Cada analista lee e interpreta el caso clínico que aborda a partir del punto en que se encuentra en su análisis. Recordemos aquí la observación de Lacan al comienzo de «La dirección de la cura» que es, desde el punto en que el analista se encuentra, que formula la regla fundamental. Es porque ha podido aislar sus significantes Amo primordiales que podrá reconocer los significantes Amo de su analizante; es porque ha podido reconocer su modalidad principal de goce en su fantasma fundamental, que podrá hacerlo con su analizante; es porque ha sabido encontrar un saber hacer con el resto sintomático que queda de sus síntomas, que podrá orientar el análisis con su analizante en el sentido de llevarlo a no buscar ya sentido a su síntoma, sino más bien a hacer un uso sintomático del núcleo de goce irreductible que se deposita del trabajo interpretativo del análisis.
Es a partir, entonces, del punto en que se encuentra el analista mismo que esboza la construcción del caso, que podrá despejar las líneas de fuerza que lo estructuran. Una proposición de Lacan me viene aquí y nos acompañara esta noche casi como un emblema de lo que pretendo desarrollar: Lacan nos dice en El objeto del Psicoanálisis que el analista está implicado en el caso clínico que construye y que presenta como Velazquez se encuentra pintado en el famoso cuadro de Las meninas». Esta imagen es bella, potente por su valor de verdad, y de certidumbre.
Cada vez que un analista habla de un caso clínico, está hablando también de él, del punto en que se encuentra respecto del psicoanálisis. Lo que lleva a Lacan a decir más tarde en su seminario, que hay en el análisis una sola Transferencia1; la transferencia del analista al psicoanálisis porque es él el que encarna al S.s.S». es un dicho del tipo de «no hay transmisión del psicoanálisis, a cada analista le corresponde la tarea de reinventar el psicoanálisis», como lo afirma en la clausura del congreso sobre la transmisión de la EFP en 1977, en el marco, cierto, de la disolución.
Es desde la posición que él ocupa en su relación con el análisis que podrá leer no solamente las manifestaciones transferenciales de sus analizantes, sino también los síntomas, la relación del analizante al goce. Evidentemente la transferencia así abordada podría superponerse o confundirse con la contratransferencia: no es el caso en que se trata de la relación de saber que el analista sostiene con el psicoanálisis y no con el semejante al que se encuentra reducido el analizante en la contratransferencia, o en el mejor de los casos a la relación del analista con los síntomas del analizante.
Estos parámetros permiten ya esbozar una línea de respuesta a la pregunta que nos reúne esta noche: ¿Como se construye un caso clínico? Podemos comenzar entonces a responder, como lo sugiere el excelente argumento que nos invitaba a esta conversación, que se trata de ir de la historia, de la biografía del sujeto que viene a vernos, a la lógica significante que estructura sus síntomas, lo que implica entonces, como paso previo, la construcción del síntoma en las entrevistas o ya en las sesiones.
Ya que el sujeto no viene muchas veces con el síntoma construido y es la función a veces de las entrevistas preliminares de construir el síntoma, de identificarlo y nombrarlo, reconociendo en el los significantes que permiten articularlo. Los sujetos que vienen a vernos lo hacen en general con un malestar vago, difuso, pero no vienen con el síntoma despejado y no es la función del comienzo del análisis sino, la de las entrevistas preliminares, la de poder aislar en el relato biográfico del sujeto, o aun en la descripción del malestar que le acucia, el o los significantes que estructuran su síntoma. Fíjense que hablo de «construir el síntoma» al interior de la perspectiva de lo que implica «construir el caso clínico»: efectivamente una construcción conlleva necesariamente la otra. Construir el síntoma implica entonces encontrar lo que Lacan llamaba su «envoltorio formal», los significantes que permiten designarlo más allá entonces del malestar vago y difuso en el que se encuentra sumergido.
Podríamos decir que encontrar los significantes del síntoma ya es comenzar a interpretarlo: de la misma manera que Lacan avanzaba en su Seminario 6 que «El deseo es su interpretación». Es un primer movimiento dialéctico, si consideramos el análisis como un procedimiento dialéctico, reenvió aquí al texto « Intervención sobre la transferencia» en el cual Lacan procede a una lectura del caso de Dora en términos hegelianos, de « inversiones dialécticas » y « desarrollos de la verdad » que se suceden unos a otros hasta alcanzar Freud el punto de la fascinación de Dora por la « blancura arrebatadora» del cuerpo de Mme. ; K. : podría haber seguido hasta situar la posición fantasmática de la joven respecto del goce de M. K, su sustracción a este goce y localizar en ella la modalidad oral como modalidad pulsional privilegiada en su fantasma bajo la forma de la « chupadora ».
Existe en algunos casos una dificultad en poder encontrar el o los significantes de los síntomas, pienso por ejemplo en los sujetos en los cuales es más bien la dimensión del exceso de goce la que prima por sobre la dimensión simbólica como es el caso en las adicciones de todo tipo, y donde más que encontrar el significante que condensa en el síntoma se trata de nombrar la dificultad del sujeto a encontrar una satisfacción en esta búsqueda de goce que la compulsión le impone : Mostrarle por ejemplo, qué mal goza, cuanto el goce que busque alcanzar se sustrae a él y no consigue alcanzarlo. Es por supuesto, una perspectiva muy contemporánea en la que los síntomas se presentan más bien en una fluidez de goce que no llama a una metáfora y que no puede ser cernido más que por una nominación en el sentido en que Lacan le da a este término en su Seminario RSI, en la última clase, en el que evoca nominaciones reales, simbólicas e imaginarias. Nominaciones muy presentes en la clínica de las psicosis ordinarias y en los variados fenómenos que presentan los sujetos transgénero.
Observemos aquí que, si el deseo llama a una interpretación de la posición del sujeto, el goce este exceso de goce presente en las adicciones, impone más bien un acto más radical aun por parte del analista de proponer un borde con este goce que pasa, por ejemplo, por la nominación. La nominación apunta a este lazo con el goce y es menos equivoco que la interpretación: no se inscribe, en su forma, en el medio-decir.
Una viñeta
Pienso en un joven que veo desde haces unas pocas semanas, que vino porque está casado desde hace cuatro años y ha encontrado, recientemente, una mujer con la que ha comenzado a tener un affaire. Este joven es judío muy religioso y la infidelidad es un gran pecado en esta religión. Su amante no es judía, lo que acentúa la dimensión transgresiva de la cosa y su división subjetiva, bajo la forma de la angustia. Pero además me explica en la primera entrevista que durante años ha tenido una práctica de juego en línea adictiva en casinos que, por haber intentado estafar, algunos se encuentran con una prohibición – que él mismo se ha impuesto – de retornar a jugar a estos casinos en línea. Pero hay aun algo más: el joven estudia medicina y me ha explicado que se las ha arreglado hasta ahora para pasar los exámenes de múltiple elección estudiando lo mínimo posible: según un cálculo probabilístico que ha desarrollado con otros camaradas es suficiente estudiar el 30 % de las asignaturas para poder marcar las opciones que el examen le propone al azar y obtener la nota mínima en el peor de los casos, o aún más puntos, para poder validar la asignatura. Ciertamente ese cálculo se basa en las probabilidades que utilizara en los casinos en línea, mientras jugaba adictivamente, sin estar estudiando durante la carrera. Me explica que al momento de tener que elegir una especialidad médica, ha escogido la que requiere el mínimo de conocimientos y que tiene el mínimo de consecuencias posibles para los sujetos enfermos que tendría que encontrar, ya que, de medicina, me confiesa con cierta vergüenza, no sabe casi nada: La genética. Pero no la genética clínica, que conlleva exámenes que pueden tener consecuencias en los sujetos que encuentra, sino la investigación genética, más alejada de los ensayos clínicos y que no implica entonces un bordaje de los cuerpos, frente a los cuales, me dice, corre el riesgo de encontrarse «desarmado». «Usted es un impostor precavido» viene a nombrar como respuesta no solamente su operación, sino más aun, su posición de goce, por la cual, observémoslo, se encuentra hasta cierto punto dividido, ya que no solo reconoce las pequeñas maniobras que ha tenido que hacer para evitar causar mayores daños, sino que viene a confesarlo, dividido, entonces, hasta cierto punto.
La entrada en análisis por el goce
Podríamos decir que lagunas entradas en análisis se hacen también no solamente a partir de las interpretaciones de los síntomas, sino también a partir de la nominación de la posición de goce del sujeto. Pienso aquí en un ejemplo presente en el libro de Gerard Haddad, El día en que Lacan me adoptó, que es un relato del análisis de Haddad con Lacan y por esta razón, un documento interesante. Haddad, que es analista actualmente y que acompaño el lanzamiento de la causa freudiana en su principio, escribe en su libro que, al ir a ver a Lacan en su primera sesión, aún era él joven, en un clima de tensión y de emoción al ir a encontrar al «gran hombre», en el momento de entrar a su despacho, ve un pequeño mueble cerrado que se encuentra en la sala y escribe «ver el tabernáculo», el lugar que contenía para los judíos las tablas de la Ley. Es un lugar asociado a la presencia de Dios, que sorprende a Haddad, que era un judío más bien laico, ateo y de izquierdas. Cuenta inmediatamente esto a Lacan en esta primera sesión y Haddad escribe que Lacan parece perplejo, extremadamente sorprendido, y que parece descomponerse en su sillón. Pálido, Lacan le dice «curiosamente usted comenzará su análisis por el punto en que habitualmente la gente lo termina» y lo despide hasta la próxima sesión.
«Comenzar por donde se termina»: tenemos en este dicho de Lacan, relatado por Haddad, un comienzo por lo real, podríamos decir interpretando a Lacan aquí. Un comienzo por el goce: hay comienzos de análisis que se hacen por este bies: un comienzo no por el síntoma sino por el fantasma. Es el caso del obsesivo, por ejemplo, que consiente muchas veces a consultar para ceder el goce fantasmático que lo invade y le impide hacer muchas cosas en la vida. Es muchas veces también el goce que trae, por supuesto al sujeto psicótico al análisis.
La lógica del caso y sus líneas de fuerza
La lógica del caso se construye también a partir de poder situar las líneas de fuerza que estructuran el caso: línea de fuerza que se despejan tanto a partir de la lógica del significante que da cuerpo a los síntomas, como a la relación con el goce que puede ser situada a partir de las metamorfosis del goce que tienen lugar en el tratamiento del síntoma gracias a la interpretación. Esto supone situar esta metamorfosis, que podemos decir tiene tendencia a reducirse más allá de las transformaciones del síntoma, de su abandono o de su caída, pero lo importante para el clínico es poder dar cuenta de estas mutaciones. Podríamos decir que, en general, esta reducción se opera en el sentido de poder aislar lo que funciona como «axioma «en relación a los síntomas, como lo escribe Lacan en la reseña del seminario sobre la Lógica del fantasma: «respecto de los síntomas, el fantasma funciona como axioma», lo que implica tomar al sistema de los síntomas que constituye la neurosis del sujeto como un teorema. Sabemos que el axioma es el principio de base a partir del que se deducen las proposiciones de un teorema: Bien, entonces poder escribir la lógica del caso supone entonces poder operar una reducción de los síntomas hasta poder obtener el axioma fantasmático que les da consistencia. Axioma que responde, nos dice Lacan aquí, y también Jacques Alain Miller en su curso «del síntoma al fantasma» a «una frase», a la manera de «Pegan a un niño». Ciertamente los testimonios de los AE nos instruyen también en esto. Constituye este tratamiento del goce un vector para considerar la construcción del caso, una vez operado, por supuesto, en el análisis, la identificación de este y la consecuente reducción. ¿Como se opera esta? Un dicho de Lacan en el seminario sobre El Reverso del psicoanálisis me parece en este punto muy indicador y de gran ayuda: «Ningún trabajo ha conducido nunca al saber»2. Esto quiere decir que no es el « trabajo » del analizante en la sesión que conduce a producir un saber sobre sus síntomas – evoquemos aquí al obsesivo, con su « nota de trabajo forzado » que tan bien quiere trabajar en el análisis para producir un saber sobre sí, o a algunos analistas que dicen a veces « el sujeto se encuentra trabajando sobre tal o cual punto de su neurosis », no es esto, entonces – sino más bien el abandono de sus posiciones de goce a nivel de sus síntomas, lo que le permite dar al analizante un saber sobre este goce, precisamente, en el momento en que lo ha abandonado.
Tenemos aquí una guía importante en como el saber, hermana de goce, opera y cómo podemos como analistas, porque lo hemos experimentado en nuestro propio análisis, identificarlo en otros sujetos. Así, por ejemplo, en lo que atañe a la posición fálica del sujeto, podemos ubicar los momentos en los que el sujeto se desidentifica de esta posición por los sueños que el sujeto reporta, donde se trata del abandono de su identificación con el falo. Es siempre en après-coup, retrospectivamente que aprendemos cual habrá sido la posición del sujeto, de donde la importancia del uso del futuro anterior en la temporalidad del sujeto, como lo indica Lacan.
Construir y deconstruir el sentido y el Edipo.
Me parece importante también aquí abordar el uso que hacemos de la interpretación en los distintos momentos del análisis: a lo que hay que construir en un primer momento del análisis, para poder deconstruirlo hacia el final. El uso de la interpretación no es el mismo y el tipo de interpretación misma no debe ser el mismo.
En los comienzos debemos permitir al sujeto dar sentido a los síntomas, sin lo cual el análisis no se pone en movimiento. Tenemos quizás costumbre de decir que debemos ir contra el sentido, separar el S1 del S2, empujar al sujeto a cierta perplejidad que esta separación, este corte entre los significantes supone, muy bien, pero recordemos que esta orientación es pertinente con sujetos que ya tienen un recorrido en el análisis. La orientación por la separación: François Sauvagnat decía de manera bonita «somos profesionales de la separación». Esta perspectiva inaplicable con sujetos que comienzan a analizarse y que no saben nada del procedimiento. Que no están «adiestrados» – tomo aquí este término sorprendente de Lacan, cuando dice «adiestro («je dresse») le sujet». Simplemente abandonarían el tratamiento sin entender nada y con justa razón. El análisis debe en el comienzo permitir al sujeto no solamente construir su síntoma sino también otorgarle un sentido – es claramente la dimensión terapéutica del análisis. Es importante darle su lugar, sobre todo en la práctica en las instituciones de salud. Interpretar aquí «el sentido de los síntomas» – expresión de Freud – tiene todo su lugar y pertinencia. Sin esto, imposible reducirlo en el proceso del análisis. Igualmente, con el Edipo: con el Edipo lacaniano, digamos. Es decir, es importante poder situar la posición del sujeto en relación al Otro, lo que fue para el deseo del Otro, para poder esbozar y construir luego lo que articula el fantasma fundamental como respuesta del sujeto a este deseo. Es preciso determinar esta posición para poder franquearla y poder situar a partir de aquí la relación del sujeto al objeto y como la configuración edípica con sus roles bien situados, ha venido como a vestir esta posición, a través de los relevos que constituyen el Nombre del padre y el Deseo de la madre. De otro modo no podrá abrirse en la lectura del análisis una perspectiva «más allá del Edipo», sin haber situado precisamente lo que se trata de franquear.
El análisis y el analista de control
Unas palabras respecto a este eje, que se sitúa claramente en la perspectiva que evocaba en el comienzo: Hay una sola transferencia en el análisis: la que vectorializa al analista en su relación al psicoanálisis. De esto se trata en el control: de analizar, por extensión, a partir del caso clínico que el analista presenta, cual es la relación de este al psicoanálisis. Lo que implica un doble movimiento, entrelazado, en el cual donde dos vectores se encuentran ligados: la discusión del caso en su carácter objetivo: los fenómenos clínicos en él presentes, los síntomas, el diagnostico, la transferencia y como el analista en ella se encuentra, las posiciones respecto al goce del analizante, sus arreglos con el goce, las interpretaciones propuestas, la posición del analista en el caso, todo esto concierne al analizante del que viene a hablar. Y, por extensión y de manera más periférica, del analista mismo, de sus impasses en el caso, de su dificultad de reconocer la estructura (muchos jóvenes practicantes, formados a partir del « ultimo Lacan » no tienen ya la idea que hay que hacer un diagnóstico estructural), de sus intervenciones en el eje del sentido o de la psicoterapia, las dificultades a abrir al paciente a un trabajo analítico, de sus dificultades en leer su posición en la transferencia, de sus dificultades a interpretar tal o cual punto sintomático del analizante.
No se trata aquí de la contratransferencia, o de una reedición de este término, ya que en él se determina la neurosis o la psicosis del analizante y la dirección de la cura, es decir el diagnóstico y la orientación a seguir, a partir de los sentimientos del analista. Lo que se llama hoy, directamente, en algunas corrientes de la IPA, directamente, la «empatía». Hacer de los sentimientos que el analizante despierta en el analista el vector único del diagnóstico y el tratamiento implica perder toda objetividad respecto del caso clínico mismo, rebatiéndolo sobre el sentir del analista. Por el contrario, decir que el analista escucha y construye el caso, lo escribe, a partir del punto en que se encuentra en su relación con el psicoanálisis, implica poner el foco en las impurezas eventuales, porque no analizadas, que pueden contaminar su escucha, su identificación de los síntomas del analizante, la interpretación y la construcción misma del caso a la que puede o no proceder.
El Deseo del analista es un deseo, impuro. Contaminado de las impurezas de su fantasma fundamental. Hubo analistas que analizaron directamente a partir de su mundo fantasmático: fue el caso claramente de Melanie Klein, por ejemplo, quien utilizo su propia fantasmática para hacerla pasar a la teoría y interpretar a partir de allí. Podríamos decir que, de algún modo, fue el caso de Freud también, de quien se puede leer su deseo no solamente a partir del análisis que nos propone de sus sueños en la Traumdeutung, sino también en sus casos clínicos. Su deseo de colocarse en el lugar del padre con la histérica con «la solución» que propone a Irma en su sueño, con la idea que imagina tener para Elizabeth Von R, quien, si aceptara que estaba enamorada de su cuñado, todo se arreglaría para ella, del mismo modo con Dora y el Sr. K. Su deseo de rescatar al Hombre de los lobos de su marasmo es visible también en este caso, «identificado a un Padre demasiado supremo» como lo afirma Lacan en su seminario consagrado a este caso en 1952, identificación al Padre que se percibe también el caso de la joven homosexual, donde directamente pasa al acto creyendo que Sidonie quiere engañarlo, como al padre, y la envía a una analista mujer.
Del mismo modo se puede obtener una percepción parcial el deseo de un analista a través de los puntos que hacen obstáculo en la dirección de las curas que conduce, de los impasses repetitivos en los que se puede encontrar, en los que se puede encontrar implicado cuando el análisis no se encuentra en sus coordenadas, cuando sus puntos sintomáticos o fantasmáticos obstaculizan la marcha del análisis. Esto se escucha en los controles y la transferencia que el analista puede tener con el analista de control permite o no poder señalar este punto límite del analista en sus curas. Es este un punto que justifica el «control del analista «más allá del «control del caso mismo», si podemos diferenciar estos dos ángulos, a menudo presentes en los controles.
Deseo de obtener la diferencia absoluta: ser sensible a la singularidad del caso clínico, a lo que más singulariza al sujeto que encontramos y a como transmitimos este encuentro en el control y en la escritura del caso para transmitirlo a la comunidad analitica. El consejo freudiano de «Recibir cada nuevo caso como si fuera el primero, como si ignorásemos todo de la teoría analítica», encuentra toda su aplicación aquí, así como permanecer sensibles a lo singular que emerge en la sesión.
Podríamos decir que en el encuentro con el analista de control se trata de hablar de un caso clínico y al mismo tiempo de hablar de psicoanálisis y de cómo el practicante se inscribe en él, él también, con sus límites, sus impasses, sus preguntas y sus respuestas en relación a sus arreglos con el goce. El pase es evidentemente un belvedère para poder tomar una visión de todo esto, de estos límites y de lo que se presenta como «puntos ciegos» del analista, de cómo estos se engarzan con ciertos casos clínicos con los que se encuentra y con las dificultades, precisamente, a poder hacer con ciertos obstáculos en el análisis.
Si puedo decir algo de mi experiencia, diría que el pase para mi fue mas allá de poder de golpe ver de repente « ver las cosas bajo otro relieve » como lo dice Lacan, evocando el relámpago de Heráclito, y tener una teoría del final del análisis, el pase me permitió sobre todo una enorme ganancia en los casos con los cuales trabajo, de poder dejar caer cierto estilo de aferramiento al Otro, de querer liberarlo por la palabra, de cierta voluntad terapéutica en este punto y a partir de allí, haber podido obtener una libertad de movimiento, una plasticidad que era imposible hasta este momento. He testimoniado de esto en la jornada sobre el pase en Paris en octubre del año pasado. Es más, ésta la ganancia que he obtenido del momento del pase, mas allá del procedimiento y de la nominación y los testimonios. Me parece esta obtención tan preciosa como aquella. En la medida en que el pase permite la escritura de los puntos de goce para el pasante, este será de aquí en más sensible a percibir en los otros, los analizantes, los nudos de goce para poder deshacerlos y poder teorizarlos en la construcción del caso. Del mismo modo que la localización del objeto plus de gozar en su propio caso, permitirá al analista poder proponerse como semblante de objeto a otros analizantes en la medida en que se encuentre separado de la relación que, en el fantasma fundamental, estructura su relación al objeto. Aqui se mide la importancia del pase, no solo como dispositivo para saber cómo lo decía bonitamente Lacan « porqué un sujeto luego de haber pasado por la experiencia querría ocupar el lugar del analista, mas allá del interés material de ganar dinero por ello ? », de saber qué es el deseo que anima a un sujeto para ello ?, sino más bien como dispositivo eficaz en la formación y la producción misma de analistas, ya que permite dar cuenta de las impurezas del deseo del analista y transmitir su reducción.
Fabian Fajnwaks
- Lacan, J. Seminario Les non du-pes errent le 19 mars 1974.
- Lacan, J. Le séminaire. Livre XVII. L’Envers de la psychanalyse. Texte établi par Jacques-Alain Miller. Seuil. Paris. 1991. P.91.