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Barcelona, Editorial Anagrama, 2008

Rosa DuráCelma

 En el Seminario sobre Los cuatro conceptos del psicoanálisis, Lacan recoge una anécdota de juventud sobre una lata de sardinas que ve flotar en el mar.A partir de ese encuentro, Lacan reflexiona sobre el objeto mirada: «¿Ves esa lata de sardinas?, ¿la ves? −le dice un pescador− Pues bien, ¡ella no te ve a ti!»

¿Miramos el objeto o somos mirados por él? ¿Cómo llega el libro que estamos leyendo a nuestras manos? ¿Lo elegimos o nos elige?

 Chelsil Beach(2008) llegó a mis manos, como tantas veces ocurre, metonímicamente, en otras palabras, El intruso (2004), película de Roger Michell, me condujo a Amor perdurable (1997), novela de McEwan en la que se basa el film inglés, y esta me llevó a Expiación (2001), Amsterdam (1998), Solar (2010),Operación dulce (2012)… todas novelas del reconocido autor.

Chelsil Beach es el lugar elegido por la pareja protagonista para celebrar la noche de bodas, y el narrador sitúa en el pórtico de la novela la carta de presentación de estos: «Eran jóvenes, instruidos y vírgenes aquella noche, la de su boda, y vivían en un tiempo en que la conversación sobre dificultades sexuales era claramente imposible. Pero nunca es fácil» (pág. 11). En estas primeras líneas McEwan adelanta en forma de axioma lo que ilustrará en adelante, que no hay significante, saber, que inscriba la relación sexual, y es por ello que J. A. Miller dice que los neuróticos sufren y «se perciben fundamentalmente como mal-hechos».[1]Sufre Edward por la ausencia de deseo sexual de su mujer y por su reacción ante lo real que allí ocurre; sufre Florence por la repulsión y la vergüenza que el acto le produce. El idealizado amor de los jóvenes no se sobrepone al agujero con el que se topan en la cama. Cierto que en la mesilla del hotel no encuentran, como en los antiguos –no sé si modernos– hoteles norteamericanos, la Biblia (del sexo), con lo que sí cuentan es con un «manual moderno y progresista que en teoría era útil para los novios jóvenes (…) con sus ilustraciones numeradas», indicaciones minuciosas y expresionesdel tipo «membrana mucosa», «glande», «penetración» (pág. 16).

El autor no repara en detalles y descripciones del encuentro de los cuerpos, siendo uno de los aciertos narrativos de la novela el juego con la focalización que conduce al lector desde las percepciones, sensaciones e incomodidades de uno a las torpezas y temores de otro.Un movimiento fluctuanteentre los discordantes pensamientos y reacciones de ambos que los lleva (nos lleva) a un clímax que se experimenta como humillación, como vergüenza, como asco, en definitiva, como fracaso: «A su modo de ver [el de Florence], no existían palabras para expresar lo que había ocurrido, no existía un lenguaje común con el cual dos adultos cuerdos pudieran describirse aquellos sucesos» (pág. 156).Efectivamente, las palabras no dan cuenta del desastre que ha ocurrido, y Edward así lo reconoce ante Florence al final de la novela: «Podríamos estar tan libres juntos, podríamos estar en el paraíso» (pág. 167).

Pero no hay paraíso para los seres hablantes, lo sabemos, «el significante no está hecho para las relaciones sexuales (…) se acabó esa perfección armónica de la copulación»,[2]y Chesil Beach ofrece un novelado inventario de las deficiencias, desencuentros y frustraciones que evidencian la no relación sexual. 

 

Rosa DuráCelma

rosa.dura@uv.es

[1]Introducción al método psicoanalítico, Buenos Aires/Barcelona/Méjico, Paidós, 1997, pág. 35.
[2] Jacques Lacan, Seminario 17. El reverso del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2006, pág. 34.