No es bueno que el analista esté solo. La posición del analista. Sutilezas en la clínica actual

Cuando se me pidió participar en este espacio me sentí concernida por el “no es bueno que el analista esté solo”. El S1 “soledad” unido al S2 “psicoanálisis” es algo que resonó en mí por diversas cuestiones. 

“No es bueno que el analista esté solo”… qué interesante, pensé… Pero cuál fue mi sorpresa cuando al abordar el texto que se me había asignado vi que no solo no tenía ninguna relación con el título del espacio, sino que el capítulo hablaba de matemas,  los cuáles tengo dificultad para comprender y no me gustan nada. De modo que aparqué el libro contrariada. 

Varias semanas después, mi sentido de la responsabilidad me llevó a abrir el libro Los cuatro de Lacan, tomo II” con una actitud decidida, pero sin mucho deseo; cosas del superyó. Sin embargo esta vez la sorpresa fue positiva, pues encontré cuestiones muy interesantes, comenzando por el mismo título del capítulo: “Yo no pienso, yo no soy”, la cuestión de la “elección forzada” o “el rechazo del inconsciente”.

La elección forzada

Frente a la alocución latina de Descartes “cogito, ergo sum”, traducida al castellano como “pienso, luego existo”, Lacan plantea un novedoso y rompedor axioma “yo no pienso – yo no soy”. 

Al igual que la cuestión anterior, la elección forzada en un concepto que actualmente puede resultar subversivo, a mi modo de ver. Subversivo teniendo en cuenta  que vivimos tiempos en los que el sujeto parece tener la capacidad de elegir libremente todo, incluso su esencia más profunda. Se crean continuamente mil y una categorías en las que alojar una supuesta elección. De ese modo podemos elegir si somos heterosexual, bisexual, asexual, intersexual, pansexual, si pertenecemos al sexo fluido, y un largo etcétera. Podemos elegir ser un hombre atrapado en un cuerpo de mujer o una mujer atrapada en un cuerpo de hombre y transicionar al otro género. 

Podemos hacer de un síntoma como son las alucinaciones auditivas nuestra marca y llegar a formar parte del grupo de los “oidores de voces”, normalizándolo como “otra forma de estar en el mundo”.

Recuerdo un caso que atendí cuando trabajaba en un Servicio de Atención a la Familia contratado por la entonces Consellería de Bienestar Social. Se trataba de una joven maníaco-depresiva, la cual padecía curiosas alucinaciones visuales en las que se le aparecía a los pies de su cama una “venerable y sabia anciana”, la cual le hablaba en un lenguaje ininteligible. Esta mujer y su pareja habían organizado toda su vida alrededor de la nominación “soy bipolar”. Alrededor de los síntomas de ella y de las actividades que realizaban en un grupo de apoyo, donde al estilo de Alcohólicos Anónimos, se presentaban: “me llamo X y soy bipolar”.

Ante estas nuevas formas de autonominación que se basan en una supuesta libre elección, “yo elijo quién soy”, Lacan plantea que no existe tal libre elección, sino que la elección es siempre forzada.

Como dice Miller, elección forzada es una expresión paradójica porque asociamos el concepto de elección al de libertad. Lacan, en “La carta robada” asocia la elección con la obligación. Al comienzo se puede imaginar una secuencia de libre elección representada por el alzamiento aleatorio, pero cuando se superponen a esta serie unos mínimos vínculos, la elección se convierte en obligación y todo ello nos lleva a la conclusión de que no podemos elegir cualquier cosa. Enlazada a esta cuestión se halla la exclusión forzosa.

Para Lacan, la alienación tiene relación con la elección forzada y la exclusión forzosa, pero en lugar de excluir un término de cuatro, lo cual nos dejaría bastante margen de elección, se trata de la exclusión de uno de los dos términos. Miller dice que la asociación libre, en el tratamiento psicoanalítico, revela la elección forzada del sujeto y que esta elección es la esencia del dilema, que consiste en que hay dos vías para llegar a la misma conclusión.

No es posible elegirlo todo, por lo que la elección está ligada al no-todo. La elección forzada conlleva siempre una pérdida y “su articulación con la pérdida es mucho más fundamental que su articulación con la libertad o no libertad… Esa pérdida conlleva un desecho”. 

Por otra parte, Miller plantea un vínculo clínico entre la obsesión y la elección de alienación pues la obsesión conlleva un rechazo de la pérdida. El sujeto obsesivo está sujeto a una continua vigilancia para evitar la pérdida de conciencia, en una incesante conversación consigo mismo. Miller plantea que este sujeto es un falso pensador puesto que piensa para rechazar la pérdida y de esta manera se pierde en sus pensamientos, lo cual nos remite a la analidad de la retención de los desechos.

El sujeto histérico es todo lo contrario pues se coloca en la posición de lo que se pierde, por lo que hace semblante de pérdida.

En la elección, como se comprende comúnmente, se elige ente dos partes de un todo, dos partes de un conjunto, aunque en realidad las dos partes son independientes y cada una constituye un todo.

Sin embargo la elección forzada de Lacan opera sobre dos partes que se incluyen y se superponen la una a la otra. Se trata, en este caso, de dos conjuntos que tienen una intersección.

La cuestión no es que en la elección se pierde una de las dos posibilidades, uno de los dos conjuntos, pues no se puede tener todo. En este caso no se pierde únicamente lo otro que no se ha elegido, sino que se pierde también parte de lo que se ha elegido. Por tanto hay una doble pérdida, por una parte la pérdida de lo que no se ha elegido y por otra, una pérdida en el interior de lo que se ha elegido. Sin embargo, cuando esta pérdida opera en el discurso analítico, la pérdida no está muerta, no es infecunda, actúa. Esta cuestión se ve muy claramente en la represión, que es una pérdida que retorna; lo reprimido y el retorno de lo reprimido son una misma cosa. En esta misma línea Lacan asimila la pérdida a nivel del significante con el objeto perdido, anudando la represión con este objeto. Pero el objeto retorna y produce un goce, que es lo que llamó “el plus de gozar”.

Rechazo del inconsciente

Otra cuestión que caracteriza los tiempos actuales es el rechazo del inconsciente, cuestión que dificulta enormemente el trabajo analítico. 

El sujeto actual se cree capaz de “dominar su mente” Hay un rechazo del inconsciente incluso entre los diferentes profesionales de la Salud Mental. Así las neurociencias, cuyos aportes en el campo de las demencias orgánicas o el alzheimer han sido importantes, han extrapolado sus hallazgos a otros sectores, al punto de dividirse en 4 campos: neurociencia cognitiva, la afectiva o emocional, la social y la educacional. Esto excluye por completo el inconsciente convirtiéndonos en meras máquinas humanas.

Otros profesionales propugnan un verdadero rechazo al inconsciente a través de la tiranía del positivismo como una nueva forma del amo moderno. No faltan los que nos intentan convencer de que podemos dominar nuestra mente con mensajes a modo de mantras, como una forma de engañar al inconsciente a través del raciocinio.

En nuestras consultas vemos con frecuencia las consecuencias de estas formas de dar la espalda al inconsciente. 

El punto de partida del rechazo del inconsciente es el cogido cartesiano en el cual hay una intersección entre ser y pensamiento mientras que Lacan plantea negativizar el cogito: yo  no pienso, yo no soy. 

 En esta intersección negativizada planteada por Lacan se haya la función de la elección forzada.  La elección forzada es el yo no pienso, la elección excluida es el yo no soy. Por tanto  el inconsciente es el reverso del pensamiento cartesiano.

Por otra parte, la operación de verdad es contraria a la alienación. La operación de verdad hace al sujeto preso de su inconsciente, a pesar de su ser. En relación a esta cuestión Lacan relaciona la alienación con el pasaje al acto, puesto que el pasaje al acto es rechazo del inconsciente, siendo el sumum el suicidio, acto que relaciona con no querer saber nada, con un rechazo total del saber inconsciente. Esta concepción de la alienación tiene relación con lo que en etapas anteriores Lacan llamaba separación.

A partir de que el sujeto hace su elección, articula el tan manido actualmente yo soy, lo hace en relación a un falso yo pienso,  el yo pienso del cogito cartesiano. Falso yo pienso porque el verdadero es el inconsciente freudiano.

El sujeto en este caso tiene un desconocimiento del efecto del lenguaje, por lo que el sujeto “se imagina amo de su ser, de su no lenguaje”. Es lo que Lacan denominará posteriormente falso ser del sujeto, un sujeto sin inconsciente. La elección que hace el sujeto sin inconsciente es de menos peor o peor, o como diríamos en lenguaje coloquial: la elección entre lo malo o lo menos malo. Cuestión que nos resuena con el Seminario 19. O Peor…

Contrario al cogito cartesiano en el psicoanálisis se opta por el “yo no soy”. Es la elección del inconsciente a costa del dominio. Es la consecuencia de conocerse como efecto del lenguaje y no como amo del propio ser.

Hay una cuestión muy importante y es que el inconsciente puede ser invocado a partir del yo no soy. Pasando del yo no pienso al yo no soy a través de la transferencia en análisis. Hace falta la transferencia para que el sujeto se sostenga en el yo no soy.

Sin embargo puede haber otra lectura. El analista se sitúa del lado del yo no pienso mientras que el analizante se coloca del lado del yo no soy. De esta manera el analista se sitúa fuera de los efectos del significante y en concreto fuera de los efectos de sentido.

Por último reseñar la oposición del acto y el inconsciente, puesto que el acto es un acceso al ser.

Irene Sánchez

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