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Reseña de la cuarta sesión preparatoria Crisis. ¿qué dicen los psicoanalistas?

Dentro del marco de preparación para las próximas jornadas nacionales de la ELP –«Crisis. ¿Qué dicen los psicoanalistas?»–, la junta directiva de la sede de Valencia organizó una mesa redonda titulada «Los tiempos de crisis, ¿son tiempos de invención?» El acto tuvo lugar el 27 de noviembre del presente año en el Salón de Actos de la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Valencia. Fue moderada por Xavier Giner (psicoanalista) y contó con la presencia de Manuel Ramírez (coeditor de Pre-textos), Josep Monter (doctor en Filosofía, escritor), Álvaro de los Ángeles (subdirector del IVAM) y Carmen Carceller (psicoanalista).

La mesa se planteó como una aproximación y diálogo en torno al binomio arte y psicoanálisis, que se puso en marcha con la intervención de Josep Monter, «espíritu ilustrado», que recuperó la etimología germana de la palabra ‘crisis’ (división original) para llegar a distinguir entre una crisis inhibidora y otra que mueve a la acción y a la invención. El hombre, ante la crisis, siempre debe decidir; una crisis es una situación ante la que hay que elegir.  Recuperando la filosofía kantiana, Monter habla del hombre que hace juicios y que es capaz de inventar cosas sin una utilidad práctica inmediata, como bien se ve en el arte. El hombre sale de la crisis por medio de una capacidad de invención que le es constitutiva, y lo hace a través de la idea, de los sueños, o a través de artilugios y artefactos artísticos. La intervención del filósofo concluyó con un panegírico de la duda, una suerte de declaración de intenciones de su participación.

Carmen Carceller partió de la hipótesis de la correlación existente entre psicoanálisis y arte en relación al tratamiento o consideración que ambos hacen del objeto (a). Tras una breve nota sobre los inicios del psicoanálisis, para el que la crisis es siempre algo que empuja a la invención, Carceller hizo una cala sobre el estatuto del objeto en «esa fábrica de subjetividades» que es el neoliberalismo, donde lo ilimitado se apodera de los sujetos con la producción de objetos como los gadgets (casi prótesis corporales), aprovechando la dificultad de los sujetos para regular el goce. En este marco el arte actual, igual que las Vanguardias históricas, desvela una verdad: no hay objeto. Es posible distinguir un arte que tapa (el arte de la sublimación freudiano) y un arte que agujerea. Este último vinculado con el objeto (a) lacaniano, una consistencia hecha de nada que hace objeción al significante. El psicoanálisis intenta llevar al sujeto al territorio del no-sentido, al vacío, para dar lugar a una invención singular (saber hacer con el síntoma). Tanto el arte como el psicoanálisis, pues, van más allá de lo bello, de la armonía y del sentido para desvelar y mostrar el malestar (social y subjetivo).

La intervención de Manuel Ramírez tomó la película Los robinsones de los Mares del Sur –metáfora de la capacidad humana de colaboración e inventiva– para incidir en el par invención-crisis. Ante la crisis, nos vino a decir, hay que tomarse en serio el juego, que no solo es cosa de niños puesto que apela a la invención y a la imaginación. Las tres mejores respuestas a la crisis son las instancias de invención, creación y experiencia. Ramírez concluyó con la constatación de que la modernidad se caracteriza por un estado permanente de crisis y con una referencia al mundo de la tauromaquia en tanto que esta constituye un rito que tiene por objeto enfrentarnos a la experiencia de la muerte.

Xavier Giner enlazó, en buena medida, con lo expresado por Carmen Carceller y situó el arte y el psicoanálisis como dos formas afines de tratar lo real, cuyo sin-ley se encuentra en el corazón de los hombres (Lacan inventó un neologismo para definirlos desde este punto de vista: los troumaines). Su disertación tuvo como puntal una premisa: la creación no es sin angustia, lo que condujo a una reflexión en torno al proceso creativo. No hay creación sin desazón, sin que el cuerpo inscriba los signos de esa tensión. La creación, que «es con el cuerpo», está hecha de vueltas y revueltas alrededor de algo que se encuentra pero que se desvanece. En ese proceso hay algo de la urgencia del acto. Entre pensamiento y acto solo hay «salto». El tiempo de concluir toma siempre una forma arrebatada, toma la forma de un relámpago que solo la angustia precipitará. Es esa dimensión de la angustia, la productiva, la que permite ir más allá del horror y de la imposibilidad. En definitiva, la que hace posible el arte.

Álvaro de los Ángeles esbozó algunas ideas con el objeto de animar la conversación posterior, poniendo sobre la mesa las aportaciones de algunos teóricos del arte. Por ejemplo, el concepto de «obsolescencia tecnológica» de Erik Hobsbawn en relación a la Vanguardias visuales del siglo XX que no fueron solo ruptura sino también movimientos que, a partir de una crisis, hicieron renacer otra forma de arte. Asimismo, el subdirector del IVAM trajo a colación la concepción del autor como productor de Walter Benjamin –lo que implica poner en serie artefacto artístico, autor-productor y receptor– y, desde la perspectiva de la crítica artística, se refirió a la aportación en torno al concepto de real de un historiador contemporáneo como Hal Foster para hablar de un arte que tiene que ver con una práctica que no vela, sino que agujerea. El arte así visto no es en sí mismo una finalidad, sino un proceso de experiencia que permite hablar sobre la sociedad en la que se produce. En relación a esto último De los Ángeles remitió a la obra de la artista británica Gilliam Wearing, de la que actualmente se puede ver una exposición en el Instituto Valenciano de Arte Moderno.

Tras esta referencia al impactante arte de Wearing, comenzó un rico diálogo entre los componentes de la mesa que pronto se vio animado con la participación del público asistente.

Básicamente fueron dos las superficies (muy fronterizas) por las que se deslizó la conversación.

El sujeto contemporáneo está angustiado –por más que «no quiera saber de ello»– y el arte contemporáneo impide la operación de «no querer saber». La angustia se relaciona con las sucesivas crisis que se están viviendo, índice de un cambio de época, índice de un nuevo paradigma que, desde el psicoanálisis, se lee como una caída del Nombre del Padre. En un intento de cernir el signo de lo contemporáneo se trató de responder a la pregunta ¿qué hay de nuevo en lo contemporáneo? Nuestra época viene marcada por una serie de acontecimientos que nos sitúan más allá de la caída de los ideales. Los fenómenos terroristas y su relación con la exacerbación de las redes sociales dan buena cuenta de ello. La pulsión escópica ahí implicada es una marca de la sociedad y del sujeto actual. La potencia de la imagen tiene una doble vertiente, la que causa terror en los aterrorizados y la que promueve la filiación en otros colectivos. La lógica de las redes sociales genera efectos que todavía están por acotar. Conviene abandonar los antiguos modos de leer; interesa una interpretación, una lectura orientada por lo nuevo. El psicoanálisis y el arte pueden ayudar en esa labor.

En estrecha relación con todo esto, y como extensión del tema del nuevo paradigma que se está construyendo, surgió la cuestión de la razón tecnológica, con el neoliberalismo de fondo y con la sobreabundancia de información como marca. En el corazón del fundamentalismo religioso, iconoclasta por definición, anida una gran paradoja, resultado del buen manejo y explotación que este hace de la imagen. Hay una dimensión del goce implicada en todo ello. En épocas anteriores el goce estaba regulado, podía ser gestionado por los sujetos, mientras que ahora el goce irrumpe sin desmesura. Esta nueva época exige detención, reflexión y la invención de una manera de pensar acorde con el nuevo paradigma todavía por definir.