¿Qué significa subjetivar la Escuela?

Si el discurso analítico vacía el lugar del ideal para revelar su verdad como nada más que sentido gozado, si eso es el psicoanálisis, ¿qué sentido tiene promoverlo?
No tengo respuestas, sino esfuerzos de trabajo.

Jaques-Alain Miller, 1997 (1)

Al intentar responder al interrogante que nos convoca hoy, ¿qué significa subjetivar la Escuela?, me resulta inevitable evocar mi propio recorrido, como practicante del psicoanálisis, en relación a una experiencia de Escuela.

Durante la carrera de psicología en Argentina situaba el horizonte de obtener el título como señal de estar preparada para empezar mi práctica clínica. En aquel momento suponía ingenuamente que el saber académico y la lectura incesante de textos psicoanalíticos, sumado la burocracia correspondiente, alcanzarían para que uno se autorizara a escuchar a un sujeto en la consulta. Afortunadamente, eso siempre me pareció sospechoso. 

Casi de casualidad, tuve un acercamiento a la Sección Córdoba de la EOL. Me invitan a un seminario introductorio. Descubro un lugar nuevo: un espacio de discusión, de interrogantes, donde parecía que nada estaba dicho respecto al quehacer en la práctica, todo lo contrario. Nada ni nadie garantizaba una autorización posible y la comprensión quedaba siempre en suspenso.  

Siguiendo a Kepa Torrealdi (2), si asumimos que la Escuela se erige alrededor de un vacío central que supone el concepto de psicoanálisis y de lo que es un psicoanalista, una experiencia de Escuela sería el efecto que pudiera tener este vacío central en la subjetividad propia.

Este encuentro para mí fue inaugural, movilizante. Me llevó a buscar el teléfono de quien sería mi analista, a participar en jornadas y seminarios y a descubrir el dispositivo del cartel. Paradójicamente este vacío de saber se convirtió en una brújula para mi formación y mi práctica. El análisis, el control y la Escuela aparecen como bálsamos ante la imposibilidad de definir qué es un analista.

Al poco tiempo obtengo mi título y empiezo mi práctica. Se impone la necesidad, vehiculada por la Escuela, de poner al trabajo esas lecturas, ese saber, de hablar de mi práctica con otros, del control. 

La Escuela seguía teniendo ese lugar de brújula para mí, sin embargo, siempre me mantuve al margen, casi como observadora no participante, oyente. Inicié algunos carteles que se disolvieron casi antes de empezar, aquí tampoco podía autorizarme, no podía tomar la palabra.

En un tercer cartel que inicio, el Más uno lanza una pregunta a los cartelizantes: ¿qué es la Escuela para ustedes? Cada uno explicó su recorrido, su formación, sus jornadas y su práctica… Y cuando llega mi turno yo digo: “Todo bien con la EOL pero ahí todas llevan tacones, nunca se ven unas zapatillas” Los tacones, para mí, eran símbolo de aquello incómodo que yo no podía ponerme, que no iba conmigo, que representaba una especie de élite a la cual yo no pertenecía. 

Miller(3) lo ilustra en su “Teoría de Turín” cuando dice: Hay un discurso emitido desde el lugar del Ideal que consiste en poner en oposición «nosotros» y «ellos». […] Desde el lugar del Ideal, cualquier discurso que se funde sobre la oposición amigos/enemigos y que la cimente, intensifica de esta misma manera la alienación subjetiva al Ideal”(4). 

Mi lectura infería una oposición entre los que pertenecen y los que no. Yo, con mis zapatillas, me mantenía al margen, aún en esa alienación subjetiva al ideal en una identificación masificante que no me permitía asumir un lugar de enunciación.

Unos días después, el Más uno manda dos fotos al grupo del cartel con el subtítulo: ¡En la EOL también hay zapatillas! 

Como explica Miller: “Del lugar del Ideal puede ser emitido un discurso opuesto que consiste en enunciar interpretaciones. Interpretar al grupo significa disociarlo y reenviar a cada uno de los miembros de la comunidad a su propia soledad, a la soledad de su relación con el Ideal”.

Esa interpretación lanzada hacia la Escuela y hacia mí, analizando la sugestión puesta en juego y remarcando mi propia relación al Ideal, disocia y pone en primer plano mi soledad subjetiva respecto al significante y me permite hacer algo nuevo. 

Ese cartel no se disuelve rápidamente como los anteriores, culmina a los dos años con muchas producciones, entre ellas la mía, donde pude escribir acerca de un caso que me interrogaba. Ese escrito, animada por el Más uno, lo presento en las Jornadas de carteles de Buenos Aires, espacio que nunca imaginé poder transitar. Buenos Aires tenía muchos más tacones que Córdoba, y más altos. Fui a las Jornadas, presenté mi trabajo y pude conversar con colegas que interrogaban mi producción. 

En su «Acto de fundación»(5), Lacan dijo que la Escuela se compromete a dar repercusión a lo valioso que alguien produzca desde este deseo, cuando ofrece el resultado de alguna elaboración sostenida en torno a lo que no se sabe y su imposible. La Escuela garantiza la repercusión de lo que percute, de los efectos-de-formación que se pueden leer en la enunciación de cada uno por uno, constatándose ese “su” deseo de Escuela. Y, en otras ocasiones, puede captarse lo que lo obstaculiza, tapona esa hiancia ‒que concierne al plus-de-goce que horada al significante‒ obturando ese agujero en el saber.

Algunos con tacones, otros con zapatillas; pero cada uno con el calzador de su deseo puesto en juego. Calzador que me permitió tomar la palabra y subjetivar esta incipiente experiencia de Escuela en la que sigo dando mis pasos.


  1. Miller, J.-A.,  Introducción al método psicoanalítico, Buenos Aires, Paidós, 2015, p. 200.
  2. Torrealdi Txertudi, K. “A la subjetivación de la relación con la Escuela” (2022) [en línea].
  3. Miller, J.-A.: «Teoría de Turín acerca del sujeto de la Escuela», Wapol [en línea].
  4. Miller, J.-A.: Ibídem.
  5. Lacan, J., “Acto de fundación”, Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2015.
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