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¿Existe el docente en la Escuela? ¿Cómo pensar al enseñante allí? Son las preguntas que me he formulado para abordar este escrito.

La Escuela no otorga ningún título de docente ni de enseñante, sólo otorga los títulos de AE y AME. Es en la IPA donde existe el título de AE – analista enseñante- que pasará a formar parte de una lista, la de los didactas. E. Laurent lo dice así: “Debe señalarse, sin embargo, que sigue existiendo una lista en la EPF, la de los analistas docentes, no por azar, sin duda, sus iniciales son AE (analistas enseñantes)” (1). Contrariamente a la asociación internacional, Lacan nunca impulsó la figura del analista enseñante. Sin embargo, es justamente por esa ausencia, que a lo largo de nuestra formación, cada uno lleva la marca de aquellos momentos en los que una transmisión encarnada, es decir viva, dejó la huella de un valor de enseñanza, generando un acceso al saber de los textos, es decir, una transferencia de trabajo que tiene su lugar en la Escuela.

El título de docente, sólo pertenece al Instituto del Campo Freudiano, cuestión decidida por una Comisión de Docencia constituida por seis psicoanalistas de la AMP, cuyo Director Científico es J.A. Miller. Para ello, no tenemos más que remitirnos a su reglamento (2).

El psicoanalista, no tiene vocación de enseñar” indica E Laurent (3). Considero que esta frase, apunta rápidamente a no homologar en la Escuela al psicoanalista con una identificación, la del enseñante. La formación del analista no gira alrededor de la enseñanza, sino de lo que falla, de lo imposible de enseñar. Real que también toca al amo y al psicoanálisis. Ésa es la orientación fundamental que en cada comunidad fue trabajada en el último Seminario de la Escuela.

J.A. Miller señala que Lacan pagaba sus pecados con la enseñanza, y que quizá, el seminario que año tras año dictaba, era porque quería ser perdonado por ejercer el psicoanálisis. ¿Cuál era ese pecado? nada menos que el de intentar, con una enseñanza sin estándares ni métodos, con embrollos y desembrollos, luchar con un objeto, pretendiendo dominar un real que no se deja dominar. En ese camino de enseñanza, Lacan “no se avergüenza de mostrar la resistencia de un saber y cierto fracaso de dominio de un real” (4).

A partir de la lectura del texto Alocución sobre la enseñanza, Lacan sitúa la ausencia de relación entre enseñante y enseñado, e incluso entre enseñanza y saber. “Que algo sea para ustedes, porque así se lo expresa: una enseñanza, no significa que ella les haya enseñado nada, que de ella resulte un saber”, “no va de suyo que la enseñanza sea transmisión de un saber, en un ida y vuelta entre enseñante y enseñado”. Incluso, advierte al analista de un peligro: “La enseñanza podría estar hecha para hacerle barrera al saber” (5).

Considero entonces, que Lacan ubica al enseñante como un ‘efecto’. Lo dirá de este modo:“Enseñantes, pues, fueron ustedes para mí”. “No puedo ser enseñado más que en la medida de mi saber y enseñante, desde hace muchísimo tiempo cada uno sabe que es para instruirme”.

Por lo tanto, al enseñante, no hay que buscarlo en su oficio en cuanto al saber, ni en una vocación, ni en una identificación a dicha función, sino en tanto efecto de otra cosa. ¿Cuál? La de su propio (a) que podemos ubicar en el lugar del agente en el discurso analítico.

Es interesante cómo Lacan ubica al enseñante en el lugar del Sujeto barrado. Hace un recorrido del lugar del enseñante en cada uno de los discursos. En el discurso del Amo, el enseñante es el legislador que promete un saber con el que se podrá alcanzar lo absoluto, repitiendo significaciones ya hechas, sin querer saber nada, sino sólo que la cosa marche (6). En el discurso Universitario, hoy día de la mano de las neurociencias, el enseñante es lo producido, pretenden desde allí, garantizar la unidad de la psique. Creen de esa forma, aliviar su angustia ante la existencia de un real. En el discurso Histérico, el enseñante, cual Sócrates, está en el lugar del agente y hace enigma. En cambio, si podemos dar un cuarto de vuelta más al puro enigma histérico, en el discurso analítico, el enseñante es efecto de (a), al menos de lo que hasta ese momento haya consentido de (a) en su recorrido analítico. Consentir ser efecto de lo imposible de dominar por un saber, es una elección.

El enseñante entonces, no es más que un efecto, para él mismo, a partir de unos otros. Efecto de una transmisión con estilo propio, que pasa a la Escuela. Efecto, que puede darse en una ponencia, en un escrito, en un comentario, sin la necesidad de la ‘declaración’ de un espacio de enseñanza que imaginariamente lo instituiría. Se trata de una posición, la de analizante, que se ofrece cada vez, a ser enseñada por lo imposible de enseñar pero sí posible de transmitir.

Ser efecto de una enseñanza, es una elección. La elección de analizarse hasta las últimas consecuencias. La elección necesaria de una Escuela para alojar y hacer-ahí con el sinthome. La elección de sostenerse en el discurso analítico orientado por lo real con la forma particular de cada uno. La elección de resguardarse de cualquier intento de hacer de la enseñanza una identificación. En este sentido, podemos plantear que lo que un AE – esta vez, Analista de la Escuela- enseña con su testimonio, es la imposibilidad de recubrir totalmente lo real por medio de una elucubración de saber.

 

Notas:

  1. Laurent E., Su control y el nuestro. Revista Freudiana Nº 30. Pag 20.
  2. http://www.redicf.net/textos/ComiDocen.pdf
  3. Laurent E., Del Edipo a la sexuación. ICBA. Lo imposible de enseñar. Buenos Aires. Paidós. Año 2001. Pag 267.
  4. Miller J.A., Del Edipo a la sexuación. ICBA. El ruiseñor de Lacan. Buenos Aires. Paidós, 2001. Pag 248-249
  5. Lacan J., Otros Escritos, Alocución sobre la enseñanza, Buenos Aires, Paidós, Año 2012, Pag. 318
  6. Lacan J, El reverso del psicoanálisis Seminario 17. Buenos Aires. Paidós, Año 1992. Pag. 22.