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PIPOL 7: VICTIMA! Bruselas, 4 y 5 de julio de 2015. 3er Congreso de la EuroFederación de Psicoanálisis

 

Sesión preparatoria HACIA PIPOL 7: “Lecturas y usos del cuerpo en el siglo XXI”,

08 04 2015, Sede de Valencia de la Comunidad Valenciana de la ELP

 

De la ventana indiscreta al espejo descarado: el declive de la vergüenza en la imagen contemporánea.

porShaila García Catalán

 

  1. La fotografía como lugar simbólico.

Desde que Kodak democratizó la fotografía —a finales del s.XIX y principios del s.XX— las familias aprendieron a relatar algo de su historia a través del álbum. Nos dice la ensayista SusanSontag que mediante las fotografías cada familia construye una crónica de sí misma, un conjunto de imágenes portátiles que atestigua la solidez de sus lazos. Del álbum escapa ese secreto, ese no dicho que anuda la familia (y del que nos habla Jacques Alain Miller), pero en él la fotografía sí busca un lugar simbólico, un ordenamiento de los cuerpos, los lugares y los tiempos. A través del álbum la familia también recuerda a sus muertos, hace cierto duelo. La fotografía es un modo de tratar lo real. Incluso sestá íntimamente ligada a la muerte. El acto fotográfico detiene un instante del curso de su duración, rescata un rostro de su desaparición. En una fotografía hay algo de presencia pero ella misma es signo de ausencia. Por ello, hacer una fotografía es un modo de apropiarse de algo. Llevar encima una fotografía de alguien implica llevarle consigo. Como un anillo de bodas, la fotografía supone un objeto simbólico. No siempre es así. Todos estos usos de la prácticas fotográficas como relaciones entre los cuerpos y las imágenes encuentran nuevas modalidades que caen del lado del imaginario. Aquí nos interesa escuchar qué están diciendo del malestar de nuestra cultura.

 

  1. ¡Grábalo todo!

Vivimos una época de la hipervisiblidad. Para la teoría de la conspiración —latente en nuestra cultura desde la segunda mitad del siglo XX con la Guerra Fría como contexto y con el asesinato de Kennedy como punto decisivo— enseñó que si de algo no hay imágenes se nos está ocultando algo. De este modo, para asegurar la visibilidad nuestra cultura actualiza la carcel panóptica de Bentham que sirvió a Michel Foucault para hablar de las sociedades de control. La ciencia moderna, desde su nacimiento con Descartes, no acepta vacíos ni engimas, de modo que allí donde los encuentra trata de traducirlos en imágenes. Un ejemplo de esto nos lo aportan las neuroimágenes de la neurociencia que dicen localizar en el cerebro el amor, la culpa e incluso al mismísimo Dios. Así pues, vivimos tiempos en los que todo se graba y se registra —pero no siempre se narra o se relata—. No sólo cualquier acontecimiento deportivo, religioso o político es grabado por cámaras ocultas, institucionales o de los medios de comunicación sino que son los mismos sujetos quienes los graban. Hace diez años en el instante en el que Zidane marcaba un gol los allí presentes miraban atentos la portería, ahoracuando marca Cristiano los presentes en el campo encuadran la portería, registran el gol en lugar de verlo y celebrarlo. El acto fotográfico está sustituyendo el acontecimiento. El encuadre hace de cuerpo, disculpa su presencia, la disimula o la hace prescindible. Así, la pantalla deviene el crisol a través del cual se vive la experiencia. El discurso del Papa, la llegada a una meta, la primera papilla de un bebé… se prefiere registrar el momento a vivirlo, registrarlo para detenerlo de la decadencia de la existencia, registrarlo por si no se recuerda, registrarlo para demostrar que eso ha pasado pero sobre todo registrarlo para mostrar que se ha estado ahí. ¿Qué malestar de la cultura nos revela esta práctica? Una posible respuesta: los efectos de la caída de lo simbólico. La fotografía puede ser un modo de darse un cuerpo. Fotografíar es una tentativa de inscripción simbólica. Un ejemplo nos lo da la fotografía de excursión o de viajes. Esta es un modo de evidenciar un “yo he estado ahí”, como señala el teórico y fotógrafo Joan Fontcuberta, de dar cuenta que un cuerpo se ha trasladado a un lugar. Nos dice SusanSontag que «los turistas retienen lugares en los que no pueden permanecer y a donde puede que nunca regresen». Así, la fotografía es un modo de tratar la angustia ante lo extranjero, lo extraño. Incluirse en la fotografía es un modo de darse un cuerpo, de integrarlo en el paisaje, de inscribirlo en él y así hacer ese espacio más familiar.

 

  1. El selfie, un intento de dar con el ser por la vía del semblante.

Toda esta trayectoria de las prácticas fotografícas hacia lo imaginario ha dado un paso más. No sólo se graba todo —se da consistencia a un Otro vigilante, panóptico que trata de insistir en que el Otro existe—, no sólo los sujetos graban todo —para vivir la experiencia desde la seguridad y unidad del encuadre — sino que el sujeto insiste en incluirse en esa representación (no sólo en las fotografías de viajes sino en las fotografías cotidianas). Dan cuenta de ello los selfies.

 

La literatura cognitivista de la autoyuda ha abonado las condiciones de posibilidad de éxito del selfie. Al hablar y tratar de dar consistencia a un yo, el sujeto contemporáeno ha llegado a creer (y esto comenzó con Descartes) que su yo es suyo. Miller, recordando a Lacan, nos dice que en nuestra época «no hay más significante amo que la propia vacuidad del sujeto, su propio culto de su propia autenticidad, su propia expansión, su autorreferencia». De este modo, el sujeto puede intentar creer que su yo es suyo, pero su subjetividad no encuentra pruebas de esta supuesta equivalencia. El embrollo del inconsciente nos dice esa frase que da nombre a un libro de Miquel Bassols: tu yo no es tuyo. Ante esta falta de correspondencia ¿qué hace el sujeto? Para afirmar y darse un cuerpo es posible que opte por el running pero para afirmar el yo como sentir de la identidad, puede que acuda al lugar donde prometen solucionarse los enigmas hoy: la imagen. El sujeto contemporáneo se busca en el selfie como gesto de autoafirmación.Se toma una imagen de su cuerpo porque en la imagen de su cuerpo cree que está su ser. El selfie continúa la tentativa de la fotografía por captar lo imposible: lo invisible, lo efímero del instante, lo inquietante de la vanitas. El selfie esun intento de encontrar el ser por la vía del semblante —en su dimensión más imaginaria, puro aspecto, sin alcanzar ni siquiera el orden la apariencia propio del semblante—. Pero Jacques Alain Miller nos recuerda que el semblante consiste en hacer creer que hay algo allí donde no hay. Así, «detrás del semblante no hay nada», no hay ser (ser y parecer se confunden), en todo caso, hay ex-sistencia, la dimensión de lo real para el ser hablante. La ex-sistenciaes vivida por el sujeto no como una pertenencia sino como algo éxtimo. El concepto lacaniano de “extimidad” que estudia y hace avanzar Miller se refiere a cómo lo íntimo se siente extranjero. En este contexto podemos pensar el selfiecomo una manifestación de la extimidad, y una reacción imaginaria a ella, una torpe contestación a la ex-sistencia. Y es que nuestra época nos enseña a negociar con la intimidad no desde la subjetivo sino desde la imagen, la visualidad —de hecho, el yo como armadura para el sujeto ya se gesta en el estadio del espejo—.

 

  1. Un nuevo voyeur que no quiere oscuridad.

 selfie

[Pie de foto] A la izquierda: fotograma de La ventana indiscreta (1954).A la derecha: Barack Obama sonríe para un selfie junto a HelleThorning-Schmidt y David Cameron en el homenaje de duelo a Nelson Mandela en Sudáfrica (2013). Este viraje de miradas (unas hacia el fuera de campo, otras sobre sí mismas) revela la caída del Nombre del Padre.

 

Hasta aquí hemos recorrido cambios en las relaciones fantasmáticas entre los sujetos y sus actos fotográficos. Pero para interrogarnos por el éxito del selfie también es fundamental otro viraje, un cambio en la posición del voyeur que ya se destila en el título de esta intervención: De la ventana indiscreta al espejo descarado. El voyeur clásico es el que retrata Alfred Hitchcock en La ventana indiscreta de 1954, aquel que goza con su mirada desde la oscuridad reservando su cuerpo. Este es el espectador cinematográfico, el espectador televisivo, el vecino curioso. Pero esta posición está dando paso a un nuevo voyeur:  el interesado en mostrar su cuerpo gozando. Así, de una mirada voyeur que quiere ver sin ser vista y descubierta estamos transitando a una mirada voyeur que quiere ver y, además, ser vista y pide entrar en el espacio de la representación. Por ello, internet 2.0, y las redes sociales están siendo tan celebrados por nuestra cultura. Así la ventana abierta al mundo —como defenía Alberti el encuadre en perspectiva en el Renacimiento— deviene un espejo descarado. Especialmente en el selfie, cuando los cuerpos quieren entrar en la imagen, los sujetos no buscan tanto una dialéctica de reconocimiento por el otro —aquella explora en la dialéctica del amo y del esclavo de Hegel—, no pretenden tanto ser vistos por los otros como verse, encontrarse. Dicho de otro modo, de la ventana indiscreta ahora emerge un espejo descarado al que el sujeto pide que le diga que su yo es suyo. Este, como decíamos, es el ideal que la época impone.

 

  1. El declive de la vergüenza.

Al voyeur clasico le daba vergüenza ser visto mirando, que se descubriera su goce y ello alejara el objeto donde prende su mirada. La vergüenza se relaciona con el goce porque toca lo más íntimo del sujeto.El vergonzoso destila un temor a que algo se descubra de lo más secreto de su ser. Pero la vergüenza no es un goce sino, como apunta Miller, se trata de un afecto que hace de barrera al goce. La vergüenza, que guarda relación con el Otro primordial anterior al que juzga, es una fórmula de la represión, por ello civiliza, huye de lo grotesco, reclama el velo y recomienda el pudor. El vergonzoso, pues, reconoce sentirse, ante la mirada del Otro, no juzgado —el Otro primordial aún no deviene el Otro que juzga—sino desnudo, descifrado, leído.

Frente a ese voyeur vergonzoso, el descaro del nuevo voyeur se propone como una invitación infantil a desnudar el goce, a exhibir su condición y hacer de él puro espectáculo. Pues, como espetó Lacan en el Seminario XVII: «ya no hay vergüenza».Miller leyó la sentencia de Lacan como un modo de decir que estamos en «la época del eclipse de la mirada del Otro como portadora de vergüenza». Y es que en la época en la que el Otro no existe, el Otro, mientras empuja a la lógica despiadada del goce, ha retirado la mirada que castra, la que reclama el pudor, la distancia entre los cuerpos. 

 

NOTA: En esta versión del texto se han incorporado algunos de los comentarios, anotaciones o precisiones de los asistentes a la sesión preparatoria Hacia PIPOL 7 “Lecturas y usos del cuerpo en el siglo XXI”. A ellos se los agradezco (y, en especial, a Margarita Bolinches y a  Patricia Tassara).