Bajar-este-articulo-en-PDF

 

 

“No se puede sufrir así, tan sin sentido. (Llora). Sin palabras hermosas conocidas”. Nina Prójorovna, esposa de un liquidador (Pág. 302).

“Como caídos del cielo, nos venían a visitar reporteros de los periódicos. Sacaban fotos. Con temas inventados. Uno tomaba la ventana de una casa abandonada, le colocaba delante un violín. Y titulaba aquello “sinfonía de Chernóbil”. Cuando allí no había necesidad de inventar nada”

“Esta es mi historia. Se la he contado. ¿Por qué me he hecho fotógrafo? Porque me faltan las palabras” .Víktor Latún, fotógrafo (Págs. 330-31).

Natalia Arsénievna, presidenta del Comité de mujeres de Moguiliov “Niños de Chernobil” dice en la página 368 de esta Crónica que ella tiene una peculiar forma de establecer la cuenta atrás. Pasaron años, 40, hasta que pudieron comenzar a hablar del espanto de la Gran Guerra Patria: “Porque hasta entonces todos nos dedicamos a sobrevivir, a recuperarnos, a traer niños al mundo.

“Lo mismo ocurrirá con Chernobil…pero de momento no existe la fórmula. ¡No existe la fórmula! ¡No hay ideas! Los curios, los rems, los roen, los roentgen, esto no significa asimilar la realidad. No es filosofía. No es una visión del mundo…” (Pág. 368).

 

He buscado novelas de Chernobil, sobre Chernobil, y hay en español, apenas dos y una novela gráfica, La zona de Francisco Sánchez. Apenas, porque una de ellas es una mezcla de ficción y realidad, El ciclista de Chernobil de Javier Sebastián (DVD Ediciones) la otra es Atomka de Franck Thilliez  (Círculo de lectores). Hay guiones de documentales, crónicas periodísticas, fotografías… y la Crónica que nos ocupa.

Tiene razón Nina Prójorovna: no se puede sufrir tan sin sentido, sin palabras hermosas, es doblemente devastador. No hay ninguna épica en Chernobil más que aquella de los sacrificados, los liquidadores, cuyos deudos no tienen consuelo ni reconocimiento. Las medallas no le bastan a Nina. No hay metáforas de Chernobil; el Apocalipsis, el único que hemos conocido hasta ahora, me remite a la tercera trompeta que narra el texto de San Juan –‘chernobil’ significa ajenjo en ucranio, y la estrella del Apocalipsis de San Juan se llama Ajenjo– el hecho acaecido, no la profecía, no ha producido aún la literatura necesaria para asimilar y aceptar la tragedia sin nombre que ha golpeado a uno de los pueblos más castigados por la historia, los bielorrusos: junto con Ucrania soportaron el 87% de pérdidas de vidas humanas en la Segunda Guerra Mundial, el 25% de la población civil bielorrusa fue asesinada.

Todo necesita su tiempo de maduración, el tiempo que destila y depura el sentido, puede llegar a convertir el horror en un producto cultural transmisible. “Algo sagrado” como dice Natalia Arsénievna. Pero no tendremos ese tiempo. Seiscientos años habrán de transcurrir, no para que desaparezca la radiación, qué va, para poder vivir allí sin morir de forma casi inmediata. La dimensión temporal de la catástrofe le dará quizá algún día una categoría mítica. De momento sólo es posible recoger testimonios: voces, fotos, hacer la crónica: qué ocurrió, cómo, cuándo, quiénes y por qué sucedió lo que nunca se esperó de ese átomo para la paz. Del tiempo nuevo que advino solo sabemos que para la vida humana y animal es corto, apenas un par de años después de la exposición. En ese contexto a los habitantes de Bielorrusia les importó poco de quien fuera la culpa, también que se desmoronara la URSS. A los poderes de Moscú también les importó poco establecer responsabilidades. Svetlana Alexievich dice que se conformaron con sentar en el banquillo a los guardagujas.

He recordado a Étienne de La Boétie  y sus Servidumbres voluntarias en este mosaico de Voces. En la euforia de los héroes, en los monólogos de los miembros del Partido Comunista, en los físicos…, un país tan amante de la ciencia ficción, que creyó conquistar las estrellas, cuya fe en la ciencia y en la técnica se convirtió en la nueva religión.

He recordado igualmente la frase que un viejo bolchevique pronuncia en la obra de Vasili Grosmam, Vida y destino que dice algo así: “quisimos hacerlo bien pero nos ha salido como siempre”. Y en esta crónica ese fatalismo eslavo, teñido de ignorancia se refleja sin cesar, incluso hasta caer en la comicidad: las vacas pastando cubiertas con impermeables.

“Ama la sangre la tierra rusa” escribió Anna Ajmatova. Otros lo traducen como ¡Cómo gusta la sangre a la tierra rusa!, pero me gusta más la primera opción.

Las “Voces de Chernobil” me producen compasión, dolor, bochorno, miedo, asombro. Y la certeza de que si las ondas gravitacionales no nos permiten modificar la lógica espacio-tiempo, la especie se enfrentará a desafíos aún mayores, porque somos incorregibles. Pero también, por incorregibles, ¿no nos atreveríamos a revertir los desatinos ya cometidos. Volver a escribir la historia. En algunos cuentos de la ciencia ficción se haya ese latido. Después de todo, los científicos que han constatado el sonido del espacio a través de esas ondas, nos dicen que podríamos llegar a saber lo que no sabíamos que no sabemos.

 

Febrero de 2016