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Y… después del silencio.

Hubiera sido imperdonable romperlo. Como bien dijo RosaDurá era un silencio muy significativo y con él quedó condensado el cúmulo de sensaciones y pensamientos que Catherine Millot nos transmitió con su Oh, Soledad y el cierre de la sesión –como en el análisis– marcado por la coordinadora.

Hubiera debido hablar antes pero el silencio me sorprendió –creí que era simplemente un pasar de una a otra palabra–, se abalanzó sobre mí, de improviso, con su rotunda frase: «Habla ahora o calla para siempre». Pues ni lo uno ni lo otro, me dije irreverente. Hay que buscar el hueco por donde se cuelen los atisbos de comunicación. Para eso nos reunimos.

Hubiera querido deciros la gran enseñanza que para mí encierra el libro leído, después de la riqueza de opiniones vertidas allí el lunes por todas las intervinientes. El libro se alza brioso y valiente frente a la mala prensa de que «la soledad» reviste para la mayoría de nosotros, los mortales, todos en grupo y uno a uno, como espantajo del que tendemos a huir y responsable de tantos movimientos a la desesperada (matrimonios-divorcios-hijos-amantes-relaciones sexuales inexistentes y vuelta a empezar) cargados con la mochila a la espalda de la paradoja maldita: cuanto más se huye de la soledad más profundamente se cae en ella. Y sino que se lo pregunten, en secreto de confesión, claro, a esas parejas tan políticamente correctas y felices. Hasta la Biblia basa la formación del segundo sexo –«No es bueno que el hombre esté solo»– para evitar la soledad del primero. O el ultimátum que los aspirantes a matrimoniarse deben asentir: «…hasta que la muerte os separe». 

¡Ay, qué miedo! Y Catherine no hace caso de todas estas asechanzas. Nos lleva de la mano en su aventura en busca de la soledad. Es un viaje iniciático del que sale, como Teresa de Ávila, victoriosa. Catherine encuentra la soledad y, ¡oh sorpresa!, no tiene por qué ser un castigo eterno ni una consecuencia del maldito pecado culposo. Es algo fantástico y ensoñador. Algo simbólico que tenemos alojado dentro, pero tan sepultado por los miedos que no nos atrevemos a destapar. «Solo en el peligro crece lo que nos salva» decía Hölderlin. Y en este punto, queridas amigas, os remito al libro de nuestro Jorge Alemán,Soledad: común. Políticas en Lacán, en el que encontramos unas pocas frases que invitan a la reflexión:

«Lo que habla solo tiene que ver con la soledad…»,Seminario Aun, Jacques Lacan.

«La indómita luz se hizo carne en mí. Y lo dejé todo por esta Soledad», L.A. Spinetta.

«La soledad del sujeto que aquí intentamos discernir, las que podríamos llamar las soledades sociológicas de la época, es una Soledad perforada, nunca plena, que solo encuentra su contorno, su borde topológico, en el Común que existe en el campo del Otro. No hay Soledad ni Común que no estén agujereados por el vacío de la«brecha ontológica», irrepresentable, fuera de sentido, que Lacan denomina la «existencia». Jorge Alemán.

¡Oh, Soledad! Ahora resulta que Soledad es lo que tenemos en común todos los mortales… y nosotras huyendo de ella… Casi nada… Podíamos seguir hablando o escribiendo de ella hasta la eternidad…

Gracias, a las que habéis llegado hasta aquí, por la paciencia.