desanudar palabra y saber, y que como es sabido, no es tan libre como su nombre indica. «La emergencia del sujeto supuesto saber supone el respeto de la regla analítica» (Miller 1979: 119).[2] El analizante es el que, en la operación analítica, tiene vocación de genio, en el sentido de que se despoja de su aprendizaje y crea sus propios productos de palabras (Miller 2007: 53).

En el Seminario 8, La transferencia, Lacan explica que debido al hecho de que el sujeto sufre la marca de la cadena significante, hay algo profundamente instituido en él llamado metonimia, que no es otra cosa sino la posibilidad del desarrollo indefinido de los significantes bajo la continuidad de la cadena (2003: 197). El inconsciente está en las palabras, de donde resulta que en las palabras siempre haya algo más de lo que uno quiere decir, o lo que es lo mismo: «el deseo se da a entender entre las palabras» (Miller 2007: 192-193).

Para Lacan hay apertura a la transferencia por el hecho de que el analizante está dispuesto a entrar en el juego de la asociación libre; busca la verdad sobre sí mismo, sobre su deseo, y lo va encontrando al final de sus palabras, allí donde el analista representa al gran Otro, en tanto que oyente que decide la significación. Con el silencio, esa marca distintiva de la praxis lacaniana, el analista se niega a satisfacer la demanda del analizante favoreciendo así la marcha de su discurso.[3] La estructura de la situación analítica coloca en primer lugar al analista en posición de oyente, pero se trata de una escucha particular pues su respuesta, su interpretación, decide el sentido de lo que es dicho, y aún más, la identidad misma de quien habla (Miller 1979: 105-106).

La creencia del analizante en el SsS es, en definitiva, la responsable de que el síntoma se dirija al analista, aunque en realidad no lo necesita ya que este se satisface en su propia repetición (Brodsky).[4]

 

«Diga todo lo que se le ocurra». El analista

 

El segundo sujeto supuesto saber es el analista, y es el plano simbólico donde  Miller encuadra la suposición que aquí opera. El analista es la producción propia del psicoanálisis (Miller, 2007: 55), a él se dirige el analizante creyendo que el saber está en algún lado, y donde hay un saber hay un sujeto que sabe: el analista. En este error, el de cree que es otro el que posee la clave del propio malestar, tiene su causa la transferencia sin la cual no habría análisis. Error necesario, entonces, por parte del analizante que le supone a aquel el saber interpretar, responder al «casus de las formaciones del inconsciente, el salto de la interpretación» (Miller 2006). Por el mero hecho de aceptar la regla de la asociación libre, el analizante cae en la dependencia del Otro, aunque ‒aclara Miller‒ no se trata de una dependencia real, sino de una «sugestión simbólica» (Miller 2007: 57).

El analizante dirige sus significantes al analista, representante de A, pues es este último el que decide acerca de la significación de lo que le es dirigido, y es por eso que funciona como SsS, instancia que cae del lado de la transferencia simbólica.[5] Por el hecho de que el analista adopta ese lugar se coloca en una posición de poder, efectivamente, pero una cosa es, por parte del analista, representar al Otro en la experiencia analítica, identificarse a esa posición, y otra bien distinta identificarse al sujeto supuesto saber, hecho que lo sentaría en el peligroso trono del amo.[6] Santiago Castellanos aclara en este sentido que el poder del analista es un poder discrecional con el que se limita el poder reduciéndolo a una función, precisamente la del SsS (2012: 89).

El sujeto supuesto saber es un efecto de la estructura de la situación analítica. El polo opuesto de la fatuidad en la que incurre el analista si se identifica al sujeto supuesto saber consiste en el error de contentarse con saber que no sabe nada, porque lo que está en juego nos dice Lacan es lo que tiene que saber, en otras palabras, «lo no-sabido se ordena como marco del saber» (1987: 14). En esa operación, el analista tiene que anularse y aceptar ser un cualquiera (Miller 2007: 55-57), o como lo describe Lacan en otro lugar, «el analista solo es el hombre de paja de la función del sujeto supuesto saber» (2001: 275).

En «Transferencia e interpretación» Miller asegura que «no podría reconocerse como lacaniano un psicoanalista que funcione con el significante-amo, que solo interprete metáforas» (1987: 41-50). Efectivamente, el analista no solo encarna al sujeto supuesto saber en el dispositivo analítico, sino que, simultáneamente, hace semblante de objeto a, lo que nos sitúa en la transferencia en su función real, dado que el analista se sitúa allí, topológicamente hablando, en el centro del interminable circuito de la pulsión del analizante que, en su circular itinerario alrededor del objeto sostenido por la transferencia, permite aperturas que procuran al analizante una rectificación en el registro de su goce, consiguiendo hacerlo, de alguna manera, condescender. Lacan hizo del objeto a una función lógica: la de ser causa de deseo y como tal «resto de goce a localizar en un análisis», algo que solo puede conseguirse cuando «el analista se hace objeto causa de deseo […] encarnando el objeto a, soporte del fantasma del analizante. Punto de anclaje de la función deseo del analista» (Dicker 2011). Se trata entonces, en expresión de Castellanos,  de permitir en el análisis que el analizante, intentando buscar un objeto que lo complete, se encuentre con su propio deseo, como algo que gira en torno a un vacío encarnado por el analista (2012: 118-19). Ciertamente se produce un encuentro con el propio deseo, o un esclarecimiento, pero no únicamente eso porque la presencia del analista en la sesión permite que en la transferencia emerja la parte real del inconsciente que no cesa de insistir y escapa al dominio del lenguaje: la pulsión.

Para comprender mejor esto último hay que recurrir a la consideración de Miller acerca de la concepción lacaniana que vincula el final de un análisis con cierto carácter depresivo ocasionado por la pérdida del objeto; el objeto simbolizado perdido no es otro que el analista: «Es el psicoanalista quien representa el residuo de la operación analítica […] y en el fondo la causa que animaba el deseo del paciente» (1979: 125). En otras palabras, el analista asiste al debate del sujeto con su propia pregunta y como consecuencia «el analista se reduce a un desecho» (Miller 2007: 64-65).

Gran Otro, objeto a y lugar del desecho son, en resumidas cuentas, las actitudes o posiciones con las que debe vérselas un analista en la dirección de la cura para que se destile el saber que el analizante ha ido a buscar. Si lo que se persigue en un análisis es que el analizante se encuentre con su propio deseo, cabe hacerse la pregunta acerca del lugar del deseo del analista en el marco del dispositivo. En «Sutilezas analíticas» Miller contesta a esta cuestión en los siguientes términos:

El deseo del analista es esencialmente la suspensión de cualquier demanda por parte del analista, la suspensión de cualquier demanda de ser; no se les pide ser inteligentes, no se les pide incluso ser verídicos, no se les pide ser buenos, no se les pide ser decentes, no se les pide más que hablar de aquello que se les pasa por la cabeza […]. Y el deseo del analista no es volverlos conformes, no es hacerles el bien, no es curarlos. El deseo del analista es obtener lo más singular que constituye su ser.[7] (Cit. Castellanos 2012: 76)

Se trata de respetar la individualidad del analizante y de darle, en primer lugar,  la palabra. Por medio de su presencia y sus operadores interpretación, silencio y corte de la sesión el analizante accede a su verdad. La verdad de la que se trata en el análisis, en opinión de Santiago Castellanos, es la del analizante, y la tarea del analista consiste en llevar al sujeto a producirla a través de las palabras y de su relación con el inconsciente (2012: 54).

 

«No sé qué me digo». El Inconsciente

 La tercera suposición que se produce en la sesión analítica pertenece al orden real y atañe al inconsciente, tercer sujeto supuesto saber.[8] A decir de Miller, cuando el analizante accede al régimen del «yo no sé lo que digo y lo digo de todos modos» ya está en marcha el inconsciente como una potencia de cifrado.

El inconsciente freudiano, señala Lacan en Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (Seminario 11), no es el inconsciente romántico de la creación imaginativa, sino el de aquella instancia en el que algo tropieza; allí se produce algo del orden del hallazgo, algo que rebasa al sujeto y que está siempre dispuesto a escabullirse (2010: 32-33). La definición del inconsciente freudiano como un saber, es decir, como un saber fundamentado en la articulación de los significantes, se la debemos a Lacan, que no duda en considerar el inconsciente como el descubrimiento más revolucionario que ha existido para la historia del pensamiento (Lacan 1987: 25).

 El saber inconsciente reside en la correspondencia; los significantes se corresponden entre ellos. No es la profundidad de su significación, sino el modo en que se articulan (Miller 2007: 211-13).

Si hasta aquí he definido, siguiendo a Lacan, el inconsciente en términos de la cadena significante de la lingüística de Saussure, en su última enseñanza (Seminario 20), y sirva como apunte que no desarrollaré, ya no se trata tanto de una cadena significante sino de un enjambre de significantes sin relación con el Otro y sin efecto de sentido, un inconsciente, en definitiva, que ya no tiene como referencia el saber (Dassen 2004: 37). De la concepción del inconsciente como una continuidad, Lacan pasa a una concepción fundamentada en la discontinuidad cuya apertura y cierre tiene mucho que ver con la función del analista.

Llegados a este punto conviene hacerse la siguiente pregunta con el objeto de arrojar algo de luz sobre ella: ¿quién interpreta en la experiencia analítica?

El inconsciente necesita del analista para existir, o dicho de otra manera, el analista tiene un lugar asignado en la estructura del inconsciente (Miller 1986: 8). Lo que caracteriza al inconsciente es lo no realizado de la realidad, de la puesta en acto, y eso necesita del analista para tener lugar. El primer intérprete del inconsciente no es, como podría pensarse, el analista, sino el inconsciente mismo.[9] La interpretación analítica vendrá en un momento posterior [10] y será recibida como proveniente de la persona que la transferencia supone que es. De ese modo es posible que la interpretación regrese al lugar desde donde puede tener alcance sobre la distribución de las respuestas (Lacan 2002: 571).

Para lo que aquí nos ocupa, conviene tener presente que el sujeto supuesto saber es el nombre del inconsciente en tanto que transferencial. El inconsciente interpreta y esto aparece en la sesión analítica y se transfiere al analista, lo que da a este último su posición dentro de la estructura que constituye el SsS. No hay primero el inconsciente y luego la transferencia. La posición misma del inconsciente, su posición operatoria, se sostiene en la transferencia como transferencia de saber (Castellanos 2012: 98).

El inconsciente transferencial hace nudo con la interpretación, y el objetivo de esta «no es tanto el sentido sino la reducción de los significantes a su sin-sentido para así encontrar los determinantes de toda la conducta del sujeto» (Lacan 2010: 219), o lo que es lo mismo, hacer tambalear la significación. No hay, pues, interpretación sin transferencia.

La interpretación analítica no solo recae sobre los significantes, sino también sobre el intersticio, allí donde el sentido no tiene lugar y donde habita lo indecible. A ese lugar apunta también la interpretación, aunque soslayadamente, dado que el goce no se aloja en el lenguaje. Es por este motivo que Miller revisa su afirmación inicial que sostenía que la interpretación señala al sujeto y la matiza considerando que «la interpretación apunta no al sujeto, sino al ser del sujeto» ya que el sujeto es falla en ser y «no se hace fácilmente a su ser de goce» (1987: 48). Para concluir y no desviarme en exceso del camino marcado, el inconsciente interpretable tiene límites, y esas fronteras no son otras que las del goce; no todo el goce puede pasar al inconsciente y ese goce que no cruza esa puerta es el objeto a, un real no verificable por medio del lenguaje, un incurable del que el analista hace semblante en el dispositivo, un resto.

 

Apunte sobre la transferencia

La transferencia analítica, en sentido estricto, encuentra su fundamento solo en la transferencia primaria del objeto a, del objeto perdido en el campo del Otro (Recalcati 2003: 8). No se trata solamente de la naturaleza simbólica del inconsciente, concebido como una red compleja de significantes, sino de la dimensión real de la transferencia como resultado del anudamiento de esta con la pulsión, razón por la que Lacan concibe la transferencia como la puesta en acto de la realidad del inconsciente (2010: 152).

En «La proposición del nueve de octubre», Lacan afirma que el sujeto supuesto saber es el pivote desde el que se articula todo lo tocante a la transferencia (1987:12), lo que en la lectura de Miller es hacer de la interpretación el fundamento de la transferencia (1987: 44), de modo que, la transferencia se define a partir de una relación del sujeto con el saber y no a partir de un afecto cualquiera.[11]

La primera teoría de Lacan sobre la transferencia hay que ubicarla en el plano imaginario, y tiene como eje el amor. La frecuentemente citada definición del amor lacaniana dar lo que no se tiene a otro que no lo es es el punto de arranque de una elaboración del concepto de transferencia en la que, en resumidas cuentas, el amante es el sujeto del deseo, y a su figura se iguala la del analizante, y el amado es el que en la pareja tiene algo, el ágalma,[12] representado en el dispositivo por el analista. Si la transferencia es amor, observa Miller, no se trata simplemente de que el analizante ame al analista, sino que desea hacerse amar por el analista (Miller 1979: 111).

De la conjunción del deseo con su objeto en tanto que inadecuado, debe surgir aquella significación que se llama amor. A quien no ha captado esa articulación y las condiciones que supone en lo simbólico, lo imaginario y lo real, le resultará imposible captar qué está en juego en ese efecto, tan extraño por su automatismo, que se llama la transferencia. (Lacan 2003: 45-46)

 Aunque los efectos imaginarios de la transferencia son innegables, Lacan los distinguió bien de los resortes simbólicos: el primero de ellos la demanda. Como ya hemos visto, el analista ocupa el lugar del Otro y es convocado a soportar todas las figuras del Otro de la demanda en la historia del sujeto. El segundo resorte simbólico es el sujeto supuesto saber. En un momento posterior de su enseñanza, Lacan se dio cuenta de que la vertiente simbólica de la transferencia tiene un límite porque no incluye la vertiente libidinal en la que el objeto parcial tiene una presencia real (Castellanos 2012: 95-96, 101), cuestión esta, la del analista como semblante de objeto a, ya tratada en el apartado correspondiente al que desde aquí remito.

Freud interpretó la transferencia mediante la repetición, como si la razón de la transferencia fuera la presentificación, en la sesión, de los personajes más importantes de la historia del sujeto. Lacan señaló que hay en Freud otra interpretación posible de la transferencia, aunque menos explícita, a saber, no mediante la repetición sino mediante la interpretación (Miller 2007: 57). En su última enseñanza Lacan llega a decir que la transferencia es la interpretación; al interpretar se sitúa la transferencia y la transferencia se sitúa mediante la interpretación y el acto analítico (Castellanos 2012: 93).

 

El destino del sujeto supuesto saber

En la cura debe producirse un desplazamiento del saber del Otro al sujeto, y el tiempo de la cura es asimismo el tiempo necesario para que ese saber se constituya en el movimiento mismo en que se efectúa, de ese Otro previo en el que el sujeto primeramente lo aloja, para excluirlo de él, hasta los significantes con los que lo anuda en su palabra. En este desplazamiento despoja al Otro de su falsa consistencia para reducirlo, finalmente, a la causa de su división. (Clastres 1987: 64)

El destino del sujeto supuesto saber en la cura es ser destituido. En un análisis se revela no solo la inconsistencia de la cadena significante, o su reducción, sino también del discurso y del Otro (S(Ⱥ)). Asimismo los artificios imaginarios y simbólicos que encubrían el goce y la falta en ser se despejan. El saber que el analizante le suponía al analista se evidencia como un semblante, de ahí que cuando «el Otro de la transferencia no responde como saber, sino que simplemente se ha prestado para que el circuito pulsional diera su vuelta» (Castellanos 2012: 102), el SsS deja de operar. En ese momento el inconsciente transferencial encuentra su límite y el analizante, enfrentado al vacío, está en disposición de hacer emerger su marca de goce particular, cuya consecuencia más cierta es un saber hacer con el síntoma (sinthome). Ese es el instante de concluir y, al mismo tiempo, el de comenzar el trabajo de invención.

Rosa Durá Celma

rosadura@uv.es

  

Bibliografía

Brodsky, Graciela, «Las enfermedades del Sujeto-supuesto-Saber». Volúmenes de las Jornadas «Acerca del Sujeto-supuesto-Saber». En red: http://www.eol.org.ar/template.asp?Sec=publicaciones&SubSec=impresas&File=impresas/col/jornadas/sujeto/brodsky.html [consultado el 4 de abril de 2013].

Castellanos, Santiago, La transferencia, de Freud a Lacan, Caracas, Pomaire, 2012.

Clastres, Guy, «Amor de transferencia e interpretación», Momentos cruciales de la experiencia analítica, Buenos Aires, Manantial, 1987, 63-69.

Dassen, Florencia, Actualidad de la clínica psicoanalítica, Universidad de Antioquia, 2004.

Dicker, Susana, «El deseo del analista», Virtualia 22, mayo-2011.

Lacan, Jacques, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Seminario 11, Buenos Aires, Paidós, 2010.

Lacan, Jacques, La transferencia. Seminario 8, Buenos Aires, Paidós, 2003.

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Lacan, Jacques, «La equivocación del sujeto supuesto saber», Momentos cruciales de la experiencia analítica, Buenos Aires, Manantial, 1987a, 25-36.

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Miller, Jacques-Alain, «Del saber inconsciente a la causa freudiana I» (1989), Introducción a la clínica lacaniana, Barcelona, RBA, 2007, 201-231.

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Miller, Jacques-Alain, «Nuestro sujeto supuesto saber». Intervención en las Jornadas de estudios de la ECF 2006, en el curso de las cuales Jaques-Alain Miller presentó el tema de las próximas Jornadas. Transcripción y notas de C. Bonningue. En red: http://www.elp-debates.com/e-textos/nuestroSsS-JAMiller.prn.pdf [consultado el 4 de abril de 2013].

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Recalcati, Massimo, Clínica del vacío. Anorexia, dependencias, psicosis, Madrid, síntesis, 2003.

Silvestre, Danièle, «La cuestión del silencio», Momentos cruciales de la experiencia analítica, Buenos Aires, Manantial, 1987, 71-76.

 

[1] Trabajo compuesto en el marco de la Red de Formación Continuada en Clínica Psicoanalítica del Instituto del Campo Freudiano. Presentado en la Jornada de Apertura del Seminario del Campo Freudiano en Valencia, celebrado el 21 de septiembre de 2013.

 [2] El complemento de la regla de la asociación libre es la regla de la abstinencia. Esta atañe al analista y formula que el objeto en juego es el objeto nada. El analista debe de estar advertido de que analiza con el «des-ser», es decir, a partir del agujero real del saber, pero también con el lugar vaciado de su propio goce fantasmático, reducido desde su propio análisis. Advertido, además, del objeto pulsional que su presencia hace surgir en el analizante (Castellanos 2012:101 y 137 respectivamente).

[3] Para una reflexión sobre el silencio del lado del analizante, véase Danièle Silvestre (1987).

[4] Publicación de la EOL. Ver bibliografía final.

[5] El analista representa al Otro, no a un otro semejante a’. Colocarse en este último lugar encuadraría la experiencia analítica en el plano imaginario. Por ese motivo el deseo del analista debe ser un deseo avisado, advertido de que no conviene caer en ese error y es por eso que resulta necesario someterse a un análisis. Acerca del deseo del analista, Susana Dicker afirma que también se trata de un deseo que «apunta al deseo del sujeto en tanto deseo inconsciente. Es la ética del psicoanálisis encarnada en la función del analista» (2011).

[6] Miller se refiere fundamentalmente a un psicoanálisis cuya orientación no es lacaniana en el que el analista se identifica al Otro ubicándose como una suerte de superyó del analizante (1979:114).

[7] La cursiva es nuestra.

[8] Sin entrar aquí en la adscripción del inconsciente en la esfera de lo real, simplemente estableceré una diferencia entre la concepción del inconsciente transferencial, aquel con el que se comienza un análisis, atravesado por el síntoma, orientado a aislar los S1 que marcan al sujeto, y el inconsciente real (ICSR), resultado del itinerario analítico, donde la emergencia de los S1 del sujeto agotan el sentido, aquel en el que acontece el sinthome.

[9] La respuesta más general a propósito de la actividad interpretativa del inconsciente es que este interpreta la realidad sexual; de lo que se trata es de interpretar el deseo de la madre gracias al Nombre-del-Padre (Miller 2007: 420).

[10] La interpretación del analista, si él la da, va a ser recibida como proveniente de la persona que la transferencia supone que es. Como proveniente del Otro de la transferencia la palabra del analista es escuchada, lo que hace posible que una interpretación regrese al lugar desde donde puede tener alcance sobre la distribución de las respuestas (Lacan 2002:571).

[11] Con su habitual estilo, Lacan dice en este sentido que «los sentimientos del analista solo tienen un lugar posible en este juego [el de la experiencia analítica], el del muerto» (2002: 569).

[12] El ágalma tiene como característica principal la cualidad de brillante, y se trata para Lacan del objeto parcial, clave del deseo humano. «Este objeto privilegiado del deseo culmina para cada cual en aquella frontera, en aquel punto límite que les he enseñado a considerar como la metonimia del discurso inconsciente» (2003: 172-73). En este seminario el ágalma siempre está relacionado con las imágenes.