“El Uno entonces parece aquí precisamente perderse, y
llevar al colmo lo tocante a la existencia,
hasta confinar con la existencia como tal
por cuanto surge de lo más difícil de alcanzar,
de lo más huidizo dentro de lo enunciable”.
J. Lacan1
Recuerdo que trabajamos este mismo curso de Miller El ser y el Uno en la comunidad valenciana hace aproximadamente unos 10 años. Se trataba y aún lo sigue siendo, de un curso muy importante y nada sencillo al que indiscutiblemente hay que volver para encontrar lo nuevo en la relectura, como en el propio análisis en el hay que dar varias vueltas antes de salir de él, le tours dit2.
Se me ha propuesto pensar el Uno solo en los testimonios de pase, y en la invitación también se nos transmitió la siguiente pregunta: ¿El hay de lo Uno es el “anclaje” de la singularidad que se atrapa en el sinthome?
Para poder abordar estas cuestiones, particularmente necesito hacer cierta construcción previa, pues no es un tema sencillo y en esta segunda vuelta que hacemos sobre este curso de Miller, quizás nos sea posible afinar un poco más la diferencia entre algunos términos. ¿Es lo mismo el sinthome y el Uno solo?, ¿cuál es la diferencia entre el rasgo unario y el Uno solo?, ¿qué diferencia el Uno solo, del Uno del goce, del Uno del significante, del Uno fálico o incluso del Uno que no hay?. En su curso Los signos del goce3, Miller menciona al menos cinco unos. Tenemos el Uno del significante, o S1 solo, que hay que distinguirlo del S1 que se articula al S2. Tenemos el Uno fálico en tanto el falo es uno para ambos sexos y como dice Lacan es un significante sin par. Tenemos el Uno que Hay o Haiuno, porque no hay relación sexual. Tenemos el Uno de la identificación o rasgo unario del que diremos algo más más adelante4. Tenemos el Uno del resto sintomático. Tenemos el Uno como goce del cuerpo que ha sido cernido en el trabajo analítico, es el Uno que marca el cuerpo como acontecimiento de goce. Por último, el Uno del Otro, cuando la función del Otro fue reducida al Uno, es decir, cuando el delirio por el que el sujeto creía comunicarse con el Otro de la verdad se reduce. Consideramos, que se trata en cada uno de ellos, de Unos que resplandecen a partir no de lo fenoménico sino de una lógica, de una transmisión, de una enunciación que parte del cuerpo que se goza.
Lejos está este trabajo de aclarar todos esos términos en profundidad, pero consideramos que es importante aproximarnos a algunas diferencias para poder esclarecernos en la práctica con la escucha de la potencia de la palabra de la que “brota un germen de enunciación que surge de la erosión de los significados que introdujeron un pathos al cuerpo”5.
El sinthome es un efecto
Cuando hablamos de sinthome no se trata de creer que podremos señalarlo en el testimonio, y decir que el sinthome es esto o es aquello, pues ello sería hacer metafísica de la acción lacaniana, algo que Miller nos advierte de no hacer6. Bien sabemos, y muy especialmente a partir de este curso, que el sinthome, no es ni una representación, ni un fantasma, ni una identificación, sino que es real, es “un efecto” dice Miller. Es el goce, pero no puede decirse lo que es sino que (él) es7. “Si resulta difícil cernir el sinthome es precisamente porque no tenemos sus referencias en lo imaginario, ni tampoco en el sentido, si no es de forma negativa”8.
Algunas diferenciaciones
Como nos indicó nuestra directora, estamos aquí para abordar la función del Uno en su vertiente clínica, política y epistémica. En la reunión anterior se comenzó a hacer un recorrido sobre el Uno. Se habló del Uno como marca en el cuerpo, del rasgo unario como ese “primer significante”9 primera marca a partir de la cual se contarán las siguientes. Se contará el propio sujeto también allí. Se habló del S1 como significante de goce singular, significante que el analista apunta a aislar, objetando cada vez el enlace S1-S2. También se habló de la letra cuya lógica es la del Uno sin Otro, es decir, una lógica no binaria.
Considero que ir haciendo la diferencia de cada uno de estos términos y su momento de aparición en el corpus lacaniano es importante para ir entendiendo la lógica del Uno solo.
El Otro no existe, existe el Uno
Se planteó la diferencia entre ser y existencia y dijimos que, si bien el Otro no existe, existe el Uno. El Otro se inscribe siempre a nivel del ser como lugar de discurso donde encontraremos el equívoco, la inconsistencia y el ser de lenguaje. Sabemos que no es posible hablar sin estar determinado por el ser y los semblantes, pues el ser no es más que un semblante.
Lo real, el que tanto repetimos que nos orienta en la clínica, se desprenderá de ceñir y limitar la función del ser. Con el Uno nos adentramos en la existencia no en el ser de lenguaje. ¿Cómo captar ese Uno de la existencia que no es significante en lo que se transmite?
El Uno significante
Podríamos preguntarnos lo siguiente, si el Otro pertenece a la dimensión del ser, del discurso, del ser hablante, del equívoco, y el Uno es ubicado del lado de la existencia entonces, ¿cómo entender que el Uno, como dice Miller, es significante?10, ¿cómo ubicar esto en la clínica o en un testimonio?
Considero que una de las vías para entender el Uno significante es no olvidar el cambio de paradigma, a partir del cual el significante pasará a tener efecto de goce en tanto hace agujero11. Es el estatuto del significante separado de su significación, no hace cadena, no comunica.
Es entonces cuando Miller nos dice dos cosas, en primer lugar, que el goce no es una significación, y en segundo lugar, que el síntoma será un acontecimiento de cuerpo que no tiene sentido.
Escuchar el canturreo de repetición y escuchar lo que itera.
En la clínica, el psicoanalista trata el goce en el canturreo del analizante sesión a sesión, siempre el mismo, pues siempre hablamos de lo mismo. La interpretación, se dirige a la singularidad del goce de ese canturreo haciendo resonar el cuerpo. Y así, ir aislando el S1en su soledad. Canturreo del significante de goce, canturreosingular. Canturreo que no sabe de su goce solo y además cree, que en ese canto, ¡el Otro goza! Podríamos decir, que sin que el analizante lo sepa, en el análisis, el Uno original se pone a trabajar en la asociación libre como un-decir. Pero el analista que ya se acercó antes a su propio irreductible, sabe que ese Uno está solo. Esa es la herejía lacaniana, la que a diferencia de cualquier beneficio terapéutico, persigue la obtención de un goce irreductible, opaco e indecible pero demostrable en el pase o enunciado en la clínica.
De lo que se repite a lo que itera. Una viñeta clínica
El analista podrá escuchar por un lado las significaciones que porta el discurso del paciente, los S1. Esto conlleva un peso libidinal, peso que veces puede sentirse literalmente sobre el propio cuerpo. Es el peso libidinal del ser, por ejemplo, de un ser triste, siempre exhausto, que hasta dice “sentirse pesado” en su obesidad. Ese parlêtre cargaba con un peso particular de su historia, un hijo muerto. Al apuntar al goce que se repite y mortifica, el ser se va aligerando, se va liberando de ciertas anclas superyoicas. El cuerpo, antes devorador se adelgaza, se aligera, se libidiniza de una nueva manera. El parlêtre consiente a la pérdida y a la castración.
Pero un analista, también puede escuchar lo que itera a nivel de la existencia. A mi modo de ver, esto conlleva cierto despliegue necesario en el tiempo. Podríamos pensar que lo que iteraba en este caso clínico, que primero se nombró en la repetición como destrucción-muerte-huida a otra ciudad, apareció de forma nueva como “desarmar” una existencia. “Des-armar” dijo la analista, y la analizante aísla, “armar-desarmar no es destruir”. Es allí donde quizás podemos captar, después de escucharla 4 años hablando: del peso, la muerte, el marido demandante, la posición subjetiva de ser la que sobra, el síntoma de goce glotón, que de eso que se repetía en las profundidades, algo único resplandecía, una huella edípica que había marcado mucho antes del fenómeno traumático de la pérdida del hijo. La marca de inmovilidad de un padre que nunca podía dejar su casa. Ahora puede desarmar y armar en un nuevo lugar sin angustia, esta vez un lugar elegido por ella, despegando el sentido de un goce mortal fatal con el que teñía estos movimientos. Es un sujeto sigue en análisis trabajando con su inconsciente, no ha finalizado. Simplemente intento mostrar que algo de ese Uno del significante se va depurando. El un-decir va brotando de las múltiples significaciones de goce, y el cuerpo se mueve, se desplaza de otra manera en su existencia. El parlêtre se engaña menos y sabe algo de la propia opacidad.
Lo Uno son los restos sintomáticos
En los testimonios de final de análisis, podemos ver cómo la revelación de una verdad a veces despega de un golpe al sujeto de su ventana fantasmática sobre lo real, separándolo de la significación que daba a lo real. Esta cae, pero el goce permanece. Es un goce con el que hay que “acordar”12, saber-hacer, arreglárselas cada vez.
Considero que es un saber-hacer único cada vez. No es un saber-hacer repetitivo. El encuentro con lo real no es del lado de “lo conocido”. No es un saber-hacer que se enseñe ni que se aprenda porque no hay una anterioridad significante que historice ese encuentro con lo real. Tomando el término de Miller, ¿no podríamos pensar que es un saber-hacer ahí, semelfactivo? Este significante que utiliza Miller refiere a los verbos o acciones que describen un evento puntual, instantáneo, sin repetición.
Un testimonio
Retomo la pregunta planteada por Margarita Bolinches: ¿El hay de lo Uno es el ‘anclaje’ de la singularidad que se atrapa en el sinthome? Veremos si en la conversación nos es posible responder a ella.
Tomaré el testimonio de Domenico Cosenza13. Su canturreo iba de la mano de creer en la juventud que con el saber filosófico alcanzaría a desprenderse de una tristeza y la dificultad en el vínculo amoroso. Desplegaba una vida infantil de “edad de oro” de hijo enfermo, feliz y amado, que queda marcada tempranamente por un desprendimiento del lugar de brillo fálico para la madre a partir de un asma que lo separa de lo familiar llevándolo a Pietra Ligure donde experimenta una enorme soledad, aislamiento y el superyó se engrosa, dice: “Eso produjo en mí la disciplina con mi relación al saber, iniciándome de ahí en adelante a convertirme en un estudiante brillante y riguroso”. El analista rompe el sentido en el primer encuentro diciendo “¿Edad de oro? Querrá decir ¡edad de piedra!”, interpretación que sorprende abriendo al inconsciente.
En mi opinión aquí se lee algo que luego se repetirá hasta finalizar iterando. “Disciplina” y “rigurosidad” que sin duda le ha reportado grandes satisfacciones, pero también con un punto de mortificación. No se trata ya de la mortificación paterna que desplegó en el análisis. El analizante ubica en el primer análisis la frase del fantasma sacrificial del obsesivo: “Salvar al Otro de la caída”, y siendo que los efectos terapéuticos eran importantes y había consolidado una relación amorosa y deseante decide poner fin a ese análisis. Más tarde podrá decir que a ese primer analista lo había ubicado en el lugar del padre muerto.
Pasan tres años de buenos efectos terapéuticos cuando al escuchar el timbre de un paciente, es él y no el Otro, quien cae por las escaleras. Pero la cosa no queda aquí, sino que el goce de la rigurosidad y disciplina lo hace atender esa cita igualmente con el hombro roto. Estamos ante un goce superyoico, pero creo que también hay aquí, algo más que itera.
El segundo analista, elegido bajo el rasgo de “un lector”, esta vez muy vivo, será el que lo acompañará como Virgilio a atravesar su infierno. Es en este segundo análisis que emerge a partir de un recuerdo infantil de quedar desnudo en la playa al ser arrastrado por una ola, “l’agitation de la mer”. El lugar que se creía tener en el Otro materno se fisura, abriéndose un indecible: la angustia materna. Se desvela que esa madre no podía hacerse cargo del hijo, siendo éste felizmente acogido por los abuelos. La castración del Otro hace su aparición no sin atravesar una etapa de transferencia negativa: el analista olvida mi sesión, el analista no responde a mi demanda, etc., hasta consentir a partir de un sueño, que el analista no siempre puede recordarlo todo.
Aparece un período donde hay deseo, pero nada que decir. El analizante nos dice que podría haberse eternizado allí, pero dos cosas lo sacan de ahí: nuevamente una caída (esta vez sin consecuencias graves) y otra el aumento de honorarios que aplica el analista cuando él vuelve a repetir “no tengo nada que decir”. Ahora puede consentir a terminar el análisis.
Ubica que había sido catalogado por el médico como “un niño torpe” razón por la que se rompía repetidamente los huesos. El parlêtre cree que eso es el final, pero hay dos sueños reveladores que van más allá de la significación niño torpe. Con el primero el sujeto aísla “caigo porque la tierra tiembla”. Vemos allí un real sin Ley ante el cual el sujeto había respondido con la repetición de caídas y rupturas del cuerpo, pero también con la disciplina y la rigurosidad. Locura singular que cubría lo real. Y llega así el sueño del final en el que estando con el analista decide concluir. En el sueño se marcha, y en el metro ve que el analista se convirtió en una mujer, cuando intenta hablarle no hay comunicación. No hay relación sexual. El parlètre se dio una vuelta por la posición femenina.
El final había llegado. Pero él pide una cita más para comunicar una revelación. Un evento contingente del pasado familiar del que ya había hablado en sus sesiones que ahora tomaba un nuevo cariz. Antes de su propio nacimiento, la madre en avanzado estado de gestación resbala y cae con la consecuente pérdida del niño. El descubrimiento que comunica fue que se trataba de “salvar al Otro de la caída, porque si el Otro cae, el niño muere”. Niño al que el sujeto se había identificado.
El psicoanálisis -como nos indica Domenico – le permitió sobrevivir a la caída del Otro, cuestión que no es incompatible con su no existencia. Su vida había sido salvar al Otro de la caída a fin de hacerlo existir, pero al precio de una rigurosa mortificación.
Quizás, una posibilidad de ubicar lo que del Uno itera en este testimonio, no es la caída, porque al atravesar el fantasma ya no hay un Otro al que salvar, ni un Otro del que caer. ¿Acaso no resta un empuje que no cesa ni cae, dirigido al saber y a la escritura en la transmisión del psicoanálisis?, ¿no encontramos allí, el resto sintomático del Uno solo con el que el sujeto sabe-hacer a partir del sinthome una vez depuradas suficientemente las significaciones de goce que marcaban el cuerpo? Como nos indica Esthela Solano-Suárez, “en la iteración de la acción compulsiva, (el) propio cuerpo goza del Uno imperativo encarnado por el síntoma”.14
Patricia Tassara Zárate
- Lacan,J., El Seminario, libro 19, … o peor (1971-1972, texto establecido por J.-A. Miller, Buenos Aires, Paidós, 2012, p.133.
- Le tours dit. Se traduce como las vueltas dichas.
- Miller, J.-A., Los signos del goce, curso 1986-1987, Buenos Aires, Paidós, 1999, p.82.
- Salman, S. (2013). Las singularidades del Uno. NEL Bogotá, publicado en https://nelbogota.blogspot.com/2013/03/las-singularidades-del-uno.html
- Miller, J.-A., «Fundamentos de la clínica lacaniana», Mediodicho, publicación de la EOL, Sección Córdoba, nº41, Argentina, 2023, p.13.
- Miller, J.-A., «De la falta en ser al agujero», clase del curso de la Orientación Lacaniana “ El ser y el Uno” del 11 de mayo de 2011. Freudiana, revista de la Comunidad de Cataluña de la ELP, nº70, Barcelona, p.11.
- Miller, J.-A., «La causa lacaniana», clase del curso de la Orientación Lacaniana “El ser y el Uno” del 18 de mayo de 2011. Freudiana, revista de la Comunidad de Cataluña de la ELP, nº67, Barcelona, p.18.
- Ibídem, p.18.
- Lacan, J., El Seminario, libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964), texto establecido por J.-A. Miller, Buenos Aires, Paidós, 1990, p.147.
- Miller, J.-A., «De lo ontológico a los óntico», traducción y establecimiento del texto de Alicia Calderón de la Barca de la lección del 9 de marzo de 2011 de L´orientation lacannienne III, 13 (2011), enseñanza del departamento de psicoanálisis de la Universidad Paris VIII, realizada sobre la transcripción y establecimiento de J. Peraldi. Freudiana, revista de la Comunidad de Cataluña de la ELP, nº62, Barcelona, 2011, p.26.
- Miller, J.-A., «La causa lacaniana», clase del curso de la Orientación Lacaniana “El ser y el Uno” del 18 de mayo de 2011. Freudiana, revista de la Comunidad de Cataluña de la ELP, nº67, Barcelona.
- Cosenza, D., «Primer testimonio de pase», Freudiana, revista de la Comunidad de Cataluña de la ELP, nº80, Barcelona, 2017, p.125-136.
- Ibídem.
- Solano-Suárez, E., (2026). “La cama y la mesa”, texto del XV Congreso de la AMP, publicado en https://congresamp.com/blog/portfolio-items/la-cama-y-la-mesa/