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Leer, escribir…, ¿qué hay de nuevo?

De la oralidad al libro, del cuentista al escritor (*)

Vale la pena empezar por el principio: la humanidad, durante milenios, encomendaba la tarea de escribir o leer a los profesionales: artesanos que una vez aprendido el oficio se dedicaban el resto de su vida a ser escribas: especialistas en todo tipo de grabados sobre distintos materiales. Los escribas dibujaban signos ininteligibles, incluso a veces para quienes los mandaban escribir. Los escribas escribían al dictado. Eran individuos “alfabetos” pero no necesariamente letrados, puesto que no siempre comprendían el alcance de su obra. En el pasado lejano quienes escribían no eran lectores autorizados y los autorizados no eran escribas.

Esta era una curiosa forma de estar en el mundo “de la cultura” que se comprenderá muy bien cuando pensemos en nuestros alfabetizados conciudadanos, muchos de ellos completamente iletrados, incapaces de leer con pertinencia. Según el último informe de la OCDE, en España hay 10 millones de personas alfabetizadas, incapaces de comprender lo que leen. En la fisura que se halla entre quienes dictan y quienes escriben se suele instalar el poder. Bueno, se instala, lo digo en presente puesto que así permanece. Los discursos del poder, especialmente el “informativo” de los medios de comunicación, dan muestra de ello.

Grecia y Roma, en occidente, produjeron gloria que se derrama hasta nuestros días y después el mundo conocido entró en un estado de “barbarie” y los procesos de alfabetización en los dominios de antiguo imperio desaparecieron y se volvieron extremadamente elitistas: algún príncipe y los monasterios. Así se entra en el Medievo en donde predomina la oralidad: el discurso lleno de silencios, de interrupciones, de imágenes que se cuelan o anécdotas que se intercalan, escansiones, repeticiones, modificaciones de la historia…, caricias para las palabras, la voz que resuena.

Este agradable ronroneo vino a ser interrumpido por la revolución Gutenberg.

Las palabras por primera vez se amarraron a un objeto manejable y hasta asequible. Página blanca ocupada por sucesión de signos en una determinada caja, mancha de palabras, líneas, márgenes, páginas que se cosían y se cubrían con bonitas portadas: los libros, libros que se pueden almacenar, controlar y contener. Lo fragmentario de la oralidad desaparece: un libro no puede ser más que íntegro. No vale un trozo: una historia a medias que en el pasado se completaba en la jornada siguiente con la aportación de algún caminante de paso, ya no sirve. Y cuando el discurso se pone en orden, se ordena el mundo produciendo categorías: Raza, género, religión, ideología… Las élites gobernantes se manifiestan justo en ese lugar de poder y esperan de sus sometidos, prudencia en el acceso a lectura o al saber en general. A cambio de la preservación de este bien, el objeto libro, todo lo que contiene, y el acceso al mismo, es controlado hasta la extenuación por los poderosos: desde las licencias para abrir imprentas, hasta el control del precio y calidad del papel. Se dio entonces la paradoja de que cuando se sistematizó el saber gracias a la difusión propiciada por la imprenta, desapareció la subjetividad que emergía en el relato oral. Pero antes de llegar a los postulados De Foucault que en “Vigilar y castigar” nos dice que el autor es una invención moderna, “condenado a desaparecer de la faz de la tierra como una escultura de arena bañada por el mar”, hubo un tiempo en suspenso.

Como digo imprenta y poder iniciaron de inmediato una alianza, en la que la imprenta resultó un agente secreto especialmente eficaz. Suerte que este agente es muchas veces también un agente doble.

Desde que Roland Barthes escribiera su famoso ensayo “La muerte del autor” y señalara el papel activo del lector, cada vez es más difícil establecer diferencias en el proceso de creación y distinguir entre literatura y cultura popular, entre escritor y lector, entre autor y crítico. Recuerdo a este respecto, que en el periodo isabelino, también en el teatro español, la parodia y la recreación del texto y de escenas, no estaban separadas del ámbito artístico. Sheakespeare lo hacía frecuentemente, recuperando narraciones orales antiguas. De ahí deben provenir la mayoría de las dudas que despiertan la autoría de sus obras.

Las escansiones en el discurso, o bien la deliberada ausencia de un narrador específico o cualificado, en el desarrollo de la “historia”, propiciaron un nuevo uso del lenguaje, que se expande cargado de simbolismo. Llevado a sus límites por las corrientes renovadoras, regresará en el siglo XX en los libros, en el teatro, en las artes en general. Luego hablaremos de quien me parece ha llegado más lejos en este esfuerzo en la escritura, Clarice Lispector.

LEER
Se lee desde que existe texto. Se traduce al habla inteligible lo escrito desde que comienzan a realizarse apuntes de series de mercancías, cantidades, origen, destino, precio. Se interpretan textos, se traducen, se hace acopio de materiales para la escritura y la lectura, pero leer no es contabilizar y llevar el orden. Es abstraerse: perseguir con los ojos, escenas y escenarios invisibles que sin embargo nos permiten estar muy cerca, más que de nosotros mismos, de aquellos cuya historia nos hacer perder a veces la conciencia. Si la lectura ha sido así realizada, y el texto lo merece, cuando recuperamos esa conciencia percibiremos su peso. Si cae en terreno fértil, actuará sobre las percepciones acerca de lo que nos rodea o está por descubrir. No causará indiferencia, aunque leer sea una evasión necesaria de la realidad. “El ser humano no soporta demasiada realidad”, decía Scott Fiztgerald.

Tenemos clasificados varios estadios de lectura: fonética, decodificación primaria, secundaria, terciaria, incluso, categorial y metasemántica. El que nos interesa se conoce ya en la Grecia clásica: la lectura silenciosa que hoy se llama metasemántica, también universitaria, que luego hubieron de seguir los pueblos helenizados y los romanos. Después los monjes copistas. Una lectura interior que permite al lector una inmersión que la enunciación fonética entorpecería, siendo que las distintas decodificaciones y distinción de categorías en el texto, ya estarían incorporadas al saber de ese sujeto lector.

No era fácil leer. Por la escasez de recursos y saberes, ni es fácil ahora, en la abundancia. En el 470, el prefecto de Roma Sidonio Apolinar escribió: “Ahora que ya no existen los niveles de dignidad que permitían diferenciar las clases sociales, de la más baja a la más alta, el único índice de nobleza será en adelante el conocimiento de las letras”. Y así fue durante cientos de años, más de un milenio. Pero veamos que tenemos aquí: después de tantísimo trabajo promoviendo la educación pública y la alfabetización universal, nos encontramos con que es justo de ese afán de donde, paradójicamente, surge el problema que no hemos sabido resolver. A partir de la revolución Ilustrada decidimos que leer y escribir no era una profesión como la de los escribas o copistas, sino una obligación. Es más, leer se constituyó como marca que convertía al individuo en un sujeto social y de derechos, un ciudadano. Y dejó de ser sólo una señal de sabiduría. Y además hemos descubierto, en palabras de la doctora por la universidad de Ginebra, Emilia Ferreiro, que “leer y escribir son construcciones sociales. Cada época y cada circunstancia histórica da nuevos sentidos a esos verbos”.

La humanidad comenzó el siglo XXI con unos mil millones de analfabetos en el mundo (mientras que en 1980 eran 800 millones). Y ha surgido el preocupante problema del “iletrismo”. El iletrismo es el nuevo nombre de una realidad muy simple que ya conocíamos por Freud: la educación es imposible y no hay garantías. Nada, ni la escolaridad universal, asegura la práctica cotidiana de la lectura, ni el gusto por leer, ni mucho menos el placer por ella. El libro se completa cuando encuentra un lector-intérprete (y se convierte en patrimonio cultural cuando encuentra una comunidad de lectores-intérpretes). Tuvimos el pasado día en nuestra reunión del Club de lectura de la Biblioteca de esta Escuela, un ejemplo vivificante de cómo un libro encuentra verdaderos lectores. “Desgracia” de Coetzee.

Por eso es tan singular la tarea de un editor: un libro hermoso en su factura que continuará para siempre incompleto si no encuentra a los otros.

ESCRIBIR. Una autora única.
Clarice habla atropelladamente y aunque no lo pretenda, con hermosura, habla a otro y escribe de la misma manera: se detiene, espera, nos pone una marca para que la sigamos, un guión, una repetición. Y sobre todo brilla en el silencio, un corte seco que aspira al grado cero de la escritura. El escritor se va evaporando y su palabra se aleja en el silencio, dejando a los lectores tan ávidos de su escritura, como expectantes y asombrados quedaban los oyentes de los relatos del pasado, que aún no habían sido capturados por la letra impresa.

En la obra de Lispector nos enfrentamos con un tipo de escritura que podría ser pensada como neutra, en “Agua Viva” lo llamará “It” que es otro pero sin lenguaje, una especie de sustancia primigenia como ocurre en “La pasión según GH”. Muchas veces defendió su posición de escritora sin Literatura. Al final de “La pasión según G.H.”, escribe: “me despersonalizo hasta el punto de no tener nombre”. De esta forma adopta la posición de un juglar cualquiera. Ella es una juglar cualquiera. En una crónica de “Revelación de un mundo”, (Ariadna Hidalgo Editores) Clarice escribió: “Avísenme si empiezo a convertirme en demasiado yo misma. Es mi tendencia. Pero soy también objetiva. Tanto que logro volver lo subjetivo de los hilos de la araña en palabras objetivas.” Según uno de los expertos en su obra, Benedito Nunes, en Clarice Lispector el lenguaje quiere llegar a “lo crudo, lo seco, -este adjetivo aparece también muchas veces en la obra de Teresa de Ávila, para enmarcar el terreno propicio para el encuentro divino- lo árido, lo inhóspito y lo inexpresivo.” Lo que ocurre es que las lagunas del discurso terminan siendo expresivas, porque el silencio mismo habla. Se captura “la cosa” en sí misma. Lispector, admitía: “A mí me corresponderá impedirme el dar nombre a la cosa. El nombre es una añadidura, e impide el contacto con la cosa.” Así ella subvierte la lógica del sentido para llegar a la propia fuente, antes incluso del lenguaje.

Lispector se propone y le complace, desbaratar la estructura y la organización clásica de sus obras. Sin embargo insistirá en que “La pasión…” -que comienza y termina con guiones –en algunas ediciones serán puntos suspensivos- y no es un diálogo, aunque podríamos entender que allí se alude a una “Voz”, es una novela. Aunque si la habéis leído, veréis como el género novela entra en crisis: las categorías narrativas también -tiempo, espacio, personajes, narrador, puntos de vista-. Como un cuentista medieval, ejecuta el intento de escapar de la lógica de la representación y producción de sentido pautados. Y no lo hace con los floridos recursos del juglar, sino con la economía de medios que es su característica. Lispector: “Sé que la novela se haría mucho más novela de concepción clásica si yo la volviera más atractiva… pero exactamente lo que no quiero es el marco”. Ese “neutro” –sus historias parecen suspendidas en el tiempo, en el espacio, hay párrafos inabarcables de los que sólo puedo decir que me perturban profundamente- es aquello que desbarata el paradigma, una escritura que desbarata el paradigma es una escritura que no puede ser encasillada. Por eso me gusta tanto y por eso para mí hubo un antes y un después de leer a Lispector.

Escritura y vida son dos conceptos que la escritora va trabajando como una tela de araña –un animalito que le es grato a Clarice, como las gallinas, y acaso las cucarachas. Este engranaje hace que sea tan difícil esclarecer qué es lo exterior en Clarice y qué lo interior. Como en los viejos cuentos no sabemos qué es verdad o qué es exageración o mentira. De ahí proviene esta avidez de sus adeptas por saber de una vida que fue bastante enigmática. Su escritura implica modificaciones que componen un nuevo sujeto y alcanza una mística particular. E insiste: “no hago literatura”. No, como dijo Deleuze “Escribir es un asunto… que desborda toda materia vivible o vivida”. Vivir y escribir, es lo mismo: ella desea “volver a un neutro posible donde hay un límite al que se llega con el lenguaje y en el cual, el lenguaje, para dar acceso a ese misterio, tiene que ser violentado”. A este respecto conviene la cita de Barthes: “la lengua del escritor es menos un fondo que un límite extremo; es el lugar geométrico de todo lo que no podría decir sin perder”. Nicolás Rosa, otro especialista en Lispector, -no si sabéis que en Brasil la citan hasta los taxistas- en el prologo a “Lo neutro” escribe: “El neutro no se define por la carencia, una de las formas de lo negativo en desmedro, sino por la impasibilidad de las nociones que provoca la desaparición de lo bueno y de lo malo.” Así, se subvierte el sentido común porque de lo que se trata es de llegar a lo inexpresivo: “cuando el Arte es bueno es porque tocó lo inexpresivo, el peor arte es el expresivo”. Y añadía que lo neutro “sólo puede ser dicho en las figuras del neutro”. Así en “La pasión” y en otras obras aparecerán espacios narrativos dónde emergerá lo neutro, lo primigenio. -No sé, recuerdo por ejemplo, el cuento “Perdonando a Dios”- donde la protagonista siente el pavor tras pisar una rata muerta; en otros será el silencio, lo incoloro… lo indefinible. En fin, respecto al silencio, que es lo que más me interesa, diré que en Lispector no se trata del silencio en sí, sino de la posibilidad de que este irrumpa. En la novela “La Pasión”, Clarice escribe: “Nunca, hasta entonces, se me había ocurrido pensar que un día me encontraría con este silencio. Con la desintegración del silencio.” Y también: “el silencio no se vuelve signo sino cuando se lo hace hablar, si se lo acompaña de una palabra explicativa que da su sentido”. O: …“Poseo mucho más en la medida en que no consigo designar… Lo indecible me será dado solamente a través del lenguaje.”

El silencio, pienso, solamente puede evocarse desde un borde y el trabajo de escribir consiste sobre todo en dar cuenta de ese silencio, imaginando cómo sonaría ese silencio; el de “La página en blanco”, (Karen Blixen-Isak Dinesen) por ejemplo. Aunque no podemos dejar de advertir la aporía a la que todo esto nos aboca.

Tengo la impresión de que quien escribe lo hace, no porque posea la palabra sino más bien, un silencio evocador, porque escribir, así es, “la manera de quien utiliza la palabra como un cebo, la palabra que pesca lo que no es palabra. Cuando esa no-palabra-la entrelínea- muerde el cebo, algo se ha escrito. Cuando se ha pescado la entrelínea, se puede con alivio tirar de la palabra. Pero ahí termina la analogía: la no-palabra, al morder el cebo, lo ha incorporado. Lo que salva entonces es escribir distraídamente.”

Supongo que en los últimos años de su vida, Lispector no lograba acceder a ese silencio. Lo deseaba porque éste la adentraba en lo neutro. Dirá en “Agua viva”: “Me basta lo impersonal vivo del it”. Sin embargo no dejó de escribir nunca, por más que sus últimos textos sean de una cruda brevedad, por eso imagino que la sostenía un deseo insatisfecho: desear el silencio y quizá, si no hubiese muerto con 57 años, su literatura finalmente habría callado, o no, quizá habría superado esa aporía.

Paradójicamente esa escritura que, desposeída de literatura, amenazaba con la despersonalización, la ha convertido en una escritora absolutamente subjetiva. Una sabia que con sus libros, nos abre el universo. Comparable a María Zambrano, Benjamin, Teresa de Ávila. Cuando la conoció en Río, Rosa Chacel dijo de ella: “no se trata de una mujer, es una pantera”.

Como en los cuentos medievales el componente fractal de los textos de Lispector, es decir, el desarrollo ilimitado dentro de unas directrices que le dan forma, hace que cada historia pueda estar compuesta de pequeños cuentos. Carecerán de la linealidad del viejo cuento decimonónico, pero quizá debido a ello instigarán al lector tanto como al oyente, con idéntica potencia, obligándolo al despliegue de su imaginación.

El afán de Lispector no es sólo un trabajo con el lenguaje. Como dice Herta Müller en su ensayo, “En la trampa”, es “una prueba de integridad de quienes escriben. Sin necesidad de afirmaciones dogmáticas, hacen patente una escala de valores morales que no abandonaron nunca…”

En una carta a sus hermanas desde Berna les dice: “Lo verdaderamente inmoral es desistir de una misma”.

¿Qué hay de nuevo?
Lo nuevo es la abundancia, lo nuevo es el exceso, lo nuevo no es más trivial ahora que hace un siglo, pero la diferencia es que hoy la frivolidad abarca el mundo entero.

“La saciedad es triste”. “Para tenerlo todo hay que soportar que todo nos falta” en palabras de la beguina Hadewijch d´Anvers –siglo XIV -A pesar de ciertas apariencias, movimientos más o menos conscientes del “menos es más”, estos son malos tiempos para el pensamiento ascético-místico. Vivimos en el desprestigio de lo poco. Una parte enorme del mundo vive en la precariedad más dramática, tan medieval como la de nuestra beguina, aunque no por elección o altura de miras. Pero occidente acopia tanto que posee el exceso en todas sus formas. Así que estamos muy lejos de las propuestas de contención. El mandato superyoico de nuestra época es “¡Goza!” y hazlo con rapidez. Y en el tema de la cultura, relacionada con el ocio, que es donde podemos ser capturados quienes disfrutamos con una determinada manera de consumo-, de forma apabullante. Es preciso estar a la defensiva: ¿Has visto la última película de…, has leído a tal, fuiste a ver a fulanito en la obra…, la exposición más visitada…, a mí verdaderamente me rebela. El Capitalismo ha introducido una nueva forma de estar en el mundo de la cultura que se caracteriza por la audacia de los productores culturales y la voracidad del consumo. La hiper información que nos abruma, no tiene otro objeto que obligarnos a rendir como una máquina; una máquina “autista” la llama el filósofo coreano alemán Byung-Chul Han. La atención profunda y reflexiva de la lectura es cosa del pasado. La saturación dispersa, elude los interrogantes y pretende amortiguar “el aburrimiento”. La psicoanalista Rosa López de Madrid en su texto: “Aquí no hay ningún por qué” que alude a Auschwitz y a “Si esto es un hombre” de Primo Levi, dice “…El nuevo sujeto se enfrenta a un mundo en el que a falta de creencias sólidas todo se torna efímero, inconstante o inconsistente. Semejante falta en ser, sin embargo, queda taponada mediante un exceso de objetos de goce promoviendo la ecuación subjetiva: dispersión del deseo con fijación de goce. Mientras tanto, el superyó campa a sus anchas con sus nuevos imperativos que nos exigen cumplir con dos órdenes contrarias: obtener el máximo rendimiento con el máximo disfrute.”

Lo cierto es que los nuevos soportes tecnológicos, a los que no soy nada reacia, modifican la manera de leer y escribir, en esta era post libris. Nuestro cerebro tuvo que acostumbrarse a recibir el saber, no mediante historias sino mediante textos, y después de cinco siglos de imprenta, recoge la información escrita de una determinada manera. La lectura en ebook es más lenta, y podríamos pensar que por ello más reflexiva, pero el esfuerzo que se ha de realizar es mayor. A causa de la luz de la pantalla, de los caracteres y tipografía. Al deslizarnos por la pantalla para continuar la lectura, también alteramos la capacidad de memorizar y regresar al texto con facilidad. Las marcas de lectura que nos devuelven a la página, ya no son par o impar, al modo espacial que estábamos acostumbrados. En cambio el aparato está lleno de posibilidades: señalar, copiar, intercambiar con otros usuarios, abrir debates sobre tal o cual párrafo…, sólo que no parece que estas funciones se usen de forma amplia. Por lo general se lee el libro electrónico en el transporte público, al tiempo que se contesta el correo, o se chatea.

Cito de Universo abierto: blog de la biblioteca de la Facultad de Traducción y Documentación de la Universidad de Salamanca que opina que hay “una propensión a resumir, a textos más cortos. La capacidad de atención no sólo se ha acortado porque los ebook consisten en un texto digital continuo, además también se está leyendo en dispositivos que se utilizan para otros propósitos. La economía del lenguaje en la red se ha extrapolado a otras manifestaciones culturales. De este modo la forma de escribir y los modelos de negocio ha reaccionado ante tal comportamiento, de modo que en líneas generales las obras de ficción se ha convertido en relatos más cortos. Esta buena receptividad de los libros electrónicos cortos en el mercado de la lectura ha llevado a que numerosas compañías” –atentos que se dice compañías y no editoriales- “opten por presentar una línea editorial e-singles. La publicación de historias cortas ha encontrado un hueco en el mercado, proporcionando diversos beneficios a los autores y lectores, que pueden haber contribuido a su éxito.”

¿Quiere esto decir que hay apetencia por lo breve? ¿O es una consecuencia de la fugacidad que el capitalismo impone para vendernos sus innumerables gadgets? Y si hay apetencia por lo breve, ¿quiere significar que deseamos atrapar lo esencial?

Puede. Pero más bien parece que haya surgido una nueva relación entre el escritor y el lector. La figura del editor está condenada a desaparecer en este modelo, por supuesto también la del distribuidor, la de los correctores de estilo y de pruebas, la de los libreros… “en el nuevo entorno digital la palabra clave es desintermediación, y actualmente más que nunca a través de fenómenos como la auto publicación autor y lector son los elementos imprescindibles en la cadena de valor del libro, otros… pueden estar o no estar, pero no son estrictamente necesarios.”

Cuando se popularizó la escritura, los cuentos orales tuvieron que hacer un esfuerzo para diferenciarse del texto escrito de la misma forma que la pintura hubo de encontrar su propio camino cuando apareció la fotografía. El lenguaje oral se cargó de alusiones simbólicas para aportar mayor valor. Y pronto hubieron de echar mano de las alegorías o dibujos explicativos. Lo nuevo es también el reconocimiento de la eficacia del cuento oral para resolver el discurso en imágenes del cine. Ambas formas de expresión deben encauzar los mismos problemas: el tiempo limitado, el sentido de ese tiempo, la imposibilidad del espectador para volver atrás y el hecho de contar para el otro inmediato. Ahora con las series hasta esa dificultad de la vuelta atrás se ha amortiguado De ahí probablemente su auge.

CARMEN BOTELLO. Valencia, octubre 2015.

(*) Trabajo presentado en la mesa redonda “Leer, escribir, ¿qué hay de nuevo?” el 15 de octubre de 2015 en ELP-Comunidad Valenciana. Espacio Hacia las XIV Jornadas de la ELP.