Imaginar lo real (1)

Orientada por la editorial de este número 46 de la Revista El Psicoanálisis, me detengo en el sintagma «imaginar lo real». Lo tomo como eje para recorrer algunos artículos de la revista, una lectura orientada por una pregunta: ¿qué implica que, al final de su enseñanza, Lacan sitúe una vía de tratamiento de lo real por la vertiente de lo imaginario?

La fórmula tiene algo de paradoja. Si lo real, en Lacan, se define por su resistencia al sentido y a la representación, ¿qué significa imaginarlo? ¿Se trata de darle una imagen? ¿De producir un velo? ¿O, por el contrario, de construir una consistencia mínima que permita al cuerpo no quedar expuesto a una intrusión sin mediación?

Me parece que el número 46 permite leer “imaginar lo real” como un problema que atraviesa la clínica contemporánea, pero también como un punto de torsión en el recorrido de Lacan: desde el imaginario del estadio del espejo, pasando por la primacía de lo simbólico, hasta la clínica nodal, donde los tres registros quedan en un mismo plano y lo imaginario adquiere un valor decisivo.

La frase de Miller que retoma Christiane Alberti me sirve aquí como referencia: lo imaginario como «suelo de goce donde se implanta el orden simbólico»2. Esta formulación desplaza el lugar habitual del imaginario. No es solamente la pantalla engañosa que habría que atravesar para llegar a lo simbólico; es también una superficie de consistencia donde el cuerpo se sostiene y donde el goce encuentra un modo de anudarse.

Desde ahí quisiera recorrer cuatro textos del número, para ver qué estatuto toma «imaginar lo real» en cada uno: como localización, como forma, como discernimiento, como invención de consistencia.

Empiezo por el artículo de Domenico Cosenza, «Notas sobre lo imaginario y la inquietante extrañeza en el último Lacan»3, porque allí se produce un primer desplazamiento conceptual importante: lo imaginario ya no es solo el registro de la imagen especular, sino un imaginario anudado al cuerpo y al goce, que se vuelve determinante para pensar lo Unheimlich en el último Lacan.

Cosenza insiste en que la inquietante extrañeza no se ubica en el territorio del sentido. No es un fenómeno que se disuelva interpretándolo. Se sitúa, más bien, en la juntura entre lo imaginario y lo real: allí donde algo del goce del Uno deja un eco en el cuerpo, sin representación posible. 

Entonces, esta orientación, «imaginar lo real», no significaría representar lo real, sino darle un lugar, localizarlo, escribir su borde. Y en ese punto aparece la referencia al nudo: Lacan dice que la geometría de los nudos tiene por efecto «exorcizar» lo inquietante. Lo interesante de este «exorcizar» es que no promete una supresión, sino un tratamiento por la vía de una escritura: un modo de fijar algo que, si no, se vuelve errático o invasivo.

Aquí se perfila una primera hipótesis de lectura del sintagma: imaginar lo real como operación de localización. Una forma de dar consistencia a lo real sin convertirlo en significación.

El texto de Enric Berenguer, «La extrañeza del cuerpo que uno tiene»4, permite pasar de esa formalización a una experiencia: el cuerpo como lugar donde lo real se manifiesta precisamente bajo el signo de lo extraño.

Berenguer recorre la figura del doble y la sitúa en una zona que no coincide con el fantasma. Retoma una idea decisiva: lo inquietante no se inscribe en el fantasma, sino que aparece cuando el fantasma falla. Es decir: no estamos en el terreno donde el sujeto se reconoce en una escena que le da un lugar; estamos en el punto en que esa escena no opera como mediación, y algo del cuerpo queda expuesto.

El recorrido por Ingmar Bergman, más que funcionar como «ejemplo», opera como una construcción rigurosa: el doble, el rostro, la máscara, la oscilación entre vida y muerte, la aparición de un cuerpo que ya no garantiza la consistencia del yo. Allí lo ominoso no viene de lo desconocido, sino de lo familiar vuelto ajeno.

Si intento leer esto desde «imaginar lo real», diría que el texto muestra algo específico: cuando el cuerpo se vuelve extraño, no siempre hay recurso simbólico disponible. En ese punto, el arte (y aquí el cine) puede funcionar como un modo de dar forma a esa intrusión; de producir una escena que permita bordearla.

La forma (la máscara, el montaje, el doble) opera como borde. En esta lectura, imaginar lo real sería entonces construir una forma que permita al sujeto no quedar capturado por la irrupción sin mediación del objeto.

El texto de Rosa María López, «Imaginar lo real»5, introduce un problema que me parece inevitable: si lo imaginario vuelve al centro, ¿qué sucede en una época donde la imagen ya no es solo semblante, sino también mercancía, espectáculo, simulacro?

Rosa López parte de una proximidad entre belleza y extrañeza: lo bello no es simplemente armonía; puede contener un punto inquietante. Pero lo decisivo es cómo articula esto con la angustia y con el objeto a. El ejemplo que presenta es muy preciso: un sujeto fascinado por un paisaje excesivamente bello pasa, sin transición, a un estado de inquietante extrañeza. Hay algo repulsivo en la escena, pero no se ve qué es. Y surge una certeza: eso no puede ser otra cosa que él mismo. La respuesta es un pasaje al acto.

Este ejemplo permite situar una distinción fundamental: no se trata de la angustia ante la pérdida, sino de la angustia ante lo que sobra. Es decir, la angustia como señal de la presencia de un objeto irrepresentable. En ese punto, la pregunta por «imaginar lo real» se vuelve clínica: ¿qué uso de la imagen puede operar como velo sin transformarse en saturación? ¿Cómo sostener una distancia respecto del objeto cuando la época empuja a la exposición, al consumo inmediato, a la captura por la imagen?

López trabaja la hipótesis de que hoy asistimos a una degradación del semblante en favor del simulacro. Esto tiene consecuencias: el síntoma se empobrece, el malestar se presenta más como inhibición y angustia. Y entonces imaginar lo real no sería multiplicar imágenes, sino discernir qué imagen bordea y cuál aplasta. Discernir qué recurso imaginario sostiene una consistencia corporal y cuál precipita una caída.

En esta perspectiva, «imaginar lo real» se vuelve una cuestión de orientación: cómo usar lo imaginario para que lo real no irrumpa como resto inmundo, como caída del sujeto fuera de la escena.

Por último, el texto de Christiane Alberti, «Curtirse en un nuevo imaginario»6, permite formular de manera más nítida la consecuencia clínica del último Lacan: el pasaje de «el sujeto ama su cuerpo» a «el parlêtre adora su cuerpo». Alberti insiste en que adorar no es amar: adorar remite a la consistencia del cuerpo como sustancia gozante.

Y aquí aparece el caso de Pierre. Un niño que necesita disfraces de encaje, brillos, telas; que no soporta salir sin eso; que dice que sin sus disfraces no sabe quién es y se siente raro. La pregunta que lo trae a consulta es: «¿Cuándo le tomaré el gusto a la vida?».

Lo importante es cómo Alberti lee la función de esos objetos. No como identificación femenina, no como significante a interpretar, sino como envoltura. Un borde, una consistencia que permite sostener el cuerpo cuando hay riesgo de disolución imaginaria y de intrusión de lo real.

Pierre no responde con palabras; responde con materia: con el encaje, con el brillo, con el adorno. Más adelante inventa un «disfraz mental», un nombre: Jorge XIV. No es un «pasaje a lo simbólico» en el sentido clásico. Es una solución singular que hace posible un lazo, un modo de estar con otros, sin quedar expuesto a la angustia.

Alberti añade una observación contemporánea: hoy este niño podría ser capturado rápidamente por un significante diagnóstico que fija una respuesta antes de que la pregunta se despliegue. Su lectura, en cambio, insiste en dejar lugar al tiempo lógico, a la invención, a ese trabajo de consistencia que el sujeto construye.

Aquí, «imaginar lo real» adquiere su sentido más directo: inventar una consistencia imaginaria para tratar una intrusión real en el cuerpo. No es una metáfora, es un modo de sostenerse.

Diría que «imaginar lo real» se deja leer en estos artículos bajo al menos cuatro estatutos: como localización (Cosenza): el nudo como escritura que bordea lo real; como forma (Berenguer): el doble y el arte como borde frente al extrañamiento del cuerpo; como discernimiento (López): la imagen en la época del simulacro, entre semblante y aplastamiento; como consistencia (Alberti): invención imaginaria que sostiene el cuerpo ante una intrusión real.

Me detengo aquí con la idea de que, quizás, la apuesta sea esta: que lo imaginario se vuelve un operador clínico decisivo en la última enseñanza, en tanto se trata de mantener juntos los tres registros, de producir anudamientos posibles allí donde lo real se presenta como inquietante extrañeza.

Cecilia Fuentes


  1. Texto elaborado para la presentación del n.º 46 de la revista El Psicoanálisis,titulada«Inquietante extrañeza», en la Sede de la ELP de la Comunidad Valenciana bajo el auspicio de la BOLV el 28 de enero de 2026.
  2. Alberti, C., «Curtirse en un nuevo imaginario», El Psicoanálisis, n.º 46, 2025, p.13.
  3. Cosenza, D., «Notas sobre lo imaginario y la inquietante extrañeza en el último Lacan», El Psicoanálisis, n.º 46, 2025, p. 47.
  4. Berenguer, E., «La extrañeza del cuerpo que uno tiene», El Psicoanálisis, n.º 46, 2025, p. 27.
  5. López, R. M., «Imaginar lo real», El Psicoanálisis, n.º 46, 2025, p. 21.
  6. Alberti, C., «Curtirse en un nuevo imaginario», El Psicoanálisis, n.º 46, 2025, p.11.
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