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LA CRISIS DE LA JUVENTUD EN LA CRISIS

  Con la crisis nos acostamos y con ella nos levantamos. En estos cinco últimos años es una de las palabras más frecuentes en tertulias y conversaciones de cafés. Se sitúa la crisis financiera en el origen de todo el malestar social actual. Oímos a los políticos echar mano de la crisis para justificar, no solo lo que hacen, si no lo  que no hacen. La crisis se ha convertido en el significante amo por excelencia. Sin embargo la crisis no es otra cosa que la falta de soluciones. Según Hannah Arendt, filósofa política del siglo XX, es la pérdida de coordenadas pasadas más la ausencia de coordenadas futuras. Es decir, un momento en el que lo que tenías ya no te sirve y no encuentras nada nuevo para  sustituirlo.

  La crisis nos ha traído asociada otra palabra muy conocida: re-corte. Podríamos entender la crisis como un corte, una brecha (1), que nos sitúa entre lo que antes nos servía y lo nuevo, las nuevas coordenadas simbólicas que aún no tenemos.

Crisis es un significante que va implícito al sujeto  Para el psicoanálisis y según nos dice Jaques Alain Miller (2) hay crisis cuando el discurso, las palabras, las cifras, los ritos, la rutina, todo el aparato simbólico se demuestra súbitamente impotente para temperar un real que se hace a su antojo” Miller explica muy bien el sentido de ese real como lo natural, como aquello que ocurre de forma descontrolada en el cuerpo, al comparar  la crisis con un huracán. Dice “ La crisis es  lo real desencadenado”

  Es la juventud, entendiendo juventud como la etapa de tiempo que va de la infancia a la madurez, la que más relación puede tener con esta palabra, por ser un periodo en el que la crisis surge como necesaria.  Este tránsito de la niñez a la edad adulta supone que la estructura simbólica que le servía para entender su realidad deja de servirle al sujeto a la hora de enfrentarse a lo nuevo que surge en su cuerpo, a ese real que surge con la pubertad, y que precisa de nuevos significantes para que todo vuelva a su sitio.¿ Pero, de donde tomar esos nuevos significantes .?

En el siglo en el que vivimos tenemos una juventud cuya crisis se manifiesta de forma mucho más rotunda que en épocas pasadas. Nuestra juventud está definida como violenta, dependiente, sin límites y sin respeto. Se producen numerosos actos que bordean la legalidad y muchos la sobrepasan, apareciendo “la delincuencia juvenil” como un significante que demasiadas personas asocian a juventud.

 Son muchos los autores que nos han hablado de esta crisis y todo lo que en ella se produce. Miller en su texto “En dirección a la adolescencia”(3) cita, entre otros, la prolongación de la adolescencia como un fenómeno a tener en cuenta en la evolución de la crisis adolescente. Este fenómeno, ya nombrado a primeros de siglo XX, parece encontrarse ahora en su máximo auge. El alargamiento de la dependencia paterna, la sobreprotección, el empeño por facilitar un estado de bienestar sin grietas, impide al joven tomar decisiones por sí mismo e iniciar una vida independiente evitando de esta manera la asunción de riesgos propios. Paralelamente a esto, y de forma contradictoria, se produce lo que Miller llama “intromisión del adulto en la vida del niño, fenómeno que vemos muy frecuentemente en televisión, en programas donde los niños representan con sus vestimentas, maquillajes y actuaciones  adultos, imitándoles perfectamente. Son niños que actúan como adultos sin saber cómo hacerlo. Pero el problema está que la mayoría de las veces este saber ya no viene de los padres o los profesores. Ese saber, como dice Miller, está siempre al alcance de la mano gracias a las nuevas tecnologías. “Tienen el saber en el bolsillo  y no necesitan tomarlo del campo del Otro” Esto implica una ruptura con ese Otro, y por lo tanto un quedarse fuera de lo simbólico. Esta ruptura con el Otro, tiene como consecuencia la imposibilidad de encontrar significantes válidos que le  representen, dando lugar a comportamientos, pasajes al acto que  Miller nombra como  Nuevos Síntomas articulados al lazo social: robos, violencia, aislamiento, fugas, bulimia-anorexias, descontrol de la actividad sexual….

Yo trabajo en protección de menores y una de mis funciones desde el año 2010 es valorar a  jóvenes en crisis para determinar si sus problemas reúnen los requisitos necesarios para ser acogidos en  centros terapéuticos. Gracias a esta función he podido encontrarme con estos jóvenes y con sus familias. La pregunta que aquí surge para poder hablar del tema que nos trae “los efectos de la crisis en la juventud” es si los síntomas que estos jóvenes presentan son solo resultado del entramado social consecuente a una sociedad capitalista en la que reina la inconsistencia del Otro y tenemos como significantes amos “corre, consume, se feliz” entre muchos otros,  o la Crisis Financiera tan presente tiene algo que ver en la construcción de los nuevos síntomas juveniles.

La población con la que se trabaja en la Sección de Menores ha sido siempre familias desestructuradas, en su mayoría familias en exclusión desde hace varias generaciones y con menores en situación de riesgo o desamparo. Siempre ha habido  niños y jóvenes con problemas, pero estos podían abordarse en los centros de menores con apoyo psicológico. En los años anteriores a la crisis las redes sociales existentes, conseguían de alguna manera contener la exclusión y los pasajes al acto de los jóvenes, siempre con sus fisuras. Sin embargo, a finales de la primera década del siglo XXI, comienzan a aparecer casos de jóvenes, púberes y prepúberes, con graves problemas de comportamiento, con absentismo porque las expulsiones constantes del colegio les hacen buscar cobijo fuera de su entorno habitual, con comportamientos violentos en las casas, cuando la autoridad paterna trataba de aparecer.

 Por otra parte, se empezó a observar un cambio en el tipo de familias. Cada vez eran más las familias llamadas “normalizadas”, que nunca habían sido objeto de seguimiento por servicios sociales, que pedían ayuda para sus hijos.  Al conocer a estas familias me encuentro parejas rotas, desautorización del padre, padres inexistentes, madres desbordadas y muy carentes, aparentemente completas pero incapaces de dar nada, padres con convencimiento de fracaso, de no tener nada que ofrecer. 

El vertiginoso aumento de demandas de guarda por crisis de violencia y la gravedad de los casos, dan lugar a que en el año 2010 se creen la primeras 20 plazas del centro terapéutico de Valencia. Estas primeras plazas pronto se ampliaron, siendo necesario a los tres años solicitar la creación de otro centro de las mismas características. Aparecen nuevas tipologías de centro de protección: funcionales, específicos y de asistencia especializada o  centros terapéuticos.

El recrudecimiento de la violencia da lugar al endurecimiento de la ley del menor. Se crean más centros de medidas judiciales, algunos de ellos terapéuticos,  surgiendo lo que Miller llama “El Otro Tiránico”. El último ejemplo de este Otro tiránico es la recientemente aparecida Ley del Menor, en la que, fundamentalmente se habla de los deberes de los jóvenes, relegando los derechos a los límites mínimos para impedir el abuso total de la ley.

De todo lo dicho hasta ahora quiero rescatar tres hechos que podrían tomarse como consecuencia directa de la crisis actual: El aumento de los síntomas de la juventud, tanto cuantitativa como cualitativamente; la aparición de familias normalizadas demandantes de guarda para sus hijos, la aparición y aumento de plazas de centros terapéuticos en los últimos cinco años.

Mi hipótesis de trabajo se centra en la idea de que la crisis financiera ha dado lugar a cuatro rupturas fundamentales que están detrás de esta sintomatología social. 

  1. Crisis en el entorno familiar
  2. Crisis en los recursos públicos
  3. Crisis sociales y laborales
  4. Crisis originada por la ciencia

 

CRISIS EN EL ENTORNO FAMILIAR

Jaques Alain Miller nos dice con respecto a la crisis financiera: El significante monetario es un semblante, que reposa en convenciones sociales. El universo financiero es una arquitectura de ficciones cuya clave de arco es lo que Lacan llamaba un «sujeto supuesto saber», saber por qué y cómo. Todo este conjunto ficticio e hiperreflexivo se sostiene en «la confianza», es decir en la transferencia al sujeto supuesto saber. Si éste se hunde, hay crisis, derrumbamiento de los fundamentos, lo que provoca lógicamente efectos de pánico

Miller cita como semblante a todo aquello que el ser humano ha ido construyendo y que constituyen nuestra sociedad de consumo: club náuticos, dinero, moda, grandes casa.  Los semblantes, según Lacan, son construcciones que realiza el sujeto para velar la nada, eso que no tenemos. Pero, al mismo tiempo el semblante aparece definido como un instrumento para tratar el goce. En realidad los semblantes son producto de la sublimación de lo primitivo del ser. La civilización se sostiene por semblantes.

  La caída de semblantes originadas por el paro, la pérdida de poder adquisitivo,  hace surgir el padre en falta, el padre castrado, el padre que no puede o no tiene.  A consecuencia de esto en muchos hogares surge el descontrol, la  exigencia desmedida, propia de la época de  la tecnología, y, cómo no,  la descalificación unida a la falta de respeto. He podido comprobar que esto se produce con mucha más facilidad en familias cuyo funcionamiento era muy rudimentario y la presencia más o menos estabilizadora de una de las figuras parentales, normalmente el padre, era la que permitía que las personas, que formaban parte de esas , funcionaran más o menos.

He mencionado la palabra respeto porque es algo importante y porque, generalmente, no lo solemos encontrar entre las personas que pertenecen a estas familias en crisis. En psicoanálisis se considera el respeto como la barrera que separa de la castración, de la falta.   La falta de respeto al padre supone franquear el velo que cubre la castración paterna. Es mi hipótesis, que la aparición del padre castrado puede dar lugar a una ruptura de todo el entorno simbólico familiar y a una caída de identificaciones que precipita al joven a buscar otras, guiado por los significantes amos que le rigen “actúa, corre, consigue, ya, ahora” rompiéndose los pocos lazos que mantenían una convivencia, y produciéndose las fugas, pero también el desbordamiento del goce dando lugar a las conductas ilegales o a la búsqueda desorganizada del goce en el cuerpo del otro.

 

CRISIS EN LOS RECURSOS PUBLICOS

 Es posible que los recortes realizados en todas las administraciones públicas de este país, sobre todo en estos últimos cuatro años, hayan influido en el agravamiento de la sintomatología de la juventud y en el deterioro de las familias.

La reducción de presupuestos ha acabado con la subvención de programas de tratamiento, desaparición de servicios en ayuntamientos que se ocupaban directamente del trabajo con familias en riesgo, pérdida de personal sanitario para poder atender a los menores que presentaban graves problemas de comportamiento, total desaparición del personal de apoyo en las aulas, donde en años atrás se intentaba realizar labores de integración.

Los jóvenes que presentan una sintomatología de exclusión ya instaurada en diferentes grados requieren de recursos adaptados a su particularidad donde puedan encontrar un entorno simbólico apaciguador de su goce. En época de más bonanza económica disponíamos de algún recurso, como talleres con educadores experimentados en el trabajo con la juventud, centros de día para jóvenes, en los que poco a poco se les ayudaba a encontrar otras salidas y otros significantes. Igualmente se subvencionaban programas de tratamiento psicológico. Gracias a estos programas el psicoanálisis pudo intervenir haciendo una gran labor con muchos jóvenes. En la actualidad nada de esto existe y es sorprendente cómo se observa que muchos de esos casos que ahora nos vienen no tendrían que ingresar en centros si hubiera unos recursos adecuados en su entorno cercano, junto a programas de tratamiento  que ayudaran a resolver las crisis provocadas en este último decenio.

  

CRISIS SOCIALES Y LABORALES

 El empobrecimiento de la sociedad actual viene emparejado con la caída de semblantes. La salida del estatus social al que se pertenecía, la perdida de la casa, la reducción del poder adquisitivo deja al descubierto la falta del sujeto, dando lugar a nuevas formas de completar esa falta, la cuestión está en qué formas aparecen y si estas se mueven más del lado del goce que del deseo.

 La falta de oportunidades para los jóvenes, la dificultad de encontrar trabajo o de que este sea un trabajo digno (recientemente se ha presentado un estudio a este respecto en TV) les amarran aún más a las casas de los padres, dependiendo de ellos. La consecuencia es  la prolongación de la adolescencia debido a este alargamiento de la dependencia.

Los adolescentes, los jóvenes caracterizados por su actividad constante, continua búsqueda del objeto, convierten su movimiento en actividades continuas, pero no hay actos, actos que impliquen asunción de responsabilidad y por lo tanto hacerse cargo de su vida.

Todo esto puede implicar la prolongación y agudizamiento de la crisis juvenil y por lo tanto el surgimiento de síntomas que les lleve a la exclusión.

 

CRISIS ORIGINADA POR LA CIENCIA

 Eric Laurent señala (5): “El impasse del proyecto DSM conduce a la evacuación de los tipos clínicos en provecho de quimeras que se alejan en el Empíreo de los cálculos.” Pone como consecuencia de este impasse “el abandono”. El abandono de los pacientes a la calle, a la prisión, a la medicación excesiva de una población cada vez más numerosa.

He traído aquí este comentario de Laurent porque pone palabras a lo que yo me estaba encontrando en estos últimos años y cada vez con más frecuencia. Llegan al menor, jóvenes con una sintomatología muy desarrollada. La gravedad de sus síntomas viene acompañada por un entorno familiar totalmente desorganizado, sin límites. En muchos casos, padres desaparecidos y madres con acting aut que solo hacen agravar la relación con sus hijos. Nos encontramos con que estos jóvenes estaban siendo tratados por psiquiatría desde edades muy tempranas y estaban clasificados dentro de grupos comportamentales  que mantienen a pesar del poco resultado de sus tratamientos.

Desde mi punto de vista, ese exceso de clasificación, encerrando a los jóvenes en grupos ficticios da lugar: Por una parte a la anulación del sujeto, con todo lo que ello conlleva (taponamiento del deseo y desbordamiento del goce) y por otra a un asentamiento del propio sujeto en ese significante clasificatorio que le amarra a la cadena de acting aut impidiéndole asumir su responsabilidad sobre ello.

 

A manera de conclusión planteo que la tres primeras crisis, a saber la crisis familiar, social-laboral y crisis institucional podrían estar operando sobre el joven a modo de tres vasos comunicantes, dificultando el transcurrir de su propia crisis adolescente; mientras la crisis originada por la ciencia, planteada como algo consecuente, no a una crisis financiera, si no a los efectos del discurso del capitalismo y de la ciencia, opera de forma trasversal sobre todas ellas.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

1.-Momentos de Crisis. Gil Caroz. Jornadas ELP junio de 2015.

2.- La Crisis de la Cultura.  Hannah Arendt .Barcelona: peninsula. 1996. 

3- La Crisis financiera. Jaques Alain Miller. Blog ELP. Paris.

4- En dirección a la adolescencia. Jaques Alain Miller.

5- La adolescencia prolongada: Ayer, hoy y mañana. Philip La Sagna. Adolescencias por venir. De Fernando Martín Aduriz.

6- La Crisis post-DSM y el psicoanálisis. Eric Laurent.

 

Inmaculada Martín Hernández.

CRISIS: ¿QUÉ DICEN LOS PSICOANALISTAS?

ADOLESCENCIAS: CRISIS DE LA INVENCIÓN.