En los comienzos de la enseñanza de Lacan, la imagen del cuerpo constituye la base de la consistencia del yo, a través de ella, el sujeto podía reconocer y organizar su experiencia. Sin embargo, en su última enseñanza, se produce una fractura interna en el registro de lo imaginario, una separación entre el yo y la imagen del cuerpo. En el Seminario 23, el sujeto no es el cuerpo, aunque lo posee, debe encontrar los medios para habitarlo. Y es en ese esfuerzo donde surge un efecto de extrañeza, una sensación que lo atraviesa al sentir el cuerpo y su goce como algo propio pero extraño.
Al hojear la revista pude ver que casi todos los artículos, citan Lo siniestro en Freud hasta llegar al libro 23 y el término «inquientante extrañeza». En mi caso, tomaré algunas nociones que he extraído de diferentes lecturas, intentando ejemplificarlo a través de la danza y el cuerpo, tomando como referencia la entrevista que incluye la revista, «Lo imaginario, lo inquietante y el cuerpo en la danza-teatro de Peeping Tom». Me parece interesante hacerlo de esta manera, dado que el cuerpo y el movimiento de éste, son los protagonistas fundamentales de sus coreografías.
Tras una primera lectura y el visionado de su obra Triptych, observo que su trabajo muestra bien, cómo llevar al escenario lo insoportable del cuerpo, cómo para la danza, lo imaginario es fundamental. Y esto, me llevó a pensar la frase de Lacan del Seminario 23: El sinthome, «el cuerpo levanta el campamento». Esta formulación nos da cuenta de la importancia de la imagen y que ésta viene a recubrir la relación de extrañeza que el parlêtre experimenta en relación a su cuerpo. La puesta en escena de la compañía de danza, dónde exponen cuerpos locos, feos, antianatómicos o sacudidos, sugiere este efecto de extrañeza que se puede experimentar en el cuerpo.
Volviendo al principio, me detengo en el capítulo de Marina Lusa, «Lo siniestro freudiano», que nos habla de cómo se construyó en Freud el concepto de lo Unheimlich. Lusa nos recuerda que «lo siniestro» perfora el tejido de lo conocido, no es miedo «nuevo», sino algo que vuelve, apuntando a que lo inquietante se encuentra realmente vinculado con la angustia del complejo de castración infantil. El malestar provocado por el cuento de Hoffmann no es tanto una cuestión de incertidumbre intelectual, sino más bien una perturbación subjetiva, donde lo más íntimo se vuelve ajeno. Lo verdaderamente inquietante no está en el objeto extraño, sino en cómo ese objeto devuelve nuestra propia extrañeza.
En las coreografías que propone la Compañía de danza teatro Peeping Tom, podemos pensar sobre la cuestión del «límite de amar el cuerpo». En este tipo de danza contemporánea, se alejan de la cuestión estética, de buscar lo bello del cuerpo, para aproximarse a algo que se retuerce, errático. Tomo esta puesta en escena del cuerpo para ejemplificar la «ajenidad del cuerpo que se nos presenta, algo que ningún ideal de belleza puede suturar», Como apunta Claudia González al inicio de la revista.
Domenico Cosenza, en su artículo, «Notas sobre lo imaginario y la “inquietante extrañeza», explica que «la inquietante extrañeza depende indiscutiblemente de lo imaginario». Esta extrañeza es una experiencia en la intersección entre la imagen del cuerpo y el goce que no se puede representar. Cosenza, nos muestra que Lacan retoma esa sensación en El sinthome, situándola primero en el orden imaginario, específicamente en lo imaginario del cuerpo, evidenciando la dependencia del parlêtre respecto de la imagen corporal. Cuando se agota la fuerza propulsora de la tesis de la autonomía de lo simbólico, surge una nueva centralidad de lo imaginario, equiparando el estatuto de los tres registros que componen la topología del nudo borromeo.
Freud, define lo siniestro no como algo únicamente extraño, sino como lo familiar que deviene extraño. Cosenza, siguiendo al último Lacan, propone que lo imaginario tiene un estatuto más complejo, no reducible a lo especular, ni al estadio del espejo. Lacan, muestra así la complejidad del territorio de lo imaginario, y plantea una ubicación topológica de la inquietante extrañeza, en la intersección de lo imaginario y lo real, articulada con el matema del goce del Otro barrado: J(Ⱥ) un goce que se inscribe en el cuerpo pero no encuentra representación. En la puesta en escena de Peeping Tom, esto se ejemplifica a través del movimiento fragmentado, que genera en el espectador la sensación de un cuerpo poco humano.
En el artículo de Christiane Alberti, «Curtirse en un nuevo imaginario», se retoma la distinción entre amar el cuerpo y adorar el cuerpo. Amar no es adorar: no se trata del apego del sujeto a la imagen de su cuerpo, sino de su consistencia, aquello que mantiene unido al parlêtre. Esta toma de distancia del estadio del espejo, nos recuerda que la relación fundamental con el cuerpo no pasa por el espejo, sino que apunta al cuerpo como lugar del goce, aquello que se impone más allá del sentido. Alberti, ilustra esto con el caso de un paciente que sentía que su cuerpo «se le iba por los pies», un movimiento que desliga el cuerpo del ego y muestra cómo el goce atraviesa la experiencia corporal. En el Seminario 23 (El sinthome), Lacan rompe con la primacía simbólica: ya no es el significante el que garantiza el lazo, ni el Nombre-del-Padre el único operador del anudamiento. Surge así la pregunta: ¿qué hace que un sujeto se sostenga cuando lo simbólico no alcanza? En el caso de Joyce, la escritura se convierte en un operador imaginario de consistencia, un modo de sostenerse frente al goce que no puede ser simbolizado.
Finalmente, en el artículo de Enric Berenguer, «La extrañeza del cuerpo que uno tiene», encontramos la frase de Lacan: «lo inquietante, todo aquello con lo que traducimos (…) el magistral Unheimlich del alemán, se presenta a través de ventanillas». Lacan, plantea que lo siniestro o la inquietante extrañeza no se explica por el fantasma, éste aparece justamente cuando el fantasma falla: se produce una fisura en el marco, un goce que surge parcialmente, sin escena ni sentido, produciendo esa inquietante extrañeza. En el Seminario 10, esto se ejemplifica con la mujer esquizofrénica que declaraba «Io sono sempre vista», mostrando lo que queda fuera del marco del fantasma o de su disfunción.
Así, a lo largo de estos artículos, se traza un arco que va de lo siniestro freudiano a la inquietante extrañeza lacaniana, pasando por la experiencia del cuerpo y su representación fragmentada en la danza contemporánea de Peeping Tom, mostrando cómo el goce y la imagen corporal pueden irrumpir, extrañar y crear un nuevo lugar para lo imaginario.