La construcción del caso

“Merecer ser tomado por un trozo de real, requiere mucho sacrificio” 1

La construcción del caso, en singular, es un modo de nombrar lo que en realidad ocurre en distintos tiempos en relación con un mismo caso. Todas las construcciones que corren a cargo del analista: de entrada, la que hace silentemente mientras se escucha al analizante; la siguiente, que surge al preparar un control; otras que surgen ante los impasses o sutilezas aislados en los controles del caso y al menos otras dos construcciones más: la que se extrae particularmente de la escritura del caso mismo y que se pone luego, al trabajo con otros. A eso habrá que sumarle las distintas mutaciones que se van produciendo en el trabajo analítico. En toda esa elaboración y decantación de “las líneas de fuerza”, el analista no deja de leer.

La cuestión entonces es: si el caso puede elaborarse en distintos momentos de la cura que dirige, ¿por qué se invita a escribirlo? ¿Se hace para los otros o para el mismo analista?

Sin duda, quien presenta un caso, da a conocer su práctica clínica, se expone y la somete a discusión y a la enseñanza que puede reportarle la conversación con otros colegas, pero no me parece menor el hecho de que, al igual que en la cura analítica del analista, lo que produce el analizante, se invita a que pase por la escritura para ser leído. Me refiero a la emergencia del material analítico: escena primaria, frases marcantes, recuerdos infantiles, significantes amos, cifrado del inconciente, los acontecimientos de cuerpo, etc. Lo que el analizante va descubriendo de su propio goce a lo largo de su análisis, hará falta luego, que pueda leerlo, aunque el analizante no necesite escribirlo.

Esta diferencia con el análisis del analista me parece importante: el analista en el momento de testimoniar tras la nominación de AE, escribe, no su caso clínico, pero si la historización de la que se ha desprendido en su análisis. E incluso, antes, puede haber escrito tramos, o intervenciones reveladoras o virajes en su cura.

Son dos órdenes distintos- lo que lee el analista de su propio caso y lo que analista lee en analizante-, dos órdenes de lectura diferentes, que no son simultáneos, no ocurren a la vez, ni se entrecruzan, pero, sin embargo, uno no es sin el otro. Y la escritura queda reservada en las dos modalidades, para el analista. 

La escritura del caso pide una lógica. La exige. Hace unos días me encontré escuchando de más a una paciente tratando de dilucidar en su relato, el elemento o recuerdo que tuviera relación con una sutil variación en su modalidad de goce, que comienza a aparecer tras más de dos años de trabajo analítico y que desentona con la lógica del caso que había construido hasta este momento. No sé si antes ese detalle estaba y yo no lo pude escuchar, o aún no había aparecido, pero me topé con eso intentando escribir el caso. Prolongando la sesión no intentaba buscar un relación causal de A con B, Miller en este punto es muy claro en Causa y Consentimiento, sino de captar las primeras veces en que el goce tuvo ese tinte.

¿Y qué ocurre con la construcción del caso, si el analista es demasiado permeable aún a su neurosis? Creo que eso se transmite en la escritura. Para leer el síntoma del analizante, el analista tiene que estar un poco advertido de como su inconsciente, lo cifra a él.

Leer el síntoma del analizante, no es sin el real del analista “que provoca su propio desconocimiento” como nos advierte Lacan en la Proposición del 09 de octubre sobre el psicoanalista de la Escuela. La función de agente del discurso analítico no depende de la voluntad o del deseo de encarnar esa función, sino de los sucesivos momentos de franqueamientos sobrevenidos cada vez que el analista se ha topado bajo transferencia con su propio real. Eso es verificable por el analizante: que el analista haya podido experimentar suficientes cesiones de su plus de goce como para no intentar compensar esas pérdidas con el sentido, por ejemplo, o con la voz, con la mirada, con la retención del dinero- cuando no del analizante- o exaltando la demanda. A veces el analista no es suficientemente ‘autónomo de su Otro’, – fuerzo la expresión- y persiste en completarlo con su objeto pulsional, estorbando el trabajo del analizante.

La construcción del caso es muy sensible al sentido gozado y le enseña al analista varias cuestiones de su posición en esa cura: ¿el analizante pudo llegar a confiarle su intimidad de goce? ¿El analista pudo reenviar al analizante al lugar del objeto que lo causa? O allí donde no pudo intervenir, ¿qué relación tuvo eso con los puntos opacos de goce del analista? Mas aún: ¿qué del goce del analista se puede estar infiltrando en la construcción del caso? 

El analista goza como todo ser hablante, pero el análisis prospera solo bajo una garantía suprema -que seguramente la construcción del caso se esfuerza en exorcizar-: que, en su posición, el analista no goce del analizante.


Lorena Oberlin Rippstein


  1. Miller, J-A, (2011) Sutilezas analíticas, Singularidad, Buenos Aires, Paidós. pág. 107.
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