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 Reseña de la sesión preparatoria HACIA PIPOL VII: VÍCTIMA!

Celebrada el 9 de abril de 2015 en la Sede de Valencia, Comunidad Valenciana

«Lecturas y usos del cuerpo en el siglo XXI» es el título que sirvió de marco a la presentación de los trabajos de Shaila García y Xavier Giner. La presentación y moderación de la mesa corrió a cargo de Patricia Tassara.

Shaila García articuló su trabajo –«De la ventana indiscreta al espejo descarado: el declive de la vergüenza en la imagen contemporánea»–, en torno a cinco ejes en los que hizo un recorrido de las prácticas fotográficas en la cultura desde su inscripción en lo simbólico hasta su viraje hacia el orden imaginario, cruzada que no es sin una inflación del «yo» y un declive de la vergüenza.

A partir de la consideración de SusanSontag acerca de que la fotografía permite a la familia construir una crónica de sí misma y consolidar sus lazos, la autora afirma que la fotografía supone un objeto simbólico, aunque no siempre es así, puesto que la relación entre los cuerpos y las imágenes que entraña encuentran hoy en día nuevas modalidades que la desvían del orden simbólico y la acercan al imaginario. Esa afirmación establece un puente con la hipervisibilidad que impera en nuestra sociedad. Como si de una reactualización del panóptico de Benthan se tratara, el registro del acontecimiento está por encima de la vivencia experiencial. Registrar constata que «se estuvo ahí», de modo que incluirse en una fotografía es un modo de darse un cuerpo. Pero ¿qué malestar en la cultura revela esta práctica? Quizá la caída de lo simbólico. En ese punto, la autora avanza en su exposición y recurre al fenómeno de los selfies para ilustrar cómo, al incluirse a sí mismo en la representación, el sujeto se da un cuerpo; intenta darse un ser por la vía del semblante. Pero Miller nos recuerda que detrás del semblante no hay nada; no hay ser, hay ex-sistencia.

Para iluminar más enteramente el fenómeno del selfie, Shaila García alude a un cambio en la posición del voyeur. El voyeur clásico, por así decirlo, al que alude el título de su trabajo, goza de su mirada, pero reserva su cuerpo, por el contrario, el voyeur posmoderno está interesado en mostrar su cuerpo gozando. Dicho de otro modo, en el ideal de nuestra época, de la ventana indiscreta emerge un espejo descarado que apunta a un declive de la vergüenza. Si hoy hay un declive de la vergüenza puede que se deba a que lo íntimo se siente extranjero. El selfie es una manifestación de la extimidad.  

Terminada la lectura del texto, la sala tomó la palabra. ¿Somos víctimas de la imagen en tanto que se tapona la subjetividad con ella? ¿Cabe pensar el significante víctima como un nombre propio, una manera de nombrarse? Las víctimas piden visualización en los medios, pero se presentan con un discurso vacío; es pura mostración del victimismo, como si se tratase de dar pruebas de la existencia mediante el goce. No hay pregunta, no hay sujeto. En conclusión, deconstruyendo la máxima cartesiana: “Gozo luego existo”.

En esa misma línea, los selfies son instantes desprovistos de palabras; la imagen viene a ocupar el estatuto de un despojo sin historia. La imagen no tapa lo que siempre insiste y se revela bajo la forma de la angustia; la transitoriedad de la imagen no sirve para darse un ser, de ahí la angustia y el vacío, del que no puede dar cuenta la imagen. Bajo todo esto, subyace una extraña lógica: nunca se ha abusado tanto de la imagen y nunca se ha exigido tanto respeto en relación a la preservación de la imagen (derechos de imagen).

El curso de la conversación llevó a dos lugares diferentes, en primer lugar a matizar el concepto de la función del semblante distinguiéndolo de la pura apariencia: «hay que revalorizar la función del semblante». En segundo y último lugar, se retomó el tema de la vergüenza. Miller, en «Notas sobre la vergüenza» (Freudiana 39) afirma que esta sirve de barrera al goce, civilizando al sujeto». Frente al goce infantil de exhibirse, la vergüenza es un buen modo de represión, y el paraíso infantil en el que los sujetos muestran su goce desnudo parece generalizarse en el mundo adulto ante el declive del Nombre-del-Padre. «Hoy hay una mirada castrada de su poder de avergonzar».

La sesión continuó con el trabajo de Xavier Giner que tomó como punto de partida el fundamentalismo religioso contemporáneo, continuó con una reflexión acerca de la mirada y el cuerpo en el islam y concluyó con unas consideraciones en torno al cuerpo en la enseñanza de Lacan.

Una primera observación: el fundamentalismo está marcado por la exhibición, también en lo social, a través de la exaltación de la imagen. La pregunta es cómo entender este uso casi obsceno en una religión iconoclasta. El fundamentalismo usa el cuerpo como un elemento central de su práctica discursivo-política en su doble vertiente de exhibición/ocultación, ocultación/exhibición. Cuando se aborda el tema del cuerpo velado de la mujer para el islam se hace desde una doble posición: como signo de sumisión a un orden patriarcal o como la necesidad de proteger a la mujer de la obscenidad masculina. En el fondo, lo que ahí está en juego es el imposible ordenamiento de la relación entre los sexos. El velo protege a la mujer de la mirada obscena del varón (víctima) y del juicio moral de la comunidad. Pero, además, también la protege de sí misma (culpable), del sentimiento de extrañeza que la atraviesa y amenaza. El estatuto para la mujer en el islam cambia una vez advenida la menopausia, se convierte en «la mujer que vigila a otras mujeres». Sabemos que el imperativo superyoico de renuncia tiene también su reverso: un feroz llamado goce, ejemplificado muy bien por el fundamentalismo religioso. Si bien lo sagrado no es real, el goce que allí se condensa sí lo es.

En la ultimísima enseñanza de Lacan el cuerpo es la única consistencia del hablanteser. Xavier Giner recurrió al texto de presentación de Miller del próximo congreso de la AMP para hacer una incursión en el registro del cuerpo como cuerpo hablante. El sinthome de un hablanteser es un acontecimiento del cuerpo, una emergencia de goce.

Por otro lado, la relación entre sinthome y hablanteser conduce a abordar el concepto de escabel, definido como aquello sobre lo que se alza el hablanteser para «ponerse guapo» en su pedestal, es lo que le permite autoelevarse a la dignidad de la cosa. Sublimación freudiana en su cruce con el narcisismo; el escabel da a luz los grandes ideales del Bien, de lo Verdadero y de la Belleza, o lo que es lo mismo, el escabel está del lado de goce de la palabra que incluye el sentido, mientras que el goce del sinthome excluye el sentido. La civilización contemporánea propone aplastar el síntoma con el escabel.

En este sentido, según Miller, el cuerpo hablante goza en dos registros: por un lado, goza de sí mismo, se goza, por otro, un órgano de este cuerpo se distingue por gozar por sí mismo, condensa y aísla un goce aparte que se reparte en los objetos a; en el cuerpo es donde se extrae el goce para el que trabaja el inconsciente. De ello se sigue que el inconsciente mismo es una elucubración de saber sobre el cuerpo hablante, sobre el parlêtre.

Una elucubración de saber es una articulación de semblantes que se desprenden de un real y a la vez lo encierran. La mutación principal que afectó al orden simbólico en el siglo XXI es que ahora es concebido como una articulación de semblantes; no se trata sólo de que los ideales se debilitan, sino que se ha desvelado su naturaleza de semblantes. Sin embargo, sabemos por Lacan que no todo es semblante, hay un real. Lo real del vínculo social es la inexistencia de la relación sexual. Lo real del inconsciente es el cuerpo hablante.

El trabajo de Xavier Giner estimuló la conversación en muchos sentidos, pero la noción de escabel es la que conquistó a los presentes. El escabel hay que verlo en relación al narcisismo y en relación al sinthome. Un recorrido analítico conduce a la castración del escabel. Un AE puede subirse a él, pero vaciado; de alguna manera hace del sinthome su propio escabel. Por el contrario, sin análisis, lo que suele suceder es que el escabel aplasta el síntoma. Llegados a este punto, se estableció una posible línea de trabajo en torno a un replanteamiento del narcisismo en relación al sinthome, y a la pertinencia de distinguir entre «yo» y «ego», lo que condujo la discusión a un esbozo de diferenciación entre el «yo» y el «yo joyceano». El discurso de los AE no se inscribe en el «yo» (el del Estadio del espejo), sino en el «yo joyceano». La clave de la diferencia entre uno y otro reside en la identificación. En la psicosis no hay identificación, sino apropiación. El AE, una vez ha ido más allá de las identificaciones, construye con el sinthome un «yo joyceano». Se trata en definitiva de un arreglo entre el sinthome y el escabel.      

Todavía se abundó un poco más en el concepto de escabel que, en el discurso contemporáneo, vendría a equivaler a la autoestima, paradigma de la normalidad. El sujeto trata de fabricarse una identidad con su propio cuerpo (tatuajes, cirugía, piercings); el cuerpo deviene escabel, pero lo que consigue es darse un lugar en lo social, no una identidad. Es representado, no por su historia, sino por su cuerpo. Antes las insignias representaban al sujeto para algo, ahora es en sí mismo. Hacerse un cuerpo, pero sin estar atravesado por un discurso.

 Rosa DuráCelma, socia de la Sede de Valencia